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12 ago 2008

La velocidad de la arquitectura china


por Juan Carlos Cano


Gritas, el eco no existe
Bei Dao

La toma aérea era melodramática. Una casa pequeña al centro de un foso de tierra excavada de diecisiete metros de diámetro y diez metros de profundidad en una manzana lista para recibir los cimientos de un futuro centro comercial. Alrededor, edificios. En la azotea de la vivienda, una bandera china. Doscientas setenta viviendas ya habían sido demolidas en la misma manzana, faltaba sólo esta. Le decían “la casa clavo de Chongqing”. La imagen abarrotó la prensa internacional, los propietarios Wu Ping y Yang Wu se volvieron famosos. Luego de tres años de negarse a ser desalojados, los dueños cedieron a las presiones, tanto de los constructores como del gobierno, y fueron reubicados en una vivienda de similar tamaño en el distrito de Shapingba, a las afueras de la ciudad. Al día siguiente la vivienda fue demolida. El orden establecido siguió su curso. El gesto de los propietarios dejaba la misma sensación de heroísmo desesperado e inútil que la de aquel hombre que intentaba detener a los tanques cerca de Tiananmén en 1989. La impotencia de estos actos hace evidente que cuando China se propone dar cualquier gran salto hacia adelante no hay quien se lo impida. Lo han ensayado por milenios. Lo seguirán haciendo.

Los planes urbanos y las intervenciones arquitectónicas chinos han estado siempre ligados a la verticalidad del poder. Existe una continuidad histórica entre la creación de la Ciudad Prohibida, la remodelación de la plaza Tiananmén por Mao Zedong y la construcción de los actuales rascacielos y estadios. Son planes que van más allá de la creación de espacios para la convivencia cívica: la arquitectura se reduce a un mero símbolo, su finalidad es la demostración del poder implacable aunado a una asimilación de la modernidad que sería impensable en cualquier país occidental. El desarrollo urbanorregional de China a principios del siglo XXI es quizá el mayor experimento poblacional de la historia humana. Las estadísticas son abrumadoras. China consume el 54.7% de la producción mundial de concreto y el 36.1% de la producción de acero. En los próximos veinte años doscientos millones de campesinos emigrarán a las ciudades. Tres aglomeraciones urbanas, el Delta del Río de las Perlas, el Delta del Yangtsé y el área Pekín-Tianjin-Tangshan, concentran más de 120 millones de habitantes. Sólo en Shanghái existen 2,800 rascacielos de más de dieciocho niveles y se encuentran otros dos mil en proyecto. Además, el nuevo hipercapitalismo comunista desborda energía y está ansioso por apantallar al mundo a cualquier costo. Todo se vale y todo está por hacerse. Es decir, es el paraíso de los arquitectos globales.

Rem Koolhaas se negó a participar en el concurso de reconstrucción del World Trade Center de Nueva York argumentando que se intentaba crear un monumento autocompasivo a escala estalinista; sin embargo, por las mismas fechas, hizo todo lo posible para ganar el proyecto del edificio de la CCTV, la Televisión Central China. Koolhaas, divertido, alguna vez mencionó que la decisión la tomó cuando leyó una galleta de la fortuna que decía: “Soberbios Omnipresentes Maestros hacen de la memoria carne molida.” Un guiño profético a lo que sucedió eventualmente: Daniel Libeskind ganó el proyecto de la Freedom Tower y al poco tiempo David Childs y su despacho SOM se lo arrebató. Actualmente, Koolhaas está por terminar el paradigmático rascacielos de la CCTV, al tiempo que la Freedom Tower aún se encuentra en cimientos. Al parecer fue una buena elección, benditas galletas de la fortuna. Mientras en Nueva York un proyecto puede tardar años en ser discutido, consultado con decenas de entidades, replanteado y autorizado, en China todo se hace sobre la marcha, con velocidad, abundancia de mano de obra y la ansiedad de nunca saber quién está dirigiendo la orquesta. Como lo resume Juan Carlos Sancho, arquitecto español con varios proyectos en China, hay cuatro premisas básicas que hay que entender para trabajar allá: no existen modelos estéticos, no hay procesos ni proyectuales ni reales, no hay sistemas identificables y no hay situaciones estables. Cada quien es responsable de descifrar los códigos. Eso sí, la máquina no para. Tampoco espera.

De esta manera, la experimentación formal y las proezas tecnológicas en la arquitectura han aparecido con total libertad: el Estadio Olímpico de Pekín de Herzog & De Meuron, el Aeropuerto de Pekín de Norman Foster, el Cubo de Agua de PTW, el Teatro Nacional de Paul Andreu, el World Financial Center de Shanghái de KPF, etc. Todas estas son obras que no podrían existir en otro país con un sistema de producción distinto. Reflejan la grandilocuencia de su tiempo. Sin embargo, dentro de toda la vorágine se percibe algo de ceguera, algo de espejismo chino. Ian Buruma es preciso: “Es difícil imaginar en los años setenta a un arquitecto europeo famoso proyectando una estación televisiva para el régimen de Pinochet sin perder toda su credibilidad. ¿Por qué entonces hacerlo hoy en China se ve bien?” Es verdad. ¿Tan cínicos nos hemos vuelto? ¿Alguien recuerda Tiananmén? ¿A alguien le importa? El Nuevo Oriente se asemeja al Viejo Oeste: todos han llegado a probar fortuna a una tierra sin ley; deben saber maniobrar entre la especulación y la corrupción, aprovechar las oportunidades, apostar con todo y tener muy presente que la casa siempre gana.

El entusiasmo es contagioso. El aprendizaje también. Esta política de puertas abiertas ha sido provechosa en otro sentido: ha provocado que las propuestas arquitectónicas más interesantes provengan de arquitectos chinos que comienzan a tener proyección mundial con encargos más bien modestos, como por ejemplo, Liu Jiakun, creador del Museo de Escultura Luyeyuan de Xinmin, y Yung Ho Chang, director del Atelier FCJZ, que retoman ciertos elementos de la arquitectura tradicional china, como los patios, los espacios de transición, la superposición entre interiores y exteriores, para abstraerlos y crear una arquitectura contemporánea sobria, ligada al paisaje. O también Ai Wei Wei, personaje multifacético que fue colaborador de Herzog & De Meuron en el Estadio Olímpico, cuyas obras son intervenciones puntuales insertadas en el paisaje y que ha reunido a varios arquitectos de todo el mundo para hacer pequeñas intervenciones aisladas en el Parque de Arquitectura de Jinhua. Curiosamente, ese es otro tema recurrente en los nuevos experimentos chinos: hacer recopilaciones de arquitectos reconocidos y ponerlos a todos juntos con mayor o menor fortuna. El más conocido es la Comuna de la Muralla China, irónicamente, un conjunto de doce villas privadas diseñadas por doce arquitectos asiáticos. Una colección privada de arquitectura con vistas a la Muralla China. Pinceladas exquisitas para los nuevos ricos chinos.

Sin embargo, la fuerza se encuentra en otros lados, en la presa de las Tres Gargantas, por ejemplo, o en las aglomeraciones urbanas, caóticas, incomprensibles, poseedoras de una energía que en Occidente aún no terminamos de asimilar. Quizás estamos ante la transformación radical de las formas de convivencia humana, la convivencia posturbana. Sólo nos queda observar estupefactos o participar sin tener una idea clara de lo que está sucediendo, como se pregunta Rem Koolhaas: “¿Tenemos derecho a hacer todo este trabajo a esta escala tan grande sin tener siquiera una opinión acerca de cómo debería ser el mundo? Y sin embargo, ¿tenemos tiempo para hacer un manifiesto? No lo sé.”

Fuente: Letras Libres

15 abr 2008

Una vida presente. Memorias: Julián Marías

Julián Marías es uno de los grandes intelectuales españoles de la segunda mitad del siglo XX, por lo que esta reedición de sus agotadas Memorias no puede ser más que bienvenida.

El impresionante volumen (que une los tres originales), más de 900 páginas, puede desalentar a primera vista, pero si se inicia la lectura, el texto “agarra” y las páginas se deslizan una tras otra apresuradamente. La intensa vida de Marías es uno de los motivos; la calidad literaria, su oficio de escritor, es el segundo. Y también interesa la carga filosófica, pues Marías plantea sus memorias con un afán explícito de coherencia con dos rasgos principales de su antropología: el carácter narrativo de la vida humana y la primacía absoluta de lo personal. Al quién de las personas sólo se llega narrando su vida.

Y ese quién aparece como una personalidad realmente atractiva: un pensador abierto, luchador, valiente, sincero, coherente, español hasta la médula, con gran capacidad de amistad, independiente quizás en exceso, trabajador infatigable, cristiano profundo pero sin exhibicionismos, fiel. Y no aparece el punto pedante que la frecuente autocita en otros textos sugería. Sorprende también muy positivamente su capacidad de perdón y su optimismo, pues no se retrae ante las adversidades, ni se encona ante las traiciones o desprecios.

Y los episodios duros no faltaron: la delación de un amigo que le llevó a la cárcel franquista y el posterior suspenso de la tesis –ilegal– que le alejó de la docencia y la universidad, la exclusión de la edición de las obras inéditas de Ortega, el duradero ostracismo de la cultura dominante y de los dirigentes españoles, excepto en los años 1975-1982, la muerte de su esposa, etc.

En ese marco, la riqueza de estas páginas viene dada por el largo periodo que cubre y los innumerables temas que se abarcan y sobre los que Marías nos da su inteligente opinión. Desde sus recuerdos de la brillantísima Facultad de Filosofía de Madrid (con personalidades como Ortega, Morente, Gaos y Zubiri), pasando por la Guerra Civil, la II Guerra Mundial, su experiencia en Estados Unidos, donde viajó y residió de modo habitual desde 1951, su visión de la España franquista, sus innumerables viajes por medio mundo, sus encuentros y amistades con numerosas personalidades: Unamuno, Marcel, Heidegger, Pedro Salinas, Pío Baroja, Delibes, Laín Entralgo, Adolfo Suaréz, Tarancón, Juan Carlos I, Juan Pablo II, por nombrar solo a unos pocos.

Su producción intelectual también está presente, pero solo por el papel que desempeñó en su vida; no se entra en honduras. Los grandes temas son la filosofía, Ortega, la antropología y España. En medida menor, la literatura, los viajes y países, el cine. También el cristianismo, pero pocas veces como tema central, siempre como fondo.

En definitiva, un gran libro desbordante de riqueza humana e intelectual, en ocasiones, pocas, excesivamente detallado, y presentado en una cuidada edición a la que convendría añadir índices de materias y nombres, pues se trata, sin duda, de una obra de referencia y consulta con un lugar preciso en la cultura española.

