24 mar 2008

Seis propuestas educativas


Por Alejandro Llano

Invito a la lectura de esta interesante “propuesta”. La fata de una discusión seria sobre las propuestas pedagógicas de moda, es una constante. Aquí se lanzan seis propuestas que servirían para hacer un debate sobre la educación en general y sobre la educación universitaria en particular. Jorge Luis Navarro.


[…] El fallo capital de la enseñanza en nuestro país no es económico ni organizativo. Por eso no se solucionará —sino todo lo contrario— con nuevas leyes y planes de financiación. Hace falta una nueva mentalidad que contribuya a sacarnos del atolladero ético y cultural. Cuando te das cuenta de que estás en un agujero, lo primero que has de hacer es no seguir cavando. En esta línea, inspirándome en el título de un bello libro de Italo Calvino, lanzo seis propuestas educativas para una sociedad civil en decadencia:

1. Lo importante no es enseñar, lo importante es aprender. Lo decisivo en la enseñanza es el alumno, no el profesor iluminado. De ahí que las técnicas pedagógicas no sean el factor clave de la educación. Se trata, no tanto de mejorar las cosas, como de intentar mejorar a las personas. La burocracia y la tecnocracia no bastan para lograr la excelencia educativa. La educación no es un montaje constructivista: es una convivencia culta, una auténtica simbiosis.
2. Sólo se puede educar en el ámbito de una tradición cultural, dentro de una comunidad de investigación y aprendizaje. El conocimiento es una práctica comunitaria, que tiene una historia, un contexto social y unas implicaciones éticas. Para llegar a un ajuste entre las exigencias del presente y nuestros recursos intelectuales, se precisa una inserción dinámica en la tradición del saber. De lo contrario se cae en una concepción inmediatista y pasiva del aprendizaje. Cuando los jóvenes no encuentran ninguna comunidad auténticamente educativa, acaban por marginarse.
3. Todo aprendizaje es aprendizaje de un oficio. Toda ciencia y toda técnica es originariamente un oficio, un craft, dotado de normas internas. Según MacIntyre, tienen mucho más de artesanal que lo que actualmente se reconoce. Cuando fallan las normas internas a la práctica educativa, se sustituyen por reglas de tipo burocrático y mercantil. La enseñanza pierde toda motivación eficaz. Decae el entusiasmo. Y surge la violencia, que no se puede vencer sólo con sistemas de control.
4. El saber posee una ineludible dimensión moral. La separación entre ciencia y moral es un mito pseudoilustrado, que el propio Kant rechazaría enérgicamente. Sólo hay una ética que, propiamente, no se puede enseñar, como los clásicos demostraron. Lo decisivo para acercarse a la excelencia educativa es la calidad del temple ético de la institución, el espesor humano de su cultura corporativa, el nivel de su ambiente moral, el estilo de convivencia, sobre todo en los aspectos informales. Por eso las reglamentaciones y programaciones no contribuyen a elevar el nivel de la enseñanza, por mucho que se empeñen los sucesivos gobiernos. Y menos aún procede remitir los aspectos claves de la vida personal y social a una Educación para la Ciudadanía cuyo tufo manipulador no han logrado ocultar sus disciplinados valedores.
5. Lo decisivo son los hábitos, no las actividades ni los contenidos. A la postre, la propia ciencia es un hábito y no un constructo mental. Lo importante en la sociedad del conocimiento no es que se sepa mucho sino que siempre se sea capaz de saber más, lo cual remite a las potencialidades vitales de las personas. Lo metodológico prima sobre lo descriptivo, y lo formativo sobre lo informativo. El objetivo focal de todos los niveles educativos debería ser ahora mismo una intensa y amplia formación intelectual: aprender a pensar con rigor, hondura y creatividad.
6. Las tecnologías multimedia posibilitan la educación científica y humanística. Los recursos multimedia constituyen un instrumento de descarga que facilita la dedicación a las cuestiones centrales del humanismo y la ciencia, lejos ya de una educación minimalista y pragmática.

