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2 oct 2008

¿Dónde está la izquierda?

Octubre 1, 2008 by José Saramago

Me ausento de este espacio durante veinticuatro horas, no por necesidad de descanso o falta de asunto, simplemente para que la última crónica se mantenga un día más en el lugar en que está. No estoy seguro de que lo merezca por la forma en que dije lo que pretendía, sino para darle un poco más de tiempo mientras espero que alguien me informe donde está la izquierda…

Hace alrededor de tres o cuatro años, en una entrevista a un diario sudamericano, creo que argentino, entre la retahíla de preguntas y respuestas solté una declaración que inmediatamente supuse que iba a causar agitación, debate, escándalo (hasta este punto llegaba mi ingenuidad), comenzando por las huestes locales de la izquierda y a continuación, quien sabe, como una onda que se expandiera en círculos, en los medios internacionales, tanto políticos, sindicales o culturales que de la dicha izquierda son tributarios. En toda su crudeza, sin escamotear su propia obscenidad, la frase, puntualmente reproducida por el periódico, era la siguiente: “La izquierda no tiene ni puta idea del mundo en que vive”. A mi intención, deliberadamente provocadora, la izquierda así interpelada, respondió con el más gélido de los silencios. Ningún partido comunista, por ejemplo, empezando por aquel del que soy miembro, salió a la palestra para rebatir o simplemente argumentar acerca de la propiedad o la falta de propiedad de las palabras que pronuncié. Con mayor razón, tampoco ninguno de los partidos socialistas que se encuentran en los gobiernos de sus respectivos países, pienso, sobre todo, en los de Portugal y España, consideró necesario exigir una aclaración al atrevido escritor que había osado lanzar una piedra al putrefacto charco de la indiferencia. Nada de nada, silencio total, como si en los túmulos ideológicos donde se refugian no hubiese nada más que polvo y telarañas, como mucho un hueso arcaico que ya ni para reliquia serviría. Durante algunos días me sentí excluido de la sociedad humana como si fuese un apestado, víctima de una especie de cirrosis mental que provocaba que no diera pie con bola. Llegué a pensar que la frase compasiva que andaría circulando entre los que así callaban sería más o menos ésta: “Pobrecillo, ¿qué se podría esperar de él con esa edad?” Estaba claro que no me encontraban opinante con la estatura adecuada.

El tiempo fue pasando, pasando, la situación del mundo complicándose cada vez más, y la izquierda, impávida, seguía desempeñando los papeles que, en el poder o en la oposición, les habían sido asignados. Yo, que mientras tanto había hecho otro descubrimiento, el de que Marx nunca había tenido tanta razón como hoy, supuse, cuando hace un año reventó la burla cancerígena de las hipotecas en los Estados Unidos, que la izquierda, allá donde estuviera, si todavía le quedaba vida, abriría por fin la boca para decir lo que pensaba del asunto. Ya tengo la explicación: la izquierda no piensa, no actúa, no arriesga ni una pizca. Pasó lo que pasó después, hasta lo que está ocurriendo hoy, y la izquierda, cobardemente, sigue no pensando, no actuando, no arriesgando ni una pizca. Por eso no es de extrañar la insolente pregunta del título: “¿Dónde está la izquierda?” No doy albricias, he pagado demasiado caras mis ilusiones.

Fuente: http://cuaderno.josesaramago.org/

18 sept 2008

LA ANIQUILACIÓN DE LA ANCIANIDAD

A Cecilia y Patricia, como recuerdo de nuestra aventura política

“Corre camarada, lo viejo está detrás de ti”[1]

Mayo de 1968. “La edad de oro fue la edad en que el oro no reinaba. El becerro de oro siempre es lodo”, declamaron los estudiantes parisinos. Ese año sopló un viento fuerte, aparentemente nuevo, que arrancó los oropeles del templete burgués en Europa. Lamentablemente, los universitarios mexicanos escribieron mucho menos; el ejército aplastó la revuelta. No obstante, enfocar el 68 exclusivamente desde Tlatelolco es reduccionista. Los jóvenes del mundo quisieron algo más que una rebelión; pretendieron una revolución cultural, irreverente, provocativa, pero optimista.

Cuarenta años después, la principal herencia del 68 es la devaluación social de la ancianidad. El desprestigio ha llegado al extremo de inventar eufemismos (“adultos mayores”, “adultos en plenitud”) para evitar la obscenidad de las palabras viejo y anciano. Las etimologías de senador (del latín senex, viejo) y presbítero (del griego presbíteros, el más viejo) carecen de sentido en la civilización de cuerpos bellos y jóvenes.

Durante siglos, los ancianos fueron los depositarios del conocimiento y la virtud y, por tanto, del poder. La aristocracia y la burguesía compartían, cada una a su modo, dicha premisa. En consecuencia, concedían gran importancia a la cortesía y ritos afines, tan útiles para destacar la diversidad de funciones y estamentos. Al derogar esta liturgia laica, los viejos fueron degradados: ahora son los parias, la casta ínfima. Con el 68 comenzó “la guerra del cerdo” al estilo de Bioy Casares: los ancianos son los culpables.