Autor: Juan Manuel Burgos
Fecha de publicación: Abril 09, 2008 por Revista Per Se

4 mar 2008

Apuntes de Filosofía de Antonio Machado

La Editorial Universidad de Granada ha publicado la obra ‘Antonio Machado. Apuntes de Filosofía’, la transcripción de una serie de cuadernos que Antonio Machado empleara para tomar anotaciones de la asignatura de Lógica impartida por el político y catedrático Julián Besteiro, profesor del poeta en la Universidad de Madrid entre 1915 y 1916, y demás apuntes de Filosofía.


Según informaron fuentes de la editorial a Europa Press, estos apuntes han sido trascritos por la escritora Filomena Garrido Curiel en el marco de una investigación sobre la formación filosófica de Machado, supervisada por el director de departamento de Lingüística General y la Teoría de la Literatura de la Universidad de Granada, Antonio Chicharro.

Recoge esta publicación muchas de las anotaciones o rasgos que después aparecerán tanto en su obra en verso como en prosa, como referencias al Universo, a la certeza y a la verdad, el conocimiento o las formas contingentes. “Aquí define también algo de suma importancia, la esencialidad de la palabra, su temporalidad y trascendencia”, apuntaron.

Asimismo, explicaron que las notas y apuntes tomados por Machado demuestran los conceptos básicos que el poeta extrae del pensamiento de algunos filósofos, entre los que destacan Descartes, Kant, Leibniz y el Premio Nobel Bergson, del que toma la “concepción melódica del tiempo vital”.

Por otro lado, Garrido Curiel asegura que su pensamiento lo llevará continuamente de la “filosofía a la poesía”, tanto que “no se puede delimitar donde acaba el poeta y empieza el filósofo”.

“En muchas ocasiones la poesía de Machado es el resultado final de sus comentarios o reflexiones filosóficas, enmarcadas, por otro lado, en la filosofía de su tiempo, y siempre cubiertas por un cierto velo de escepticismo real y poético, propugnado, algunas veces, por su alter ego, Mairena”, escribe la investigadora.

Los manuscritos proceden de los fondos donados en 1948 por Eulalia Cáceres, viuda de Manuel Machado, al Fondo Machadiano de Burgos, que se encuentra en el Instituto Fernán González y en la Academia Burguense de Historia y Bellas Artes.

Autor: EUROPA PRESS
Fecha de publicación: Marzo 03, 2008 por Revista Per Se

2 mar 2008

Dostoievski condenado a muerte

El auditor aparece en el centro del patíbulo y, con voz monótona, rápidamente, lee el texto de la sentencia. Va enumerando, para cada uno, los crímenes de que es culpable y termina la exposición de los motivos con estas sencillas palabras: Condenado a pena de muerte.

Petrachevski, Mombelli, Grigoriev, Akchamurov¿ Nueve veces ya, el auditor ha pronunciado la sentencia. Añade: Dostoievski¿, condenado a pena de muerte.

Fiodor Mijailovich se estremece como si le sacaran de un sueño. La pena de muerte. En este momento, el sol atraviesa la niebla e ilumina la cúpula dorada de la iglesia Semenovski, en la que hay unas placas de nieve.

¡No es posible que nos fusilen!, exclama Dostoievski.

Pero Mombelli, por toda contestación, le muestra un carro cubierto con un toldo.

La tela marca vagamente la forma de los ataúdes.

Dostoievski no comprende aún. Maquinalmente, observa una verruga sobre la mejilla de un guardia, el reflejo de un botón de cobre. Mira ¿lo recordará toda la vida- cómo dobla el auditor su papel por los dobleces, cómo se lo mete en el bolsillo y se pellizca la oreja con la punta de los dedos, bajando lentamente los escalones del cadalso¿

En seguida, un pope le sustituye. Con voz emocionada pronuncia un sermón sobre el texto de san pablo: La redención del pecado es la muerte. Explica a estos desdichados que nada termina aquí abajo, y que una eterna bienaventuranza espera a los que saben arrepentirse. Luego, les da a besar el crucifijo; sólo Shaposhnikov, un hombre del pueblo, pide confesarse.

El castigo es desmesurado con relación al delito. No he merecido esto. Nadie ha merecido esto. La injusticia engrandece a estos miserables, que tiritan en el centro de la plaza sobre una plataforma de madera. Los eleva al rango de los mártires. Y ellos se dan cuenta. Y sienten con todo su corazón la voluptuosidad del sacrificio inútil. El asunto por el que nos habían juzgado, los pensamientos y las aspiraciones que nos llegaban al alma, no suscitaban en nosotros ninguna sensación de arrepentimiento; pero nos parecía que nuestro suplicio nos purificaría, en cierto modo, y que, gracias a él, muchos pecados nos serían perdonados, escribió Dostoievski en el Diario de un escritor. Sí, esta causa, sobre la que habían discutido a tontas y a locas, confrontando sus frívolos ensueños, pavoneándose, denigrando unas cosas y burlándose de otras, he aquí que les parece ahora sagrada, porque van a morir por ella.

El sacerdote ha bajado de la tarima. Dos hombres se acercan a los condenados: los verdugos, hopalandas. Suena el clarín. Los tambores repican en los campos, y este redoblar fúnebre repercute en los muros de los cuarteles. Disminuye y renace, obsesionante, ensordecedor, interminable¿ Los conjurados se han puesto de rodillas. Por encima de sus cabezas, los verdugos rompen espadas como símbolo de caducidad. Después, los revisten con vestidos blancos de tela de saco, con mangas largas y capuchas.

Atan a los tres primeros, Petrachevski, Mombelli y Grigoriev, a los postes, y los verdugos les bajan las capuchas sobre los ojos. Una orden tajante. Tres pelotones salen de las filas y se alinean delante de los condenados.

Dostoievski cierra los ojos. Es el sexto en la orden de ejecución. Está en el próximo turno. Dentro de cinco minutos estará atado a estos mismos postes. Una horrorosa angustia le embarga. No se deben perder estos cinco minutos. Hay que emplearlos lo mejor posible, extraer de ellos toda su esencia y toda su secreta alegría antes de caer en la noche. Divide en tres partes el tiempo que le queda para vivir. Dos minutos para decir adiós a sus amigos. Dos minutos para reflexionar. Un minuto para mirar por última vez el mundo.

Pero ¿sobre qué reflexionar, hacia dónde mirar? Tiene veintisiete años; está plenamente convencido de su fuerza y de su talento; y de pronto¿ la muerte. Existe, está vivo y, dentro de tres minutos, no será nada, o será otra cosa o alguien distinto. Aún mira la cúpula de la catedral. Y no puede apartar los ojos de esta cúpula deslumbrante de oro y sol. Le parece que, de un segundo a otro, estará sólo en presencia de esta tranquila luz. Formarán una sola cosa. Él se convertirá en esta claridad, en esta calma. Se sumergirá en lo desconocido. Un miedo convulsivo le sobrecoge: ¿Y si no muriese?... Si me fuera devuelta la vida¿ ¡Qué eternidad!... ¡Y todo sería para mí!... ¡Oh!, entonces se transformaría cada minuto en un siglo, no perdería ni uno solo, llevaría la cuenta de todos mis momentos para no gastar ninguno a la ligera¿

Mientras tanto, los soldados cargan sus fusiles y apuntan. El silencio hace daño. Un grito: ¡Fuego!, y estos cuerpos van a desplomarse sobre el suelo con una dejadez ridícula. Se los llevarán. Y los sustituirán por otros tres. Pero¿ ¿por qué no disparan?

Con una sangre fría perfecta, Petrachevski levanta su capucha para ver lo que ocurre. Un ayuda de campo agita su pañuelo. Tocan a retreta. Los verdugos desatan a Petrachevski, Mombelli y Grigoriev y los vuelven a llevar a la tarima.

El auditor se acerca de nuevo y lee, tartamudeando atrozmente, el indulto:

Habiendo merecido los culpables la pena de muerte, según la ley, son indultados por la clemencia infinita de Su majestad el emperador¿

Los trabajos forzados, el destierro¿ La alegría cae como un mazo sobre Dostoievski. ¡Salvado! ¡Qué importa todo lo demás! Veinte años más tarde, dirá a su mujer: No recuerdo ningún día tan feliz.

Tomado de la biografía Dostoievski de Henri Troyat, Ed. Vergara
Fuente: http://www.queleo.com.mx/Blog/Index.aspx

El canto de las sirenas

El jueves por la noche, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes [Mexico, D.F.], se realizó la presentación de un fascinante libro titulado El canto de las sirenas, del filósofo catalán Eugenio Trías. Subtitulado Argumentos musicales, el volumen es un extenso y ciertamente complejo recorrido por algunas de las más importantes instancias de la música occidental, glosado y analizado bajo una perspectiva filosófica que tiene su cimiento primordial en Platón, y como un segundo e importante hilo conductor, la teoría de la filosofía del límite, propuesta por el propio Trías.

En una mesa en la que hubo principalmente por filósofos (de la que fui moderador), se comentó El canto de las sirenas, más en su vertiente filosófica que en sus aspectos estrictamente musicales, con base en los textos de Crescenciano Grave, Xavier Güell, Carlos Pereda y Sergio Vela.

Este prolijo libro de Eugenio Trías arranca con un prólogo que es, a la vez, declaración de principios y manifestación de líneas de conducta a seguir en su amplio trayecto. Vienen después 23 ensayos dedicados a otros tantos compositores (de Claudio Monteverdi a Iannis Xenakis), y el libro concluye con lo que el autor ha titulado Coda filosófica, sólidamente cimentada en los principios del pensamiento de Platón, cuya intención es cerrar (en la medida en que pueda ser cerrado) el círculo de la interacción dialéctica entre música y filosofía.

Para aquellos lectores potenciales de El canto de las sirenas, vale decir que esta obra de Trías no es una historia de la música; no es, evidentemente, un catálogo de ensayos biográficos sobre los 23 compositores elegidos; tampoco es una acumulación de notas de programa sobre las obras mencionadas; y no es, claramente, una colección de análisis musicológicos sustentados en la técnica y la estética, a la manera tradicional.

Podría parecer un poco tramposo de mi parte tratar de definir ese libro a partir de lo que no es, pero no dudo que estas observaciones puedan aclarar un poco su naturaleza.

En la raíz de una posible discusión primera sobre El canto de las sirenas, sería menester desentrañar de entrada una pregunta clave: ¿es un libro de música o de filosofía? Por mi parte, la noche del jueves planteé esta pregunta con toda claridad, y en las intervenciones subsecuentes de los presentadores me fue respondida sólo parcialmente. Sin embargo, lo mejor en este caso es acudir directamente a las palabras del autor quien, en el prólogo a El canto de las sirenas, afirma categórico: “Este es un libro de filosofía”. Lo es sin duda, pero su cualidad principal (para quienes no somos filósofos y entendemos poco del asunto, claro) es que se trata, también, de un libro lleno de música, de manera tanto implícita como explícita.