Tomarse en serio la educación y apostar decididamente por su honda radicación cultural —despidiéndonos del emotivismo, la dependencia burocrática, la superficialidad y el pragmatismo— es mi propuesta de fondo. Constituye el nervio del protagonismo de la sociedad civil como recurso para superar el decaimiento de las energías cívicas que nos aqueja.

Tomado de http://www.conoze.com/doc.php?doc=5950

4 mar 2008

El espejo: de la vanidad al autoconocimiento

Héctor Zagal Arreguín

Con mayor frecuencia de lo que creemos, rehusamos mirarnos en un espejo. Ciertamente, a todo mundo le gusta contemplar su apariencia cuando uno se ha esmerado en lucir bien y en vestir elegantemente, pero en ocasiones no nos encontramos tan a gusto con nosotros mismos. Hay mañanas en las que uno luce desangelado, ojeroso y apático. Contemplamos con horror y preocupación el paso del tiempo en el propio rostro: como si todas las canas y arrugas de la humanidad se hubiesen concentrado en nuestra cara ese lunes. Quisiéramos arreglar de la mejor manera posible ese lastimoso espectáculo. Hay otras mañanas --suele ser el domingo a eso del mediodía-- en las que sabemos que nos vemos fachosos y que nuestra figura se ve descompuesta, pero no nos importa. Cuando sabemos que no saldremos a ningún lado ocurre un fenómeno curioso: todo eso nos vale.

Resulta interesante observar cómo ejecutamos muchas de nuestras acciones en función de la presencia de otras personas. Esto no necesariamente se reduce a un nivel tan básico como el del «qué dirán». Hay amigos, por ejemplo, con los que entablamos un tipo de trato que sería inapropiado con otras amistades. Adoptamos posturas distintas cuando estamos en una reunión formal, en una cena de negocios, o en una charla de café con un conocido. Solemos adecuar nuestros gestos, expresiones y ademanes al entorno social en donde nos encontramos. Por el contrario, cuando sabemos que nadie, absolutamente nadie nos ve, nos sentimos como si pudiéramos hacer todo lo que nos viniera en gana.

DE BLANCANIEVES A DORIAN GREY

¿Es algo positivo esta libertad? Seguramente nos sentiríamos asfixiados si nunca la tuviéramos. Cuando observamos por mucho tiempo un riguroso protocolo, tarde o temprano se nos antoja romperlo y eliminar la tensión acumulada. Deseamos relajarnos y vivir cómo si nada ni nadie pudiera interpelarnos.

Este efecto liberador se vuelve peligroso cuando pensamos que lo mejor para nosotros es vivir sin reflexionar sobre nosotros mismos, y nos dejamos ir por la vida sin reparar mucho en ella. Las consecuencias de esto suelen ser terribles como se ve en el caso de la salud. Quien no cuida su cuerpo adecuadamente suele desarrollar con el paso de los años malestares silenciosos y mortíferos. Cuando decidimos por fin mirarnos en el espejo --el médico, en este caso-- resulta en ocasiones que ya es demasiado tarde y lo único que nos queda por prever es la funeraria en la que nos gustaría ser velados.

No sólo nos rehusamos con frecuencia a examinar nuestro cuerpo sino que también somos renuentes a examinar nuestras acciones, nuestras actitudes y nuestros propósitos. Si acaso lo hacemos es con vistas a nuestros intereses más inmediatos. No nos complicamos mucho la vida: nos congraciamos fácilmente con lo que hacemos y ocultamos con presteza nuestros defectos. No toleramos ver nuestras fallas expuestas.

Ahí está el caso de la madrastra de Blancanieves, quien siempre se complace cuando su espejo le dice que es la mujer más bella del reino, pero cuando el mismo espejo le informa que hay alguien más bella lo convierte en añicos. Otro caso es el de Dorian Grey, el joven y apuesto personaje de la novela de Oscar Wilde. Este dandy es retratado en un cuadro que captura excelsamente su belleza. Sin embargo, cada vez que comete una falta moral el rostro de la pintura cambia, su sonrisa se vuelve una mueca, su piel se arruga y su pelo encanece. Dorian Grey no soporta contemplar un retrato tan horrible, y termina por arrumbarlo en el desván, lo cubre con una manta, y pretende cándidamente que ninguna de sus acciones tiene consecuencias. La corrupción en él, no obstante, prosigue y cada vez con mayor gravedad.

