23 feb 2008

Reflexiones sobre la Familia

Familia y Sociedad Contemporánea
Lucía de la E. Pérez Terés

Leyendo el texto de la lección inaugural que el Dr. Pedro Morandé, - Universidad Católica de Chile- impartió en el Master en ciencias de la familia de la Universidad Católica de San Salvador de Bahía, me han venido a la mente algunas reflexiones que comparto con el lector.

A pesar de la situación por la que atraviesa la familia, de las críticas y de los ataques que recibe de la misma sociedad, de lo débil que parece esta comunidad…es una institución que tiene un enorme potencial de desarrollo para toda la humanidad.

Esta afirmación no es resultado de un optimismo ingenuo, para entender esto, Morandé propone encarar la actual “crisis de la familia”, pero sobre todo, que examinemos el fondo desde el cual se realiza actualmente el análisis de la familia.

Cuando se analiza a la familia, existe la tendencia a juzgarla a partir de las funciones sociales que cumple. Así, se ha consolidado la idea de “familia disfuncional” Y resulta que casi todas, por un motivo o por otro, lo son. Sin embargo, hay otro enfoque casi desconocido para estudiar a la familia que no la reduce a su función social. La familia desde esta perspectiva, es una “realidad antropológica”, y hay que analizarla como “lugar de experiencia humana” en donde es posible que se dé la comunión de personas, “communio personarum”. Este enfoque esta siendo promovido por el Instituto Juan Pablo II para el matrimonio y la familia, en Roma y desde ahí en muchas otras Universidades en el mundo.

En buena medida las tensiones que se viven hoy dentro de la familia surgen de la diferencia que hay entre dos formas de considerar a la persona. Por un parte se define a la persona como un ser-en-relación, y por otra se considera que la persona se define a partir de la autonomía. La primera afirma que por su origen y su destino el hombre es dependiente de otros y de Otro, la segunda la considera como esencialmente independiente y libre para establecer y deshacer a su propia voluntad los vínculos personales y sociales que quiera y que satisfagan su conveniencia, su temperamento o cualquier otra finalidad escogida para su vida.

Esta última perspectiva, aunque seductora, no tiene ninguna base en la realidad ya que visualiza al hombre como dueño absoluto y señor de sí mismo, lo visualiza y lo valora por su autosuficiencia.

Por mucho tiempo la familia fue determinante para definir las relaciones sociales, sin embargo, ahora se considera a la familia como parte de las estructuras sociales, sujetas a los criterios ordinarios de funcionalidad del sistema social vigente y se olvida que ante todo es una estructura comunitaria. Así se plantea la pregunta esencial: ¿es la familia una sociedad o una comunidad?

Ya la Sociología advirtió las diferencias entre sociedad y comunidad. Y caracterizó a la sociedad como un grupo en el que se crean vínculos libremente, a modo de un contrato con responsabilidades limitadas y una vigencia temporal. En contraste con esto, la comunidad es grupo en donde existen vínculos de nacimiento que no son elegibles, son relaciones que no se contratan voluntariamente, pero sus vínculos son incondicionales y no tienen fecha de caducidad en su vigencia temporal.

Sintéticamente la diferencia entre comunidad y sociedad se acentúa básicamente en estos tres puntos:
1) Las personas no escogen a su grupo social sino que han nacido en el interior, no se
incorporan libremente. Tienen un vínculo definitivo.
2) Las responsabilidades de la comunidad son ilimitadas.
3) La persona es antes que su función y no al revés.

La naturaleza del vínculo social se desplazó fuera de la experiencia humana en la familia. Pasó a ser solamente “función” en donde es más importante el rol que se realiza que la persona misma. Y es muy fácil que adoptemos esta manera de pensar ya que vivimos en esta sociedad organizada casi exclusivamente con criterios de funcionalidad, creemos que cada individuo es autosuficiente, para construir a su gusto y conveniencia las relaciones sociales como quiera.

En consecuencia, bajo este sentido de autosuficiencia hemos llegado a imaginar que la familia puede ser sustituida por funciones sociales bien organizadas. Esto es un grave error antropológico ya que esto supone que se puede organizar a la sociedad como si las personas no existieran. En efecto, sólo en la familia la persona puede ser recibida y reconocida no por sus capacidades o competencias, sino por lo que es, incondicionalmente y para siempre. La experiencia humana en una familia debería ser la experiencia que lleva al ser humano al cumplimiento de su vocación, de su fin como ser-en-relación con otros y con Otro.

Así la cuestión fundamental, para el Dr. Morandé, no es si la familia es necesaria o no para el funcionamiento social, sino si la familia es o no un bien para la persona y si es o no una de las más altas experiencias de la libertad humana.

Podríamos preguntarnos, ¿porqué la vida en la familia es una de las más altas experiencias de la libertad humana? La respuesta sería: Porque si en ella realmente se realizara la vocación de ser persona, y el individuo realmente se sintiera y se supiera amado, recibido y aceptado sólo por ser persona, inevitablemente lo conduciría a la libertad. Esta libertad sólo se genera por saberse y sentirse amado y aceptado así, tal como es. Entonces, el hombre no necesita “cambiar” para ser aceptado, y esto le proporciona un sólido sentido de seguridad, que nace del amor que recibe de manera incondicional.

La familia no se debería constituir por meras funciones sociales, sino a partir de ciertos vínculos por los cuales cada individuo humano no tiene otro título que el de ser persona (recibida, amada y aceptada). Si no se entiende esto, se corre el riesgo de rebajar la existencia de cada persona a ser un producto social para las operaciones de la sociedad.

Ni la paternidad, ni la filiación, ni las relaciones entre esposos, ni la vida conyugal son funciones, sino vínculos únicos, que no son intercambiables, o no deberían serlo. En la familia se debería experimentar una relación única, y ésta relación no se puede comparar con ninguna institución.

Es urgente pues provocar una seria reflexión sobre qué es la familia para mi, o sea para cada persona concreta, cómo vivo yo esta realidad, cómo contribuyo a que mi familia sea realmente una comunidad de personas….y más allá de estas reflexiones cuestionarme fuertemente si ¿es mi familia un lugar en donde recibo, amo y acepto a cada miembro incondicionalmente, dando lugar así al desarrollo de su vocación de “ser persona”?, ¿es mi familia un lugar en donde cada persona que la integra, puede vivir en libertad?


Licenciada en Diseño Gráfico y estudiante de Maestría en Ciencias de la Familia en al Instituto Juan Pablo II para el matrimonio y la familia.

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