Uno de los más interesantes hilos conductores del libro de Trías es la germanofilia abiertamente asumida por el autor; ésta (que en su caso existe tanto en lo filosófico como en lo musical) tiene su complemento lógico en el hecho de que una parte sustancial, medular, de la cultura musical de Occidente pasa por el mundo de habla alemana, caso análogo al de la cultura filosófica. Como prueba cabal de ello, la presencia de Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Schumann, Wagner, Brahms, Bruckner, Mahler, Schönberg, Webern, Berg, Strauss y Stockhausen como protagonistas de los ensayos que conforman El canto de las sirenas.

Y como refuerzo de esta idea, y del concepto de que se trata en efecto de un libro de filosofía, la presencia virtual de Schopenhauer, Nietzsche, Adorno y Wittgenstein en las discusiones generadas la noche del jueves, que complementaron las referencias puntuales a San Agustín, Platón, Aristóteles, Pitágoras y Plotino.

¿Se trata, pues, de un volumen exclusivo para filósofos? No, de ninguna manera. Pienso que se trata de un libro de filosofía de la música que hallará a sus mejores lectores entre los melómanos ilustrados y conocedores que no se arredran ante la posibilidad de abordar la música mediante un enfoque interdisciplinario y riguroso. Y si algo tiene El canto de las sirenas, de Eugenio Trías, es rigor.

En lo personal he disfrutado particularmente la lectura del libro, porque el autor aborda en él, de manera importante, una discusión que siempre me ha parecido fundamental para todo aquel que ama la música: ¿existe o puede existir una correlación directa entre los parámetros de organización de los sonidos, eso que llamamos música, y los afectos o emociones que suscitan en nosotros?

Autor: Juan Arturo Brennan
Fecha de publicación: Marzo 01, 2008 por Revista Per Se

Pintura con trasfondo filosófico

El libro “La imaginación estética en la mirada de Vermeer”, de la doctora María Noel Lapoujade, catedrática de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, tuvo entre sus presentadores a uno de lujo: el pintor yucateco Fernando Castro Pacheco.

Contadas son las ocasiones en que Castro Pacheco asiste a eventos públicos, pero esta vez no quiso desaprovechar la invitación porque, según dijo durante la presentación de la obra, “no sólo se presenta un magnífico libro, sino que son pocas las veces que se tiene oportunidad de platicar con una personalidad como es la doctora María Noel”.

El artista recomendó ampliamente la obra. “En lo personal (al leerlo) me produjo una emoción pocas veces lograda en un libro de filosofía, y conste que no me desagrada esta doctrina, de ninguna manera, pero la fisolofía manejada ágilmente por la doctora María Noel es de una belleza extraordinaria”, expresó.

“Todo el libro es de una belleza extraordinaria a propósito de Vermeer, que es un pintor al que he admirado desde hace muchísimos años. Lo admiré primero por medio de estampas y después pude conocer sus pinturas, lo que aumentó esa admiración que le tengo y tendré hasta mis últimos días”, subrayó.

Previamente la autora, en charla con el Diario, comentó que era un honor tener al maestro Castro Pacheco como presentador de su libro.

“No lo conozco en persona, aunque sé de su obra y brillante trayectoria”, manifestó la doctora.

“Le tengo un inmenso respeto, por lo que para mí es un gran orgullo y me siento honrada de que haya aceptado venir a esta presentación”, agregó.

La presentación del libro “La imaginación estética en la mirada de Vermeer” se efectuó la tarde de anteayer en el Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (Cephcis) de la UNAM, ubicado en la colonia Industrial.

Samuel Ramos, del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY); Genoveva de la Peña, de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY), y Nicole Ooms, del Cephcis, fueron los otros presentadores del libro.

En “La imaginación estética en la mirada de Vermeer”, la doctora María Noel analiza la geometría de Euclides, de Leonardo da Vinci y de Durer; la concepción óptica de Huygens en relación con la de Descartes y, por último, la filosofía de Spinoza. Con respecto a la obra de Vermeer, sostiene que invita a una lectura filosófica, dado que en su pintura subyace una epistemología ético-estética.—

Autor: Rosa María Acosta Aragón.
Fecha de publicación: Febrero 29, 2008 por Revista Per Se

4 feb 2008

Machado bebió de Descartes, Kant y Leibniz

Fecha de publicación: Enero 28, 2008 por Revista Per Se

Varios cuadernos universitarios del poeta se publican transcritos por la Universidad de Granada. EFE - Granada - 28/01/2008

Machado bebió de Descartes, Kant y Leibniz al escribir sus versos. Así lo atestiguan los cuadernos que escribió durante su estancia en Baeza (Granada) y en los que resumió los manuales del político y catedrático Julián Besteiro, profesor del poeta en la Universidad de Madrid en 1915. Esas notas las publica ahora transcritos la Editorial de la Universidad de Granada (UGR).

Sobre la asignatura de Lógica que Besteiro impartió en la Universidad de Madrid, Machado argumentó en sus manuscritos que, “frente a la Psicología, que se ocuparía del cómo pensamos, el pensamiento lógico nos dice cómo debemos pensar”.

La influencia de la filosofía

A través de estas notas, el poeta interioriza su formación filosófica y le da forma propia plasmada luego en su obra que, en muchas ocasiones, es el resultado final a sus comentarios o reflexiones. Todos ellos están enmarcados en la filosofía de su tiempo, en la que predomina el escepticismo y la duda, como se puede apreciar en sus creaciones más conocidas, incluyendo entre sus apuntes versos suyos como “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar”.

Las anotaciones filosóficas de Machado aparecen constantemente en su obra. Hay así referencias al Universo, a la certeza y la verdad, al conocimiento, la esencialidad de la palabra, su temporalidad y trascendencia o al valor de la existencia.

La obra Antonio Machado. Apuntes de filosofía ha sido transcrita por la escritora Filomena Garrido Curiel, fruto de una investigación sobre la formación filosófica de Antonio Machado, bajo la supervisión del director del Departamento de Lingüística General y Teoría de la Literatura de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, Antonio Chicharro Chamorro.

Los manuscritos proceden del contenido del Fondo Machadiano de Burgos, que se encuentra en el Instituto Fernán González y en la Academia Burguense de Historia y Bellas Artes, gracias “a la generosidad y las facilidades de las sobrinas del poeta”, afirmó Garrido Curiel.

Escolios a un texto implícito muestran la lucidez de su pensamiento

A comienzos de diciembre, tuvo lugar en el Instituto Cervantes de Berlín un encuentro internacional sobre el pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila (1913-1994). Participaron Franco Volpi (que ha preparado la edición de las obras completas del autor y lo ha traducido al italiano), Carlos B. Gutiérrez (catedrático de la Universidad de los Andes), Krysztof Urbanek (traductor al polaco) y el que suscribe. También intervino Peter Brokmeier, presentando y leyendo textos inéditos de Botho Strauss, un escritor entusiasta de Gómez Dávila como también lo fueron el dramaturgo Heiner Müller y el mismísimo Ernst Jünger. Esta enumeración demuestra el progresivo interés internacional por la obra de un pensador que pertenece a la estirpe de esos "raros y exquisitos" que a veces alcanzan finalmente el reconocimiento, como Cioran o Canetti, en ocasiones quedan a medio camino, como Antonio Porchia, y a menudo siguen a la intemperie, como Albert Caraco.

La obra de Gómez Dávila se compone de miles de unos aforismos que él llamaba "escolios a un texto implícito" y que presentaba como notas al margen de un sistema filosófico que nunca escribió. Ese conjunto monumental, secreto y provocador constituye algo así como una "estética de la resistencia" a las ideologías y modos de vida dominantes en la sociedad moderna, desde la óptica de un declarado reaccionario que por sus magistrales desplantes ("los tres enemigos del hombre son el demonio, el Estado y la técnica") puede descolocar tanto a la derecha como a la izquierda tradicionales.

Para comenzar, debo decir que los fundamentos que subyacen al pensamiento de Nicolás Gómez Dávila me resultan perfectamente ajenos. Es más, en la medida en que uno puede atreverse a hacer aseveraciones metafísicas tajantes, creo que son completamente erróneos. La concepción ultracatólica de la realidad como coartada positiva de un escepticismo radical, la vieja y obstinada querella contra la democracia (tan antihistórica, porque en la idea de democracia se reúne lo mejor de Grecia y lo mejor del cristianismo occidental), la fruición en denunciar los ideales de ilustrados de Igualdad, Justicia, Progreso, etcétera... (ninguno de los cuales obliga a una fe ciega, porque, como el mismo Gómez Dávila nos dijo, "ser civilizado es poder criticar aquello en que creemos sin dejar de creer en ello")... todas estas concepciones de fondo me parecen inconsistentes y desde luego no me mueven a ninguna simpatía. Incluso diré que cuando afloran a través de algunos de los rarísimos aforismos de Gómez Dávila que incurren en su detestada bêtise, siento un cierto alivio: por ejemplo, cuando dice "quien no vuelve la espalda al mundo actual se deshonra" o también "aun la derecha de cualquier derecha me parece siempre demasiado a la izquierda".

En efecto, es tranquilizador para un progresista -y no tengo más remedio que confesarme como tal, más allá de las estrictas demarcaciones de la izquierda y la derecha- considerar rechazables las conclusiones que obtiene un reaccionario militante de sus presupuestos ideológicos. Lo malo es que, en el caso de Gómez Dávila, esa tranquilizadora concordancia es la excepción y no la regla. En la mayoría de las ocasiones, los aforismos del pensador colombiano son demoledoramente certeros y tan válidos desde mis propios presupuestos como puedan serlo desde los de quienes compartan los suyos, tan opuestos.

De ahí lo contradictorio y casi agónico de mi pasión por Gómez Dávila: no comparto ninguno de sus axiomas, pero sí la mayoría de lo que deduce de ellos. Sobre todo cuando niega y rechaza, aunque mucho menos cuando afirma. Lo cual no le resta interés, porque, como él mismo escribió, "muchas doctrinas valen menos por los aciertos que contienen que por los errores que rechazan". Insisto en este punto, ya que no admiro sus Escolios simplemente por su espléndido tino expresivo, duro como la roca y trémulo como la rama según su propia inolvidable descripción, ni tampoco por su evidente ingenio y su tonificante humor sino ante todo porque da la casualidad -lo mismo que advirtió Borges sobre las aparentes boutades de Oscar Wilde- de que suele decir verdades, sobre todo cuando critica. Y para mí, que no soy posmoderno y mucho que lo lamento, la verdad es más importante que el estilo, que el ingenio y al menos tan importante como el mismísimo humor.