Y es que, como reza el refrán,«no se puede tapar el sol con un dedo». Existen remedios falsos y remedios verdaderos contra los males corporales y espirituales. El peligro de los remedios falsos es que su comodidad inmediata nos obnubila. Sólo tapan malestares internos que después resurgen con mayor fuerza. Embriagarse con riquezas, intoxicarse con el poder, entregarse a las adicciones son algunos de los paliativos con los que uno cubre necesidades mayores. Son sustituciones. Evasiones.

Procurar una vida ordenada y reflexiva, en cambio, nos acerca más a salir de nuestros propios errores y nos conduce a una existencia más plena. Tal como a nadie le gustaría sumar 2 + 2 toda la vida mal, tampoco a nadie le gustaría tratar injustamente a sus propios familiares o compañeros de trabajo. Paradójicamente, solemos tratar mal a los demás, descuidar nuestra salud y llevar una existencia indiferente con una frecuencia mayor que con la que nos equivocamos en una operación aritmética.

LA AUTOCOMPLACENCIA: UN ESPEJISMO

La solución que hemos heredado de la filosofía griega para estos problemas es el autoconocimiento. Sócrates adoptó la frase escrita en el oráculo de Delfos, «conócete a ti mismo», como la máxima que describía el propósito mismo de la ética. ¿Cómo lograr esto? Existen tradiciones del autoconocimiento tan amplias y diversas como las meditaciones cristianas o el psicoanálisis. Todas ellas, sin embargo, tienen un común denominador: evaluar los actos propios como si fueran los de un tercero. Resulta curioso observar que cuando más nos conocemos a nosotros mismos es cuando nos juzgamos como si fuéramos una persona distinta.

Suspender por unos momentos el propio punto de vista para adoptar otra perspectiva es la manera idónea de comprender la relevancia y las implicaciones de nuestras acciones. Cuando uno está enfurecido en el tráfico y le toca el claxon a la persona adelante de él como si llevara en el asiento de atrás a un herido de guerra, esa persona debería preguntarse lo que sentiría si alguien más atrás de él estuviese haciendo lo mismo. Vernos como un tercero --salir de nosotros-- nos desengaña y nos saca de nuestras falsas seguridades. Frecuentemente nuestras acciones pueden convertirse en normas universales de conducta. Lo vio Kant. Es, en última instancia, la ley áurea: trata al otro como te gustaría ser tratado

Contemplarse a sí mismo en un espejo es una virtud que madura con el tiempo y la experiencia. Todo mundo rehúsa en principio hacer este ejercicio. Quien decide emprenderlo aparta la mirada rápidamente, o bien, actúa como el joven Narciso, que queda enamorado de su propia imagen reflejada en el lago. La tarea de la ética es luchar contra el Narciso que habita en nosotros y que se enamora fácil y peligrosamente de su apariencia, del espejismo de su yo. Viene a cuento aquello de que el mejor negocio posible es comprar a una persona en lo que vale y venderla en lo que cree que vale.

Quien se planta firmemente ante un espejo con una actitud ética busca salir del propio error y apartarse del mal. Esto no quiere decir que nuestras acciones no puedan satisfacernos. El ejercicio de autodistanciamiento sólo nos revela constantemente que siempre podemos mejorar. En vez de caer al lago como Narciso enamorados de nosotros mismos, debemos reparar en nuestros errores y procurar enmendarlos para que nuestra imagen externa e interna sea mejor; quizás no sea perfecta nunca, pero al menos será más auténtica y menos borrosa.

Apuntes de Filosofía de Antonio Machado

La Editorial Universidad de Granada ha publicado la obra ‘Antonio Machado. Apuntes de Filosofía’, la transcripción de una serie de cuadernos que Antonio Machado empleara para tomar anotaciones de la asignatura de Lógica impartida por el político y catedrático Julián Besteiro, profesor del poeta en la Universidad de Madrid entre 1915 y 1916, y demás apuntes de Filosofía.


Según informaron fuentes de la editorial a Europa Press, estos apuntes han sido trascritos por la escritora Filomena Garrido Curiel en el marco de una investigación sobre la formación filosófica de Machado, supervisada por el director de departamento de Lingüística General y la Teoría de la Literatura de la Universidad de Granada, Antonio Chicharro.

Recoge esta publicación muchas de las anotaciones o rasgos que después aparecerán tanto en su obra en verso como en prosa, como referencias al Universo, a la certeza y a la verdad, el conocimiento o las formas contingentes. “Aquí define también algo de suma importancia, la esencialidad de la palabra, su temporalidad y trascendencia”, apuntaron.

Asimismo, explicaron que las notas y apuntes tomados por Machado demuestran los conceptos básicos que el poeta extrae del pensamiento de algunos filósofos, entre los que destacan Descartes, Kant, Leibniz y el Premio Nobel Bergson, del que toma la “concepción melódica del tiempo vital”.

Por otro lado, Garrido Curiel asegura que su pensamiento lo llevará continuamente de la “filosofía a la poesía”, tanto que “no se puede delimitar donde acaba el poeta y empieza el filósofo”.

“En muchas ocasiones la poesía de Machado es el resultado final de sus comentarios o reflexiones filosóficas, enmarcadas, por otro lado, en la filosofía de su tiempo, y siempre cubiertas por un cierto velo de escepticismo real y poético, propugnado, algunas veces, por su alter ego, Mairena”, escribe la investigadora.

Los manuscritos proceden de los fondos donados en 1948 por Eulalia Cáceres, viuda de Manuel Machado, al Fondo Machadiano de Burgos, que se encuentra en el Instituto Fernán González y en la Academia Burguense de Historia y Bellas Artes.

Autor: EUROPA PRESS
Fecha de publicación: Marzo 03, 2008 por Revista Per Se

2 mar 2008

Espejos especiales

Cuenta E.F. SCHUMACHER en su obra Guía para perplejos esta sugerente historia:

En cierta ocasión leí una historia sobre un hombre que se moría y, en el otro mundo, se encontraba a una serie de conocidos, algunos que le gustaban y otros que le caían bastante mal. Pero había allí una persona que no conocía y no podía aguantarle. Todo lo que decía le irritaba y le indignaba —sus modales, sus costumbres, su pereza, su manera insincera de hablar, sus gestos— y, además, tenía la impresión de que podía leer los pensa¬mientos de ese hombre, sus sentimientos, y también sus secretos; en suma, toda su vida. Preguntó a los demás quién era ese personaje insoportable. Le dijeron: "Verás, aquí arriba tenemos unos espejos muy especiales que son completamente diferentes de los que hay en tu mundo. Ese hombre eres tú mismo". Supongamos entonces que tienes que vivir con una persona que eres tú... tal vez sea eso lo que tiene que hacer la otra persona. Desde luego que, si no te has observado a ti mismo, puedes llegar a imaginarte que sería estupendo y que si todo el mundo fuera como tú, este mundo sería un lugar verdaderamen¬te maravilloso. La vanidad y la suficiencia a veces no tienen límites. Cuando te pones en la situación de otra persona te estás poniendo también en su punto de vista, en el modo como te ve, te oye y te experimenta en tu comportamiento cotidiano. Te estás viendo a través de sus ojos.


Dostoievski condenado a muerte

El auditor aparece en el centro del patíbulo y, con voz monótona, rápidamente, lee el texto de la sentencia. Va enumerando, para cada uno, los crímenes de que es culpable y termina la exposición de los motivos con estas sencillas palabras: Condenado a pena de muerte.

Petrachevski, Mombelli, Grigoriev, Akchamurov¿ Nueve veces ya, el auditor ha pronunciado la sentencia. Añade: Dostoievski¿, condenado a pena de muerte.

Fiodor Mijailovich se estremece como si le sacaran de un sueño. La pena de muerte. En este momento, el sol atraviesa la niebla e ilumina la cúpula dorada de la iglesia Semenovski, en la que hay unas placas de nieve.