Quizá el aspecto más interesante del pensamiento de Gómez Dávila consista en que no puede ser sencillamente clasificado como un pesimista a lo Cioran o como un nostálgico de los felices tiempos pasados, como tantos aristocratizantes que no echan de menos la ilusoria armonía perdida de la sociedad antigua sino sólo sus desaparecidos privilegios. Gómez Dávila no es ese laudator temporis acti de que habla Horacio en su Arte poética. Por el contrario, revela frecuentemente una sensibilidad desprejuiciada -por crítica que sea- ante los ritos y mitos de la modernidad. El escolio en que afirma "el bárbaro o totalmente afirma o totalmente venera. La civilización es sonrisa que mezcla discretamente ironía y respeto" entronca con un comentario muy parecido de Isaiah Berlin, quien señaló en oposición al fanatismo del bárbaro que la persona civilizada está dispuesta a luchar e incluso morir por ideas en las que no cree del todo. No es el pesimismo, sino la lucidez la que le lleva a afirmar "madurar no consiste en renunciar a nuestros anhelos, sino en admitir que el mundo no está obligado a colmarlos". Ningún verdadero pesimista admite nunca del todo que la auténtica cordura implica frustración pero no se reduce a ella.

Otro punto interesante, aunque sea ocasional, es su franco interés por la sexualidad. En ese campo, rechaza las soluciones fáciles, tanto convencionales como más a la moda: "El problema no es la liberación sexual ni la represión sexual, sino el sexo". Por supuesto, es desde luego la ideología en boga la que se lleva sus más acerados dicterios, pero no desde el estrecho puritanismo: "Nada más repugnante que lo que el tonto llama 'una actividad sexual armoniosa y equilibrada'. La sexualidad higiénica y metódica es la única perversión que execran tanto los demonios como los ángeles". Y tampoco enlaza precisamente con la mentalidad mojigata una de sus afirmaciones positivas más discutibles y a la vez más gloriosas: "Un cuerpo desnudo resuelve todos los problemas del universo". Y también este dogma erótico: "Quisiéramos no acariciar el cuerpo que amamos, sino ser la caricia". Incluso me atrevería a decir que en ocasiones se arriesga a propósitos que podría suscribir cualquier materialista: "Sólo hay instantes". Y por encima de todo el aforismo que prefiero sobre cualquier otro de los suyos, una declaración desesperadamente triunfal que se sitúa más allá de la falsa dicotomía entre pesimismo y optimismo, desde luego mucho más allá del escepticismo limitado y limitador: "Lo contrario de lo absurdo no es la razón sino la dicha".

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Nicolás Gómez Dávila. Escolios a un texto implícito (Selección). Prólogo de Mario Laserna Pinzón. Epílogo de Franco Volpi. Villegas Editores. Bogotá, 2001. Escolios a un texto implícito. Obra Completa. Prólogo de Franco Volpi. Villegas Editores. Bogotá, 2005. Escolios escogidos. Selección de Juan Arana Cañedo-Argüelles. Los Papeles del Sitio, 2007. 208 páginas, 15,95 euros. Sucesivos escolios a un texto implícito. Altera. Barcelona, 2002. 157 páginas. 14 euros.

19 ene 2008

El tratamiento de "House" a sus pacientes

La cadena de televisión “cuatro” ha vuelto a reponer capítulos de la serie House y la última medición de audiencias le daba una cuota de pantalla del 13,7% de telespectadores. No es de extrañar que repongan esta serie, ya que es la de mayor éxito de esta cadena.

Como se sabe, esta serie trata de un drama médico que gira en torno al Dr. Gregory House, un médico misántropo y antipático aunque brillante en su desempeño profesional, que trabaja en el Departamento de Diagnóstico del ficticio Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey. El protagonista está interpretado por el actor británico Hugh Laurie, nominado a varios premios Emmy y ganador de dos Globos de Oro por su interpretación en esta serie.

House es adicto a la vicodina, a causa de un dolor crónico en la pierna derecha derivado de una necrosis muscular, y se le suelen asignar casos muy complejos a los que el doctor se enfrenta de forma impersonal, procurando no tratar con los pacientes en persona. Su falta de respeto por las normas establecidas, siempre que crea que ello contribuirá a la salvación del enfermo, le llevará a continuos enfrentamientos con su equipo médico y con la directora del hospital, Lisa Cuddy, de métodos más ortodoxos.

House encarna un modelo de triunfador atípico. Es un antihéroe: maleducado, arrogante, muy solitario, políticamente incorrecto, brutalmente honesto, con mal carácter y una coraza de hierro tras la cual esconde sus sentimientos. Este personaje hace gala de una seguridad aplastante, un cinismo que roza lo patológico, una conversación sarcástica y una falta de fe, más que probada, en el comportamiento humano.

"Políticamente incorrecto"
Hasta aquí no parece que haya razones humanas y morales para interesarse por esta serie. Sin embargo, hay señales que, analizando en profundidad, nos dan algunas claves para interpretar y decodificar a este personaje desde distintos sistemas de signos. Esta opinión también la comparte el doctor en bioética, Carlo Valerio Bellieni, miembro de la Academia Pontificia para la Vida.

Según Bellieni “el Doctor House, con su autonomía de juicio, es «políticamente incorrecto». Saliéndose de la opinión común, no se deja llevar por las alabanzas de las bien conocidas cúspides del relativismo ético en Medicina: el paciente es último tribunal; el médico un “proveedor de un servicio”. Según Bellieni “occidente ha destruido la capacidad de los médicos para dar juicios morales sobre los comportamientos en Medicina”.

Lo curioso es que estos juicios proceden de un personaje en constante lucha con el mundo. House parece no estar nunca para los pacientes... no es un médico bondadoso, está lleno de dolor; pero atesora una exigencia vital que no le deja desesperarse. Por eso impresiona, en un momento en el que parece que sólo el propio capricho tenga valor, él lucha por sobrellevar lo mejor posible su propia existencia.


La humanidad del "doctor"
El telefilme parece ser una apología de la frialdad ante el paciente. Esta distancia, debida a su propio sufrimiento existencial y físico es, sin embargo, sólo aparente. Aún permaneciendo descortés y asocial, en cada momento y con insistencia trata de llegar al fondo de la persona que debe curar. Habla de manera brusca con los pacientes para convencerles de que acepten un determinado tratamiento, no para secundarles. Sabe que existe un buen comportamiento médico y uno equivocado, y quiere que sus pacientes elijan el bueno.

Parte de su propio sufrimiento pasa por reconocer el de los demás, y a veces, es justo este ensimismamiento el que le hace ver cosas que no ven quienes le rodean.

Otra de las cualidades del personaje es su capacidad para sorprenderse. Siente estupor hacia la misteriosa humanidad de un paciente. Recuerdo un capítulo que me pareció muy emotivo, además de reflejar a la perfección lo apuntado anteriormente.

Durante una intervención quirúrgica a un feto de seis meses, éste le coge su dedo con la manita desde el útero materno. “Nuestro doctor” se queda todo el día contemplando ese dedo sacudido por la fuerza de una vida humana. Una vida que él quiso destruir para salvar a la madre gravemente enferma y que “zarandeó” su conciencia para siempre.

Un líder escondido
Su estupor es la base de su éxito científico: quien se sorprende, tiene curiosidad por mejorar el estado de un paciente, por probar lo imposible y no desfallecer ante la evidencia de un diagnóstico imposible, es el que se convierte en un brillante facultativo.

Esa brillantez profesional se traduce no sólo en que todos confían en él –pacientes, equipo médico y directora del hospital–, sino que todos tratan de imitarle. A eso se le llama liderazgo.

Es un líder de los que no les gusta exhibirse, la gloria mundana, el palmeo o las reverencias. No es amigo de las devociones. Le agrada la soledad, el destierro escogido para “lamerse” las heridas físicas y espirituales de una vida que cree vacía porque no ha descubierto todavía la grandeza de insuflar un sentido positivo y redentor al servicio que presta a los demás.

Descubriendo esta faceta, –la entrega a los demás sin compensaciones, sin interés o codicia–, nuestro personaje alcanzaría la felicidad, la paz y el sentido a su existencia. Y la alcanzaría porque restituiría a los pacientes, en particular y al hombre en general, al objeto con el que fueron creados –ser sujetos con capacidad para amar y ser amados. En esta concepción no cabe la utilización, la posesión o la comercialización del ser humano, sólo cabe revestirlo con los ropajes de la dignidad, caridad y la compasión.

Carmen de Andrés

16 ene 2008

Edita UNAM material de lectura digital

A 30 años de su creación, la colección Material de Lectura de la Dirección de Literatura de la UNAM editó en versión digital sus primeros 25 números, mismos que pueden ser consultados en el sitio www.materialdelectura.unam.mx

Se trata de 13 ejemplares de la serie Cuento Contemporáneo, con autores como Sergio Pitol. Elena Poniatowska, Katherine Anne Porter, Edmundo Valadés, María Luisa Bombal, Horacio Quiroga, Inés Arredondo, Italo Calvino y Angel del Campo.

Además, 12 de Poesía Moderna que incluye números dedicados a la obra de W.H. Auden, Jaime Sabines, Jorge Cuesta, Xavier Villaurrutia, Efraín Huerta, Giorgos Sefris, Ezra Pound, José Lezama Lima, Fernando Pessoa, Paul Valéry y Carlos Pellicer.

El portal en red que alberga la colección es editado por Ana Cecilia Lazcano, con el cuidado digital de Griselda Iglesias, y su idea es poner a disposición de millones de lectores los títulos más importantes de la colección que, durante tres décadas, ha reunido una muestra privilegiada de la obra de los escritores más relevantes del siglo XX en un formato económico, de bolsillo y de edición atractiva.

Al momento, la página electrónica ha recibido alrededor de 10 mil visitas en cuatro meses, ya que es una colección muy conocida entre la comunidad universitaria, que ha podido disfrutar de más de 350 títulos a través de sus series Cuento Contemporáneo y Poesía Moderna.

Cursos gratis en Yale

Washington.— El profesor Langdon Hammer, un poeta joven de gafas, que lleva el cabello revuelto, explica a un grupo de alumnos que la poesía moderna busca absolutos, lo que Moore llama “genuino” y la voz del trueno en el caso de Elliot.

Él imparte el curso de Poesía Moderna en la Universidad de Yale, la casa de estudios que ha producido varios presidentes y una de las universidades más caras del planeta. Desde este mes a esos cursos podrán sumarse cientos de estudiantes de China, Argentina y México, entre otros países, y lo harán de la mejor de las maneras: sin pagar un solo centavo. Gratis, cortesía de Yale University.

Se trata del programa Open Yale Courses, un proyecto que la Universidad de Yale construyó durante un año y medio con una donación de la fundación William and Flora Hewlett.

El programa abrirá las puertas de las aulas de la Universidad de Yale para trasladar los cursos a todo el mundo por medio de la internet.

Decenas de universidades están en conversaciones con Yale para incorporar esos cursos a su sistema de enseñanza, sin costo alguno, por medio de sociedades académicas. El programa puede ser accesado por cualquier persona desde la página web http://open.yale.edu/courses/ donde es posible abrir las versiones estenográficas y bajar los archivos de audio y de video de alta calidad de cada de las 24 clases que conforman los cursos que tienen una duración de seis meses.