¡No es posible que nos fusilen!, exclama Dostoievski.

Pero Mombelli, por toda contestación, le muestra un carro cubierto con un toldo.

La tela marca vagamente la forma de los ataúdes.

Dostoievski no comprende aún. Maquinalmente, observa una verruga sobre la mejilla de un guardia, el reflejo de un botón de cobre. Mira ¿lo recordará toda la vida- cómo dobla el auditor su papel por los dobleces, cómo se lo mete en el bolsillo y se pellizca la oreja con la punta de los dedos, bajando lentamente los escalones del cadalso¿

En seguida, un pope le sustituye. Con voz emocionada pronuncia un sermón sobre el texto de san pablo: La redención del pecado es la muerte. Explica a estos desdichados que nada termina aquí abajo, y que una eterna bienaventuranza espera a los que saben arrepentirse. Luego, les da a besar el crucifijo; sólo Shaposhnikov, un hombre del pueblo, pide confesarse.

El castigo es desmesurado con relación al delito. No he merecido esto. Nadie ha merecido esto. La injusticia engrandece a estos miserables, que tiritan en el centro de la plaza sobre una plataforma de madera. Los eleva al rango de los mártires. Y ellos se dan cuenta. Y sienten con todo su corazón la voluptuosidad del sacrificio inútil. El asunto por el que nos habían juzgado, los pensamientos y las aspiraciones que nos llegaban al alma, no suscitaban en nosotros ninguna sensación de arrepentimiento; pero nos parecía que nuestro suplicio nos purificaría, en cierto modo, y que, gracias a él, muchos pecados nos serían perdonados, escribió Dostoievski en el Diario de un escritor. Sí, esta causa, sobre la que habían discutido a tontas y a locas, confrontando sus frívolos ensueños, pavoneándose, denigrando unas cosas y burlándose de otras, he aquí que les parece ahora sagrada, porque van a morir por ella.

El sacerdote ha bajado de la tarima. Dos hombres se acercan a los condenados: los verdugos, hopalandas. Suena el clarín. Los tambores repican en los campos, y este redoblar fúnebre repercute en los muros de los cuarteles. Disminuye y renace, obsesionante, ensordecedor, interminable¿ Los conjurados se han puesto de rodillas. Por encima de sus cabezas, los verdugos rompen espadas como símbolo de caducidad. Después, los revisten con vestidos blancos de tela de saco, con mangas largas y capuchas.

Atan a los tres primeros, Petrachevski, Mombelli y Grigoriev, a los postes, y los verdugos les bajan las capuchas sobre los ojos. Una orden tajante. Tres pelotones salen de las filas y se alinean delante de los condenados.

Dostoievski cierra los ojos. Es el sexto en la orden de ejecución. Está en el próximo turno. Dentro de cinco minutos estará atado a estos mismos postes. Una horrorosa angustia le embarga. No se deben perder estos cinco minutos. Hay que emplearlos lo mejor posible, extraer de ellos toda su esencia y toda su secreta alegría antes de caer en la noche. Divide en tres partes el tiempo que le queda para vivir. Dos minutos para decir adiós a sus amigos. Dos minutos para reflexionar. Un minuto para mirar por última vez el mundo.

Pero ¿sobre qué reflexionar, hacia dónde mirar? Tiene veintisiete años; está plenamente convencido de su fuerza y de su talento; y de pronto¿ la muerte. Existe, está vivo y, dentro de tres minutos, no será nada, o será otra cosa o alguien distinto. Aún mira la cúpula de la catedral. Y no puede apartar los ojos de esta cúpula deslumbrante de oro y sol. Le parece que, de un segundo a otro, estará sólo en presencia de esta tranquila luz. Formarán una sola cosa. Él se convertirá en esta claridad, en esta calma. Se sumergirá en lo desconocido. Un miedo convulsivo le sobrecoge: ¿Y si no muriese?... Si me fuera devuelta la vida¿ ¡Qué eternidad!... ¡Y todo sería para mí!... ¡Oh!, entonces se transformaría cada minuto en un siglo, no perdería ni uno solo, llevaría la cuenta de todos mis momentos para no gastar ninguno a la ligera¿

Mientras tanto, los soldados cargan sus fusiles y apuntan. El silencio hace daño. Un grito: ¡Fuego!, y estos cuerpos van a desplomarse sobre el suelo con una dejadez ridícula. Se los llevarán. Y los sustituirán por otros tres. Pero¿ ¿por qué no disparan?

Con una sangre fría perfecta, Petrachevski levanta su capucha para ver lo que ocurre. Un ayuda de campo agita su pañuelo. Tocan a retreta. Los verdugos desatan a Petrachevski, Mombelli y Grigoriev y los vuelven a llevar a la tarima.

El auditor se acerca de nuevo y lee, tartamudeando atrozmente, el indulto:

Habiendo merecido los culpables la pena de muerte, según la ley, son indultados por la clemencia infinita de Su majestad el emperador¿

Los trabajos forzados, el destierro¿ La alegría cae como un mazo sobre Dostoievski. ¡Salvado! ¡Qué importa todo lo demás! Veinte años más tarde, dirá a su mujer: No recuerdo ningún día tan feliz.

Tomado de la biografía Dostoievski de Henri Troyat, Ed. Vergara
Fuente: http://www.queleo.com.mx/Blog/Index.aspx

El canto de las sirenas

El jueves por la noche, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes [Mexico, D.F.], se realizó la presentación de un fascinante libro titulado El canto de las sirenas, del filósofo catalán Eugenio Trías. Subtitulado Argumentos musicales, el volumen es un extenso y ciertamente complejo recorrido por algunas de las más importantes instancias de la música occidental, glosado y analizado bajo una perspectiva filosófica que tiene su cimiento primordial en Platón, y como un segundo e importante hilo conductor, la teoría de la filosofía del límite, propuesta por el propio Trías.

En una mesa en la que hubo principalmente por filósofos (de la que fui moderador), se comentó El canto de las sirenas, más en su vertiente filosófica que en sus aspectos estrictamente musicales, con base en los textos de Crescenciano Grave, Xavier Güell, Carlos Pereda y Sergio Vela.

Este prolijo libro de Eugenio Trías arranca con un prólogo que es, a la vez, declaración de principios y manifestación de líneas de conducta a seguir en su amplio trayecto. Vienen después 23 ensayos dedicados a otros tantos compositores (de Claudio Monteverdi a Iannis Xenakis), y el libro concluye con lo que el autor ha titulado Coda filosófica, sólidamente cimentada en los principios del pensamiento de Platón, cuya intención es cerrar (en la medida en que pueda ser cerrado) el círculo de la interacción dialéctica entre música y filosofía.

Para aquellos lectores potenciales de El canto de las sirenas, vale decir que esta obra de Trías no es una historia de la música; no es, evidentemente, un catálogo de ensayos biográficos sobre los 23 compositores elegidos; tampoco es una acumulación de notas de programa sobre las obras mencionadas; y no es, claramente, una colección de análisis musicológicos sustentados en la técnica y la estética, a la manera tradicional.

Podría parecer un poco tramposo de mi parte tratar de definir ese libro a partir de lo que no es, pero no dudo que estas observaciones puedan aclarar un poco su naturaleza.

En la raíz de una posible discusión primera sobre El canto de las sirenas, sería menester desentrañar de entrada una pregunta clave: ¿es un libro de música o de filosofía? Por mi parte, la noche del jueves planteé esta pregunta con toda claridad, y en las intervenciones subsecuentes de los presentadores me fue respondida sólo parcialmente. Sin embargo, lo mejor en este caso es acudir directamente a las palabras del autor quien, en el prólogo a El canto de las sirenas, afirma categórico: “Este es un libro de filosofía”. Lo es sin duda, pero su cualidad principal (para quienes no somos filósofos y entendemos poco del asunto, claro) es que se trata, también, de un libro lleno de música, de manera tanto implícita como explícita.