“Lo que deseamos es transmitir a los estudiantes de cualquier parte del mundo la sensación de que están sentados en el salón de clases”, dijo Diane E. Kleiner Dunham, profesora de Historia del Arte y directora del proyecto. “Durante años hemos producido alumnos brillantes y llegó el momento de democratizar nuestra educación”. El programa fue lanzado en la primera semana de este mes con siete cursos: Astronomía, Fronteras y Controversias en Astrofísica, con Charles Baylin; Poesía Moderna, con el profesor Hammer; Ciencias Políticas, Introducción a la Filosofía Política, con Steven Smith; Psicología, con Paul Bloom; Filosofía, con Shelly Kagan; Estudios Religiosos, Introducción al Viejo Testamento, con Christine Hayes y Física, con Ramamurti Shankar.

La profesora Kleiner dijo que el Instituto Tecnológico de Monterrey participará en el programa y mencionó que están en curso conversaciones para sumar a otras universidades mexicanas. En la India existe un proyecto para transmitir los cursos en distintas universidades del país. En China la televisión educacional decidió transmitir lecturas que serán vistas por millones de chinos.

También utilizarán este novedoso programa el Instituto de Tecnología de Buenos Aires, la Universidad de Ghana, la Universidad de Etiopía, la Universidad de Tokio, la Universidad de Peking y la Universidad Waseda, en Japón.

3 ene 2008

La urgencia de pensar en América Latina

El castellano y los terrenos donde se habla tienen hoy el peso de pensar el ser. La idea de los gobernantes españoles en América fue evitar que se pensara. Es urgente urdir una democracia distinta. Esperanza en un futuro.

Durante los primero días de octubre de 2007 se realizó en Madrid el evento “Pensar en español”, una serie de jornadas donde la filosofía de España y de América Latina hizo un examen de su situación histórica, así como de su futuro, bajo la orientación del Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones científicas de España. (CSIC) y en el seno de las jornadas “Vivamerica” realizadas en Madrid.

Un elemento común refulge en los filósofos contemporáneos: asumir el castellano como la lengua que recoge las expectativas de millones de seres humanos -cerca de 400 millones-. Esa lengua y ese orbe geográfico tienen hoy sobre su espalda el peso de pensar el ser, el mundo concreto, los significados de nuestra historia.

Muchas fueron las situaciones paradójicas encontradas en las jornadas: a pesar de que España, Argentina y Méjico traduzcan a la lengua española cientos de textos de pensamiento humanístico y social, y que millares de emigrantes atraviesen el planeta entero, sobre todo rumbo a Europa occidental y los Estados Unidos, nuestro pensamiento latinoamericano continúa siendo una provincia, aislada y desconocida, cuando se le compara con el reconocimiento editorial que tienen en gran parte del planeta las narrativas de ficción de lengua castellana.

Las razones son múltiples; allí se mezclan la dependencia colonial, la brutal ruptura con los antiguos pueblos americanos, el mismo cierre intolerante que España tuvo desde el siglo XVI en el momento de expulsar a árabes y judíos, fundadores de una cultura esplendida durante la Edad Media. También están los tiempos de la dictadura del General Francisco Franco y el exilio de parte importante de su intelectualidad. Fue así como las prolongadas fracturas que para asumir la modernidad padeció España, las heredamos y las continuamos viviendo latinoamericanos y colombianos.

Bien lo señaló la investigadora de la UNAM Mercedes de la Garza: por varios siglos la idea de los gobernantes españoles en América fue evitar que se pensara , quedando este afán como un sello angustiante. “Los súbditos americanos nacieron para callar y obedecer”, esto ocasionó un impacto dramático sobre un criollo para quien España permanecía sorda. Contrariamente, el pensamiento que se implantó en América desde el siglo XVI fue una escolática en contravía de lo que se experimentaba en la misma Europa a partir de los efectos filosóficos de Lutero.

Desde dos orillas

Para David Sobrerilla nuestro pensamiento ha vivido durante 500 años en medio de una tensión: los universalistas que reclaman una filosofía de Europa y los regionalistas que exigen una postura y una elaboración desde lo latinoamericano. En ambas orillas se ha llegado a una normalización del pensamiento filosófico aunque no se cuente con un número de obras de importancia universal.

Dos de las posturas más fuertes del evento fueron las expuestas por Ernesto Garzón Valdez y Luis Villoro. El primero puso de presente el desprecio que practicamos los latinoamericanos hacia el pensamiento en español: “No hay mejor forma de ser peruano que ser europeo, y pensar en español no significa excluirnos”. De allí que pensar hoy en español implique tener una profunda conciencia del espacio y del tiempo que habitamos y vivimos: la injusticia social que nos devora, la corrupción galopante. Pero en nuestras naciones, temas empíricos tan cercanos a estos asuntos como pueden ser la seguridad social o los derechos humanos, terminan siendo un asunto excepcional y donde la filosofía tendría una gran oportunidad de interlocución.

La posición más radical vino desde el pensador mejicano Luis Villoro quien dibujó un mapa donde sólo podemos ubicarnos si tenemos en cuenta nuestras circunstancias: “En América Latina todo es decadencia política, decadencia moral. Nuestras realidades son la injusticia y la exclusión. Una exclusión que avasalló a los pueblos indígenas y afro-descendientes y que hoy avasalla a los más pobres. De allí que la filosofía de América Latina no pueda ser más que una filosofía de la marginación y que ante esta situación sólo nos cabe resistir. Se requiere de un proyecto negativo, que no sea exclusivamente filosófico.”

Reyes Mate, quien por su parte ha articulado la pregunta de si es posible pensar luego del Holocausto producido por el Nazismo junto a una reflexión de las víctimas contemporáneas del progreso en el mundo, hizo ver la urgencia de revisar nuestros libros de textos de filosofía, pues en ellos el pensar en español ocupa un lugar minoritario. Obras producidas en España como fueron las de Maimónides y Averroes han permanecido enclaustradas no sólo en otro tiempo, sino bajo la etiqueta de “otra cultura”. Parece ser que la negación, la clausura de la memoria y el olvido son los frutos amargos que todavía cosechamos.

Mirada a los legados culturales

Pero frente a toda esta situación de apariencia desfavorable ¿qué resta en términos de una razón práctica? El proyecto a futuro parece definirse como multicultural desde América, ya que se trata urgentemente de urdir una democracia por completo distinta. En Bolivia, en Ecuador, en Brasil brotan los gérmenes de esa respuesta en la que un problema de tan hondo calado filosófico como la justicia puede fructificar en discusiones y programas contra la injusticia étnica, económica, política, de género.

Hoy, luego de 500 años de estar inmersos en la historia de Occidente, los americanos tenemos la oportunidad de examinar con distancia los dos legados culturales que más fuerza han tenido en nuestra estructura moral y política: tanto la teocracia como la filosofía moderna que nos negaron un lugar como sujetos autónomos y mayores de edad.

Como bien lo señaló Reyes Mate en la clausura del evento: “Hemos aprendido un español a ambos lados del mar; un español resultado del conflicto”. En España quien padeció este conflicto fueron el árabe y el judío, mientras en América sus víctimas terminaron siendo las culturas indígenas y las culturas negras llegadas de África.

Queda pues a la nueva generación de pensadores un saldo que curar con la memoria y el pasado a cambio de la esperanza de un futuro emancipado. La oportunidad para volver sobre algunos de estos tópicos será el Congreso Iberoamericano de filosofía a realizarse en junio de 2008 en Medellín.

Autor: Alberto Antonio Verón
Fecha de publicación: Diciembre 30, 2007 por Revista Per Se

2 ene 2008

¿Quién teme al Hollywood feroz?

Consideraciones en torno a La brújula dorada

Como literatura, La brújula dorada (es decir, Luces del Norte) es un relato que, sencillamente, no soportará el paso del tiempo. No es una herejía, ni una nueva encarnación del mal, y tampoco un peligro para la fe de nadie. Se trata de un cuento maniqueo y simplón, con un fuerte tufillo a gnosticismo panteísta, en el que se observa que Philip Pullman no ha entendido demasiado bien la relación metafísica, amorosa, entre Dios y la Creación, la autonomía ontológica del cosmos, y mucho menos el pecado y la entraña misericordiosa de la Redención. Ni que decir tiene que su comprensión de la Iglesia es esperpéntica, tributaria más bien del resentido retrato decimonónico de la Inquisición que debemos a Llorente —historiador que había sido ministro de José Bonaparte—, que a la verdad teológica sobre la Esposa de Cristo.

Estas novelas y sus equivalentes adaptaciones cinematográficas han sido concebidas como producto de consumo, elaboradas cuidadosamente a la medida de los receptores del mensaje. Los ingredientes son los de casi siempre en el mundo del folclore y las mitologías antiguas, especialmente las orientales, pero banalizados: un mundo paralelo, una heroína prácticamente indefensa ante los todopoderosos malos-malísimos, un poderoso talismán que proteger, una misión que adopta la forma de un viaje iniciático, la salvación del mundo frente a las ansias de poder de los esclavos de sí mismos.

En la versión cinematográfica, más de lo mismo: una puesta en escena espectacular, los consabidos movimientos de cámara vertiginosos sobre decorados digitales, un reparto de lujo, violencia y sustos innecesarios anejos a los efectos de sonido; y poco más. Pura seducción y aturdimiento sensitivo. Lo justo para dejar boquiabiertos a unos espectadores cada vez más lerdos, cada vez menos exigentes, cuyo paladar estético está cada vez más estragado. Y así, la película, que es realmente entretenida, no oculta sus vergüenzas estéticas: es bastante plana en cuanto a la definición de los personajes —especialmente en el caso de Lord Asriel, uno de los caracteres más prometedores en el arranque de la historia—, de sus motivaciones e intereses, e incluye unas cuantas incoherencias de guión realmente de bulto. También el ritmo de la narración fluctúa entre desiguales altibajos y caídas de tensión, dando la sensación —habitual en las películas de Harry Potter— de que hay tanto que contar que “no da tiempo”, y se lleva al espectador con la lengua fuera de un sitio a otro. La propia protagonista, mucho antes que una posible “hereje”, es simplemente una histérica chillona, caprichosa y malcriada, egoísta a más no poder, que no duda en mentir con tal de conseguir sus propósitos; un ejemplo de maquiavelismo “del duro”, ingrato y tristemente actual.

Con todo, créanme: hay que ir al cine muy precavido contra esta película para ver en los diálogos, la puesta en escena o el planteamiento ese beligerante anti-catolicismo del que se nos quiere proteger. Véanla y juzguen ustedes mismos, por favor. Insistiré una vez más, aun a riesgo de parecer pesado, o incluso de serlo. La brújula dorada es cine de palomitas, un producto comercial, no artístico, destinado a llenar los cines aprovechando el tirón mediático de la Navidad, y esa tonta necesidad de “entretener” —qué estúpido concepto— a los niños durante las vacaciones a la que tan permeables nos hemos vuelto los cristianos, y a saciar los afanes de lucro del estudio que produce la película, engordando los bolsillos del señor Pullman en concepto de derechos de autor y las cuentas corrientes del equipo de producción. Nada más. No hay nada en el Magisterium que huela a amenaza o crítica contra la jerarquía de la Iglesia más que para quien ya se sentía amenazado. No hay peligro más allá de los ojos que ven sombras en todas partes, pues cada uno lleva consigo sus propios complejos y arrastra penosamente las sombras de su propia tristeza.

A modo de conclusión: eternidad del Mito y esperanza

Pienso que, como católicos, lo importante ante este tipo de fenómenos mediáticos es que tomemos conciencia de cuáles son nuestras carencias como espectadores, como lectores, como criaturas artísticas; es decir, como seres para la Belleza —lo cual no tiene nada que ver con ser “consumidores de arte”, que es lo que aspiran a engendrar las multinacionales del ocio—. Los mitos, las grandes historias, lo son porque su valor sapiencial es eterno. Engarzan nuestras vidas, en cuerpo y espíritu, con ese otro nombre de la eternidad que es la Verdad. Esa Verdad se refracta al ir de mente en mente, como un Blanco único que admite ser contado de muchas maneras.

Los grandes mitos nunca mueren porque son verdad, y la verdad es —hace mucho que se nos anunció esto— eterna. La Verdad en Persona nos lo desveló al revelarse a Sí misma conformando, precisamente, la Historia de la Salvación: el Cuento por antonomasia, el Mito con mayúscula. Y, puesto que sólo las obras de Arte que en verdad lo son están llamadas a perdurar, quizá sea ya la hora de dejar de “verlas venir”, aprovechando el tiempo para prepararnos estéticamente, para convertirnos de nuevo en degustadores de la excelencia artística. Es tarea que sólo depende de nosotros. Juan Pablo II y Benedicto XVI nos lo han dicho en repetidas ocasiones: la Belleza de Dios ha de ser eje central de la predicación del mensaje divino a las gentes en este nuevo milenio. Ése es el norte hacia el que cada uno debería dirigir su propia brújula dorada de cristiano. Y alejar, mientras tanto, todo temor.

12.28.2007
Páginas Digital
Eduardo Segura
Licenciado en Historia moderna
y doctor en Filología

"Lo propio como tierra extraña"

El santanderino Román Cuartango, profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, ha publicado recientemente la obra ‘Filosofía de la historia. Lo propio como tierra extraña’, un trabajo que se suma a una prolífica e intensa trayectoria en el campo del pensamiento, la poesía y el ensayo. Entre sus obras destacan ‘Una nada que puede ser un todo (reflexividad en la Ciencia de la Lógica de Hegel)’; ‘Así como fundan los poetas (Heidegger y la poesía de Hölderlin)’; ‘Autodeterminarse (acerca de la conducción de la propia vida)’; y ‘Hegel: filosofía y modernidad’, 2005.

La filosofía de la historia, subraya, forma parte del interés por saber «qué promesas de salvación anidan en el tiempo y cómo contribuir de la mejor manera a su cumplimiento. Hablamos de la época moderna, en la que se cobra conciencia de ese fenómeno llamado ‘historicidad’». El filósofo y ensayista, profesor Titular de Historia de la Filosofía, Estética y Filosofía de la Cultura, ha centrado su trabajo habitual de investigación en los problemas de la subjetividad y de la racionalidad modernas, la estética...., todo ello en el contexto de una discusión que, desde el final de la modernidad, «se orienta a una revisión de los fundamentos mismos de la Ilustración».

Resultado de este trabajo son sus contribuciones también en libros colectivos, caso de «Metafísica de la subjetividad y filosofía de la conciencia» y diversos artículos que han visto la luz en en revistas y diarios como ‘Claves de Razón Práctica’ y la santanderina ‘La Ortiga’, entre otras. En las colecciones del proyecto editorial de Antonio Montesino también publicó un ensayo sobre la poesía de José Angel Valente. En su nueva obra, Cuartango recuerda que «la época moderna se halla jalonada por el desencantamiento, por la expulsión de los dioses -racionalización, dominio científico-técnico-, y también por la tendencia a volver al mito». De ahí que nunca se pueda tener completa seguridad respecto a «la consumación de las promesas de felicidad». Y ello se debe sobre todo, apunta el pensador, «a la lucidez sobre la condición histórica: la liviandad, precariedad y caducidad de la existencia, la contingencia y la fragmentariedad radicales del ser, a las que se asocian inevitablemente la inestabilidad y la incertidumbre».

En este sentido, sostiene que «tan moderna como la confianza en una humanidad emancipada y dueña del universo lo es el sentimiento trágico de la existencia que nace de la experiencia de que el mundo propio es una suerte de tierra extraña». El libro del profesor Román Cuartango se ocupa así de esta lucidez paradójica, de los diversos aspectos de una realidad mudable que provoca preguntas ineludibles, «no a consecuencia del interés académico o erudito, sino porque trata del ser histórico mismo del hombre, directamente comprometido, como se ha dicho, entre lo que tiene que ser y lo que cabe esperar».

Autor: G. BALBONA
Fecha de publicación: Diciembre 29, 2007 por Revista Per Se. Barcelona, 2007.

Autor: Román Cuartango.
Obra: ‘Filosofía de la historia. Lo propio como tierra extraña.
Edición: Montesinos.

28 dic 2007

¿Para qué?

Federico Reyes Heroles

Fecha de publicación: Diciembre 26, 2007 por Revista Per Se

Aunque se le creyera en retirada, Dios permanece entre las creencias humanas. Lejos de cualquier religión en particular, cabe la reflexión. ¿Los dioses ordenan nuestra vida?

“La razón me dice que Dios existe, pero también me dice que nunca podré saber lo que es” Voltaire.

No tengo ninguna filiación religiosa. Ello no me cauteriza frente al tema. Basta con mirar al firmamento o ver a un bebé nacer o leer sobre el DNA para caer en el asombro. Ese asombro es la puerta de entrada a los grandes misterios: la creación, la vida, la muerte y nosotros ahí con nuestra loca cabeza. Sólo un muerto, muerto del alma, podría quedarse inmune. Victor Hugo definía a Dios como lo evidente invisible. Pero las creencias y los usos que las religiones han hecho de ellas son un asunto serio. Hay quien piensa, y no sin razón, que las religiones lo envenenan todo (C. Hitchens, God is not Great). Buena parte de la violencia entre los seres humanos ha brotado de la pasión religiosa.

¿Pero entonces, qué hacer? Cruzarse de brazos y aceptar esa terrible fatalidad: la búsqueda de respuestas a los misterios conduce al dogma, al fanatismo, a la degradación. Sería aceptar nuestra impotencia para encauzar las grandes dudas y sus siempre tentativas soluciones. Se trata de una de las discusiones filosóficas más apasionantes y en las últimas décadas ha sido muy rica. Dios ha muerto, declaró Nietzsche (UNAM, ver la excelente introducción de Paulina Rivero Weber), con lo cual tambaleó los referentes no sólo filosóficos sino éticos. ¿Quién mató a Dios? En su loco afán por conocer, por establecer verdades independientes, el hombre destruyó los absolutos, Dios incluido. Pero si Dios no existe, razonaría Dostoievski, entonces todo está permitido. Sin ese absoluto, se argumentó, el hombre deambula en la oscuridad. Quién va a ser el guía, quién dará el rumbo. Para algunos ese absoluto se ha trasladado al valor inmanente de la vida. El rumbo no venía del exterior, de una fuerza superior, sino de adentro. Estaba dado por la propia Creación en la vida misma.

La tensión básica estaba sentada. En la búsqueda de verdades el ser humano sólo podía cancelar los dogmas, los absolutos y seguir su propia forma de leer el mundo. Con el avance de la ciencia en el siglo XX surgieron nuevos dilemas y posturas. Quizá una de las más conocidas por su claridad fue la de Bertrand Russell. El gran filósofo y científico inglés fue radical: la ciencia es incompatible con cualquier tipo de religiosidad. Dogma y ciencia están reñidos a muerte. La apuesta de los años sesenta fue ésa: el avance del pensamiento científico terminará desplazando a los dogmas religiosos. Pero en pleno inicio del siglo XXI las cifras no apuntalan tal dicho.

De los 6 mil 500 millones de seres humanos que habitamos el planeta, el 82 por ciento se declara religioso. Según los datos de Naciones Unidas, un 16 por ciento se declara sin religión y sólo un 3.7 por ciento, ateo. La diferencia no es menor: sólo los ateos niegan la existencia de Dios. De aquellos sin religión no sabemos si aceptan o no la existencia de Dios pero sin acudir a un dogma en específico. Pareciera que, en todo caso, lo que pudo haberse incrementado en el siglo XX fueron los ateos. Pero, es curioso, ese cambio tuvo que haber ocurrido en la primera mitad del siglo XX, cuando la gran explosión científica se dio en la segunda mitad. ¿Cuál fue el efecto de las guerras? No lo sabemos bien a bien. Lo que queda claro es que los satélites, el microchip o los celulares conviven perfectamente con las tradiciones religiosas. De hecho las nuevas religiones aprovechan las tecnologías para conseguir adeptos. Dios no está, como lo pensó Nietzsche, en retirada. De acuerdo con la Encuesta Mundial de Valores, un 86 por ciento de los habitantes del planeta cree en Dios.

Además la percepción de Dios está distribuida tanto en países islámicos como Marruecos, Paquistán o Egipto con porcentajes del 100 por ciento, como países católicos, en niveles de 80 por ciento. No hay exclusiva. Pero quizá la mayor sorpresa radique en que el desarrollo tampoco está reñido con esa creencia. El 96 por ciento de los estadounidenses cree en Dios, en Finlandia es el 83 por ciento. Sólo en Vietnam el porcentaje se desploma a menos del 20 por ciento. ¿Por qué? Las sorpresas continúan: las comunidades científicas, obsesionadas con las nuevas verdades o paradigmas, no son islas de no creyentes, por el contrario. Se ha comprobado que en Estados Unidos la gran mayoría de esos científicos son creyentes. Pareciera entonces que la indagación de los misterios no debilita la religiosidad sino que incluso la alimenta. Es fantástico revisar los testimonios de muchos científicos como Francis Collins o Francis Compton Crick, premios nobel vinculados a la indagación sobre el DNA, dando sus testimonios sobre cómo los grandes misterios, la ciencia y Dios, pueden navegar en la misma barca.

El dilema de Nietzsche ya no está allí. Lo que sí continúa vigente es la idea de que son esas figuras, los dioses en plural, los que actúan como grandes ordenadores de la vida. La industrialización, la urbanización, han acentuado un fenómeno de soledad, de búsqueda de un sentido en la vida. Una vez resueltas las necesidades básicas viene la pregunta, ¿para qué la vida? Víctor Frankl, el gran sicoterapeuta, estableció hace décadas esa neurosis provocada por la carencia de un sentido en la vida. Muchas sociedades ricas son víctimas del padecimiento. Las depresiones y los suicidios se multiplican. Hay nuevos flagelos del alma. Francia, España, Estados Unidos, los países escandinavos, todos registran esa nueva pesadilla que es la soledad. Se la ha denominado la era del vacío.