Uno de los más interesantes hilos conductores del libro de Trías es la germanofilia abiertamente asumida por el autor; ésta (que en su caso existe tanto en lo filosófico como en lo musical) tiene su complemento lógico en el hecho de que una parte sustancial, medular, de la cultura musical de Occidente pasa por el mundo de habla alemana, caso análogo al de la cultura filosófica. Como prueba cabal de ello, la presencia de Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Schumann, Wagner, Brahms, Bruckner, Mahler, Schönberg, Webern, Berg, Strauss y Stockhausen como protagonistas de los ensayos que conforman El canto de las sirenas.

Y como refuerzo de esta idea, y del concepto de que se trata en efecto de un libro de filosofía, la presencia virtual de Schopenhauer, Nietzsche, Adorno y Wittgenstein en las discusiones generadas la noche del jueves, que complementaron las referencias puntuales a San Agustín, Platón, Aristóteles, Pitágoras y Plotino.

¿Se trata, pues, de un volumen exclusivo para filósofos? No, de ninguna manera. Pienso que se trata de un libro de filosofía de la música que hallará a sus mejores lectores entre los melómanos ilustrados y conocedores que no se arredran ante la posibilidad de abordar la música mediante un enfoque interdisciplinario y riguroso. Y si algo tiene El canto de las sirenas, de Eugenio Trías, es rigor.

En lo personal he disfrutado particularmente la lectura del libro, porque el autor aborda en él, de manera importante, una discusión que siempre me ha parecido fundamental para todo aquel que ama la música: ¿existe o puede existir una correlación directa entre los parámetros de organización de los sonidos, eso que llamamos música, y los afectos o emociones que suscitan en nosotros?

Autor: Juan Arturo Brennan
Fecha de publicación: Marzo 01, 2008 por Revista Per Se

Pintura con trasfondo filosófico

El libro “La imaginación estética en la mirada de Vermeer”, de la doctora María Noel Lapoujade, catedrática de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, tuvo entre sus presentadores a uno de lujo: el pintor yucateco Fernando Castro Pacheco.

Contadas son las ocasiones en que Castro Pacheco asiste a eventos públicos, pero esta vez no quiso desaprovechar la invitación porque, según dijo durante la presentación de la obra, “no sólo se presenta un magnífico libro, sino que son pocas las veces que se tiene oportunidad de platicar con una personalidad como es la doctora María Noel”.

El artista recomendó ampliamente la obra. “En lo personal (al leerlo) me produjo una emoción pocas veces lograda en un libro de filosofía, y conste que no me desagrada esta doctrina, de ninguna manera, pero la fisolofía manejada ágilmente por la doctora María Noel es de una belleza extraordinaria”, expresó.

“Todo el libro es de una belleza extraordinaria a propósito de Vermeer, que es un pintor al que he admirado desde hace muchísimos años. Lo admiré primero por medio de estampas y después pude conocer sus pinturas, lo que aumentó esa admiración que le tengo y tendré hasta mis últimos días”, subrayó.

Previamente la autora, en charla con el Diario, comentó que era un honor tener al maestro Castro Pacheco como presentador de su libro.

“No lo conozco en persona, aunque sé de su obra y brillante trayectoria”, manifestó la doctora.

“Le tengo un inmenso respeto, por lo que para mí es un gran orgullo y me siento honrada de que haya aceptado venir a esta presentación”, agregó.

La presentación del libro “La imaginación estética en la mirada de Vermeer” se efectuó la tarde de anteayer en el Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (Cephcis) de la UNAM, ubicado en la colonia Industrial.

Samuel Ramos, del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY); Genoveva de la Peña, de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY), y Nicole Ooms, del Cephcis, fueron los otros presentadores del libro.

En “La imaginación estética en la mirada de Vermeer”, la doctora María Noel analiza la geometría de Euclides, de Leonardo da Vinci y de Durer; la concepción óptica de Huygens en relación con la de Descartes y, por último, la filosofía de Spinoza. Con respecto a la obra de Vermeer, sostiene que invita a una lectura filosófica, dado que en su pintura subyace una epistemología ético-estética.—

Autor: Rosa María Acosta Aragón.
Fecha de publicación: Febrero 29, 2008 por Revista Per Se