En estos días en que una parte del mundo celebra el natalicio de Jesús, vale la pena la reflexión sobre el fin último de las creencias. ¿Violencia o sentido en la vida, dogma guerrero o paz interior? ¿Religión y vida, para qué?


Federico Reyes Heroles: es un escritor y comentarista político mexicano nacido en la Ciudad de México en el año 1955. Es profesor y miembro del patronato de la Universidad Nacional Autónoma de México, presidente del Consejo Rector de Transparencia Mexicana y presidente del Consejo Directivo de Fundación Este País. Es autor de diferentes obras narrativas, como Ante los ojos de Desiré, o Noche tibia, colaborador del Diario Reforma y comentarista en programas de radio y televisión mexicanos, como Entre tres.

Notas:
Fuente: http://www.reforma.com/

6 dic 2007

Leopoldo Zea

(Advertencia: es un artículo antiguo, sin embargo vale la pena leerlo.)

Acabamos de perder a uno de los pilares de la filosofía mexicana: Leopoldo Zea. Fallecido el día 8 de junio, a los 92 años de edad, era el decano de los filósofos en México. Él mismo se destacó por haber luchado constantemente por el reconocimiento de la filosofía mexicana y de la filosofía latinoamericana. Pero, tal vez lo más importante, no para enfrentarse simplemente a la filosofía europea, sino para que ésta no desconociera las otras formas de filosofar que se dan en ámbitos diferentes. Ésa fue la conciencia que Zea nos dejó.

Nacido en la ciudad de México, en 1912, estudió —un poco tardíamente— la carrera de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y tuvo como principal maestro y mentor a José Gaos, el célebre profesor español, que, a causa de la Guerra Civil Española, vino en 1940 a estas tierras y fue de los que impulsaron y mejoraron la enseñanza de la filosofía. El propio Gaos, al que le gustaba calificarse de "transterrado", tuvo un gran aprecio por México, y promovió el que se estudiara la historia de la filosofía de nuestro país, y aun participó en las discusiones que se tenían acerca de si era posible una filosofía mexicana. Esas discusiones eran sostenidas por miembros del grupo "Hiperión", al que pertenecía el propio Zea, junto con otros filósofos como Emilio Uranga, Luis Villoro, Ricardo Guerra, Joaquín Sánchez MacGregor y otros.

Gaos orientó a Zea para que estudiara la filosofía mexicana, como lo hizo en su célebre trabajo El positivismo en México (1943); pero fue más allá, y, además de seguir trabajando aspectos de la historia del pensamiento mexicano, como el positivismo y el liberalismo (Apogeo y decadencia del positivismo en México, 1944; Esquema para una historia de las ideas en Iberoamérica, 1956; El pensamiento latinoamericano, 1965; Filosofía y cultura latinoamericanas, 1976; Simón Bolívar, integración en la libertad, 1980; América Latina en sus ideas, 1986), abordó la reflexión acerca de la posibilidad de una filosofía mexicana y latinoamericana, su naturaleza, etc., en libros como América como conciencia (1953), América Latina y el mundo (1965), La filosofía americana como filosofía sin más (1969), Dependencia y liberación en la cultura latinoamericana (1974), Dialéctica de la conciencia americana (1976), Latinoamérica en la encrucijada de la historia (1981), Discurso de la marginación y la barbarie (1988). Son sólo unos pocos de sus textos que nos pueden servir como ejemplos.

En las clases de Zea aprendimos, en primer lugar, que una filosofía mexicana y latinoamericana era posible y válida, porque abordaba principalmente los problemas propios de América Latina, distintos de los de Europa (la dependencia, la negación, la falta de identidad, etc.), y, en segundo lugar, que la filosofía mexicana o latinoamericana era tan valiosa como la europea, y que podía tener el mismo nivel, a pesar de la diversidad de los ambientes. Algo que nos enseñó, y que a mí me hizo pensar mucho, es que se pueden adoptar métodos o modos de pensamiento provenientes de Europa (fenomenología, existencialismo, análisis, hermenéutica, etc.) y usarlos para pensar nuestros problemas; con esa aplicación a lo nuestro se dará algo tan diferente y peculiar, que podremos llamarlo filosofía mexicana o latinoamericana. Ya no sería algo puramente europeo, pero tenía que existir esa intencionalidad de producir pensamiento para México o América Latina.

Creo que eso nos marcó profundamente, y nos abrió la posibilidad de soltarnos a pensar, a filosofar por cuenta propia. Nos dio el ánimo de centrarnos en nuestros propios problemas, y tratar de responderlos desde una cierta generalidad (que en eso consiste, en el fondo, la filosofía), y a echar mano de los métodos o instrumentos conceptuales propios o ajenos, que el resultado, ya que es hecho por filósofos mexicanos y latinoamericanos, será una filosofía latinoamericana, sin más. Zea nos dio la capacidad de una filosofía nuestra, que vaya más allá de la repetición vacía y de la adaptación folclórica, al igual que más allá de una actitud resentida con el pensamiento europeo y, por lo mismo, estéril. En ese sentido fue un gran maestro, que enseñó a filosofar. Y merece nuestra gratitud y reconocimiento. Esa filosofía nuestra va surgiendo y avanzando poco a poco. Estoy seguro de que ella es el mejor tributo y homenaje que podemos rendir a la ímproba labor de nuestro recordado maestro, el cual señaló y sentó sus condiciones de posibilidad.

Mauricio Beuchot

14 nov 2007

"En el XIX, Marx ya vaticinó la globalización"

El incombustible pensador marxista visita Barcelona para hablar de Europa y reflexiona sobre algunos episodios esenciales del siglo XX, critica los fundamentalismos de todo tipo y muestra la complejidad del fenómeno terrorista

Eric Hobsbawm tiene 90 años y es un referente indiscutible en el mundo de los historiadores. Autor de Historia del siglo XX. 1914-1991, Guerra y paz en el siglo XXI y su autobiografía Años interesantes, entre otros muchos títulos, defiende el poder de las ideas de Marx para analizar lo que ocurre en el mundo actual. Ayer, junto a Donald Sassoon y Josep Fontana, participó en un ciclo sobre Europa que organiza el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Así que pidió no hablar del Viejo Continente, pero trató de otras múltiples cuestiones.


- Weimar y Hitler. "Era inevitable politizarse en aquellos días. Vivía entonces en Alemania, y no podía ser socialdemócrata (eran muy moderados), ni nacionalista (era inglés y judío), ni me interesaba el sionismo. Así que me alisté en una asociación juvenil que, aunque se llamara socialista, estaba marcada por los comunistas. Asistí al colapso de la República de Weimar y participé activamente (lo que suponía correr muchos riesgos) en las elecciones de 1933 que ganó Hitler. Fue entonces cuando salí a Inglaterra y empecé a estudiar en Cambridge".

- Treinta años de guerra. "Con la guerra de 1914 terminó el mundo de la gran cultura burguesa. Vinieron después más de treinta años de guerras, revoluciones, inestabilidad y crisis, una época catastrófica. Cuando terminó la II Guerra Mundial entramos en una aceleración de la economía, la sociedad y la cultura que no ha cesado. No fue un salto, fue un crecimiento continuado. Internet lo ha transformado todo, y sólo tiene 15 años".

- El poder del marxismo. "Los marxistas creían que la clase obrera iba a crecer, cuando lo que ha pasado es que ha decrecido y que países como Estados Unidos o Inglaterra incluso se están desindustrializando. La lucha política basada en la lucha de las clases ya no es muy efectiva. Pero Marx sobrevive en su concepción materialista de la historia y en su análisis del capitalismo. En el siglo XIX ya vaticinó la globalización, y cuando se celebraba el 150 aniversario del Manifiesto Comunista, las crisis económicas del sureste asiático y de Rusia en 1997 y 1998 confirmaban sus predicciones. El poder del marxismo sigue intacto. No así muchas ideas políticas de Marx que obedecían, más que al análisis, a sueños de igualdad".

- La revolución rusa. "El socialismo triunfó en países atrasados y su obsesión fue modernizarlos. En la Unión Soviética la idea era desencadenar una rápida industrialización, y si para hacerlo era necesario recurrir a procedimientos autoritarios, pues adelante. No quiero justificar los campos de trabajos forzados, que son injustificables, pero los logros fueron extraordinarios. Durante la II Guerra Mundial, la Unión Soviética no sucumbió, sino que derrotó al enemigo más poderoso: el ejército alemán. No lo hizo movilizando a las masas. Lo consiguió porque era un país industrializado con notables avances tecnológicos y con gente preparada. El modelo para conseguir una industrialización tan rápida fue el de la economía de guerra. El precio fue no lograr que la economía tuviera una dinámica propia".

- Putin y los gánsteres.
"No se comprende sin la crisis de 1991. Entonces se vio claro que el afán de hacer de Rusia un Estado capitalista a toda velocidad era incluso más difícil que industrializar un país atrasado. Fue tal el cataclismo que Putin por lo menos ha conseguido que el Estado funcione. Si la economía cayó en manos de los gánsteres, lo que ha conseguido es que éstos obedezcan al Estado".

- Los fundamentalismos. "Afecta a todas las religiones. En el caso islámico, la revolución que triunfó en Irán tenía una fuerte voluntad de consolidar un Estado, centralizarlo y modernizarlo. Los fundamentalistas judíos son desde 1967 los más acérrimos defensores de Israel y reclaman sus ambiciones imperialistas. Y no hay que olvidar el giro fundamentalista de los católicos con los últimos papas y de las comunidades protestantes en Estados Unidos".

- El terrorismo islamista. "Su poder militar es mínimo. El atentado en Nueva York no llegó a desestabilizar la ciudad salvo durante unas horas. Hay que subrayar que hay lugares (Afganistán, Pakistán, el Oriente Medio) donde los grupos terroristas juegan políticamente un papel importante, y no se los puede despreciar. Otra cosa es el terrorismo islamista en nuestros países. Responde a una reacción antiimperialista, y no quieren que en sus países se imponga el capitalismo occidental. En Inglaterra, los terroristas reaccionan también contra la religión heredada de sus padres, más moderada. Suelen pertenecer a las élites, y su educación es superior a la media de sus países".


JOSÉ ANDRÉS ROJO - Barcelona - 13/11/2007 (http://www.elpais.com )

5 nov 2007

Encuentros con Ortega y Gasset

Quisiera referir brevemente dos recuerdos de Ortega y Gasset. Siguen en mi memoria como dignos de recordación.


El primer recuerdo se remonta al mes de agosto de 1951. Nos encontramos en la ciudad alemana de Darmstadt, donde en bien ceñido marco se celebran anualmente conferencias sobre un tema determinado. Aquel año versaban sobre el tema “El hombre y el espacio”. Entre los hombres de ciencia y arquitectos que habían sido requeridos a hablar, nos contábamos Ortega y yo. Después de mi conferencia, que llevaba el título “Edificar, habitar, pensar”, un orador empezó a disparar violentos ataques contra lo que yo había dicho y afirmó que mi conferencia no había resuelto las cuestiones esenciales, que más bien las había “despensado”, es decir, disuelto en nada por medio del pensamiento. En este momento pidió la palabra Ortega y Gasset, cogió el micrófono del orador que tenía a su lado y dijo al público lo siguiente: “El buen Dios necesita de los “despensadores” para que los demás animales no se duerman”. La ingeniosa salida hizo cambiar de golpe la situación. Pero no era sólo una salida ingeniosa, era sobre todo caballeresca. Este espíritu caballeresco de Ortega, manifestado también en otras ocasiones frente a mis escritos y discursos, ha sido tanto más admirado y estimado por mí pues me consta que Ortega ha negado a muchos su asentimiento y sentía cierto desasosiego por alguna parte de mi pensamiento que parecía amenazar su originalidad. Una de las noches siguientes volví a encontrarle con ocasión de una fiesta en el jardín de la casa del arquitecto municipal. En hora avanzada iba yo dando una vuelta por el jardín, cuando topé a Ortega solo, con su gran sombrero puesto, sentado en el césped con un vaso de vino en la mano. Parecía hallarse deprimido. Me hizo una seña y me senté junto a él, no sólo por cortesía, sino porque me cautivaba también la gran tristeza que emanaba de su figura espiritual. Pronto se hizo patente el motivo de su tristeza. Ortega estaba desesperado por la impotencia del pensar frente a los poderes del mundo contemporáneo. Pero se desprendía también de él al mismo tiempo una sensación de aislamiento que no podía ser producida por circunstancias externas. Al principio sólo acertamos a hablar entrecortadamente; muy pronto el coloquio se centró en la relación entre el pensamiento y la lengua materna. Los rasgos de Ortega se iluminaron súbitamente; se encontraba en sus dominios y por los ejemplos lingüísticos que puso, adiviné cuán intensa e inmediatamente pensaba desde su lengua materna. A la hidalguía se unió en mi imagen de Ortega la soledad de su busca y al mismo tiempo una ingenuidad que estaba ciertamente a mil leguas de la candidez, porque Ortega era un observador penetrante que sabía muy bien medir el efecto que su aparición quería lograr en cada caso.

El segundo recuerdo trae a mi memoria la gran casa abierta de un médico en los altos de la Selva Negra, donde una mañana de domingo, en un círculo de numerosos oyentes cruzamos con fuerza, pero con bella mesura, nuestros más afilados aceros. Estaba en discusión el concepto del “ser” y la etimología de este vocablo fundamental de la filosofía. La discusión puso de manifiesto lo muy versado que Ortega estaba en las Ciencias. También me puso de relieve una especie de positivismo que no me cumple juzgar, ya que conozco muy pocos escritos de Ortega y sólo en traducciones. La tarde de ese mismo día nos proporcionó a mi y a todos los presentes la impresión más recia y duradera de la magna personalidad de Ortega y Gasset. Habló de un tema que ni estaba previsto ni había sido formulado y que puede, sin embargo, cifrarse en el titulo “El hombre español y la muerte”. Cierto que lo que nos dijo le era familiar desde hacia largo tiempo, pero el cómo lo dijo nos desvela cuanto más avanzado estaba que sus oyentes en un campo que ahora ha tenido que traspasar. Cuando pienso en Ortega vuelve a mis ojos su figura tal como la vi aquella tarde, hablando, callando, en sus ademanes, en su hidalguía, su soledad, su ingenuidad, su tristeza, su múltiple saber y su cautivante ironía.

Martin Heidegger

26 oct 2007

Ciencia y moral

Autor: Arnoldo Kraus para La Jornada

Mucho se ha hablado acerca de si la ciencia y sus actores deben o no ser neutrales. En esta discusión vinculo la palabra neutral con el término ética, y con otros atributos como justicia social; en el mismo contexto deben escrutarse las relaciones entre algunos científicos (por fortuna muy pocos) con el poder político y económico. Agrego, para fomentar el disenso y sembrar más controversias, los daños generados por la ciencia en algunas personas, en la sociedad y en la atmósfera.

Buena parte de lo que ahora escribo emergió de una mesa redonda organizada la semana pasada en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM, bajo el título “La ética en la investigación”. Robo –corroboro, plagio con astucia– de León Olivé, Diego Valadés y Ruy Pérez Tamayo, inmejorables expositores, algunas de sus ideas, aderezadas por las recientes declaraciones de James Watson, Premio Nobel de Medicina en 1962 junto con Francis Crick, descubridores de la doble hélice del ácido desoxirribonucleico.

Aunque parcialmente se desdijo, sus ideas son duras, excluyentes y peligrosas por varias razones; las expresó un premio Nobel, la genética es y ha sido fuente de racismo y de destrucción, y, por último, el mundo es testigo sinfín de las inmensas diferencias entre los unos y los otros. No obstante que es imposible saber si Watson modificó sus opiniones motu proprio, por haber sido suspendido de su cargo en el laboratorio Cold Spring Harbor de Nueva York, o por la avalancha de críticas a nivel internacional, sus comentarios son, a todas luces, execrables.

Entrevistado por reporteros del Sunday Times dijo sentirse pesimista por las perspectivas para África, porque “todas nuestras políticas sociales se basan en el hecho de que su inteligencia (de los africanos) es igual a la nuestra, cuando todas las pruebas indican que en realidad no es así”, a lo que agregó que “toda al gente que ha tenido que emplear negros sabe que la igualdad de razas no es verdad”. Mortificado por las críticas y seguramente por la cancelación de algunos actos en Inglaterra, donde presentaría su último libro (Avoid Boring People), Watson, de 79 años, intentó disculparse: “Sólo puedo pedir disculpas sin reservas a todos aquellos que hayan inferido de mis palabras que África, como un continente, es de alguna manera genéticamente inferior”.

Al lector corresponde decidir cuál de las dos opiniones es la genuina. Los argumentos contradictorios deben leerse sopesando tres hechos: Watson es premio Nobel, cada quien puede decir lo que quiera, y debe recordarse que en 1997 afirmó que las embarazadas deberían tener el derecho de abortar si el niño “portaba los genes de la homosexualidad”. Problema crucial es que las ideas de los acreedores a los Nobel viajan por todo el mundo. Asimismo, se tiende a creer, a pesar de que muchas personas consideran que esos galardones están amañados y no necesariamente son representativos, que las opiniones de tan ilustres personas son válidas y en ocasiones ejemplares. A pesar de que se desdijo, lo espetado por Watson es terrible. Teniendo en cuenta su comentario en relación a la homosexualidad es probable que su retracción no haya sido sincera.

No hay duda de que cualquier persona tiene derecho a decir lo que piensa, pero también es cierto que en las sociedades libres es permitido y deseable opinar sobre cualquier argumento. Algunas de las escasas voces que lo han apoyado sostienen que se deben ofrecer argumentos científicos, no éticos, para contradecirlo, lo cual, también puede aseverarse en sentido inverso: Watson debe mostrar por medio de experimentos científicos su menosprecio hacia los negros y los homosexuales. El embrollo generado por el Nobel es complejo y penoso. Sus palabras pueden enturbiar algunos logros de la ciencia e incrementar las ya de por sí insalvables distancias entre los unos y los otros. No sobra recordar el número de genocidios ocurridos por el color de la piel o la religión.

Si bien es cierto que la investigación científica es neutra moralmente, la ciencia y la moral son inseparables; los productos emanados de ella y las consecuencias negativas de ésta no pueden ser moralmente neutrales. Bajo esa óptica deben leerse las declaraciones de Watson. Los científicos, al igual que los médicos, los carpinteros, los taxistas, los deportistas o los filósofos –excluyo a los políticos– son entes moralmente responsables y también deben serlo en el área social. La ciencia carece de ideología, pero el uso que se le da puede tener connotaciones políticas, racistas o inhumanas.

En ocasiones las palabras dañan más que las acciones. Eso es lo que ha hecho James Watson.

19 oct 2007

Más de 50 especialistas debaten sobre Fenomenología y Hermenéutica

Con la exposición del profesor Roberto Walton, de la Universidad de Buenos Aires, Argentina, se dio inicio al I Congreso Internacional de estas corrientes de pensamiento.

Fenomenología y Hermenéutica representan, junto a la filosofía analítica, las corrientes principales de pensamiento del siglo XX, y siguen determinando hoy la mayor parte de la producción filosófica. Su influencia ha sido determinante más allá de la filosofía en el ámbito de las ciencias humanas como en el caso de la historia, teología, psicología y la teoría literaria.

Es por ello que más de 50 especialistas nacionales y extranjeros se reunirán hasta el viernes 19 de octubre en el I Congreso de Fenomenología y Hermenéutica, organizado por la Facultad de Humanidades y Educación y el Departamento de Artes y Humanidades de la Universidad Andrés Bello.

Durante el acto inaugural, el director del Departamento de Artes y Humanidades, Gustavo Cataldo, resaltó la importancia de estas dos disciplinas en el ámbito del pensamiento del siglo XX y explicó que pese a que para muchos ambos son conceptos ininteligibles, tras ellos se esconden problemas vitales del ser humano actual y que forman la trama de nuestra vida cotidiana. Cataldo invitó a los especialistas a debatir y dialogar, actividades propias y centro de la vida misma de la filosofía.

Posteriormente el destacado filósofo argentino Roberto Walton, dictó la conferencia inaugural: “El tema del mundo y la pregunta por el método fenomenológico”. En ella el Dr. Walton analizó la concepción de mundo en Husserl, Fink y Marleau-Ponty y cómo varía entre ellos.

El encuentro internacional congrega a especialistas de nivel mundial entre los que destacan Ramón Rodríguez, de la Universidad Complutense de Madrid; Franco Volpi, de la Universidad de Padova, Italia y Roberto Walton, de Conicet, Argentina, entre otros. En la oportunidad se abordarán temas como hermenéutica literaria; hermenéutica histórica; alteridad e intersubjetividad, fenomenología y el problema del método; fenomenología del cuerpo y el pensamiento de Heidegger.

Durante esta primera jornada hubo tres mesas redondas en las que se abordó diversos aspectos de la literatura y su interpretación, así como de la hermenéutica histórica. En ellas intervinieron panelistas como el ex rector de la UNAB, Joaquín Barceló; Angel Rodríguez, director de la Licenciatura en Literatura en Literatura, quien se refirió a La metáfora del agua como expresión de la unión entre el cielo y la tierra, en Ángeles de Compostela, de Gerardo Diego; y Marcelino Arias, de la ciudad de Veracruz, México, quien abordó el tema del El doble sentido de la experiencia hermenéutica.