“Aquí se es espontáneo”

En Francia, la revuelta cobró la cabeza de Charles de Gaulle. El general reunía en su persona los rasgos del pequeñoburgués: hombre de familia, religioso, nacionalista, conservador en moral, ahorrador y empeñoso, celoso de la autoridad.
El conservadurismo burgués –expresión jabonosa y escurridiza– goza de mala prensa. Con todo, el ideal burgués entraña cualidades encomiables: vocación liberal, respeto a la autoridad, urbanidad, laboriosidad, austeridad, vida en familia, orden, legalidad.

Me viene a la mente la novela Los Buddenbrook, en la que Thomas Mann relata las vicisitudes de una paradigmática familia burguesa. Gracias al trabajo duro y al éxito comercial, los Buddenbrook ganan reconocimiento social. El declive de la familia comienza cuando el romanticismo infecta al heredero: la estética sustituye a la eficacia, la espontaneidad prevalece sobre el orden, el impulso predomina sobre el análisis, la creatividad prima sobre la experiencia, y la inspiración avasalla el empeño rutinario y académico.

“No cambiemos de patrón, cambiemos de patrón de vida”

La rebelión del 68 atacó los pilares de la sociedad tradicional burguesa: Iglesia, Estado, Universidad y Empresa. Abolidas las viejas maneras, sin el blindaje de los viejos rituales, la autoridad quedó a merced de la crítica de los jóvenes. El diálogo erosionó la verticalidad de las instituciones; sólo la Empresa resistió el embate y dio cobijo al autoritarismo, aunque ciertamente en formas más sutiles. El mercado reveló su poder. Los símbolos sesentaiocheros de horizontalidad devinieron una mercancía más: jeans de marca libre, jeans de diseñador, de obrero o de millonario.

“La insolencia es la nueva arma revolucionaria”, garabatearon en la pared de la Facultad de Medicina de París. La abolición de las buenas maneras jugó un papel decisivo en esta revolución en que la mezclilla obrera desplazó a la corbata. El deterioro de los símbolos tradicionales de la autoridad fue el indicio más visible de un cambio profundo: la devaluación de la experiencia y la madurez. Antes del 68, la espontaneidad y la creatividad no eran los ejes torales de la teología, la política, la economía y, quizá, ni siquiera de la cultura. La tradición tenía un peso específico en la mentalidad pequeñoburguesa. El 68 se burló de la sensatez conservadora y activó un gen moderno, hasta ese momento aletargado: la idolatría al cambio. Aquellos jóvenes aceleraron el descrédito de la tradición.

“Si tiene el corazón a la izquierda, no tenga la cartera a la derecha”

La Ilustración burguesa es, por definición, crítica. Sin embargo, se trata de una crítica acotada por la funcionalidad y la sensatez. En ¿Qué es la Ilustración? Kant suaviza el ímpetu crítico y lo disuelve en un ejercicio compatible con la obediencia estándar. A la hora de la verdad, el uso público de la razón –someter las creencias al tribunal de la razón– respeta el statu quo. El soldado, sugiere Kant, debe acatar las órdenes del oficial, y el inferior ha de obedecer al superior. Sapere aude!, pensar por uno mismo: sí, siempre y cuando cumplamos con las obligaciones de nuestro cargo. Esto es el conservadurismo burgués.

La táctica kantiana se emparenta con la moral provisional de Descartes: aplicar la duda sistemática y universal, preservando las normas vigentes en tanto averiguamos si conviene abandonarlas. El conservadurismo burgués está dispuesto a reparar el barco, incluso a desarmarlo, si es menester. Pero no emprenderá los arreglos en altamar por miedo a hundir la nave.

“No a la revolución encorbatada”

La rebelión del 68 pretendió desmantelar este rescoldo de conservadurismo. La juventud perdió el respeto por el establishment: no temió cambiar el casco del barco a la mitad del océano. Al grito de “la imaginación al poder”, los capitanes prudentes, sobrevivientes de tantas tormentas, fueron defenestrados por marineros núbiles y audaces. La nueva generación arremetió contra el fetiche de la tradición que, a menudo, no era nada más que hipocresía. Y sin pretenderlo, nos despojaron de una coraza contra las inclemencias del mercado.

En Minima moralia (1951) Theodor Adorno avizoró el peligro: “tras la demolición pseudo-democrática de los formalismos, de la cortesía al viejo estilo [...] tras la aparente claridad y transparencia de las relaciones humanas, que ya no tolera nada indefinido, se anuncia la pura brutalidad. La palabra directa, que sin rodeos, sin vacilaciones ni reflexión, te dice en la cara cómo están las cosas, ya tienen la forma y el tono de una orden [...] La sencillez y objetividad de las relaciones que elimina todo oropel ideológico entre los hombres, ya se ha convertido en una ideología en función de la práctica de tratar a los hombres como cosas”. El mercado domesticó los desplantes de la juventud del 68.

El neorromanticismo sesentaiochero despojó a la burguesía de las reminiscencias aristocráticas (la vieja etiqueta, la veneración por la vejez) y poco más. Hoy no somos más críticos, ni más libres, ni más espontáneos, ni más creativos que quienes vivieron antes de 1968. Seguimos siendo tinta sobre un papel; individuos planos, hombres unidimensionales que aguardamos, con terror, la ancianidad.

– Héctor Zagal

Fuente: http://www.letraslibres.com/index.php?art=13179

12 ago 2008

La velocidad de la arquitectura china


por Juan Carlos Cano


Gritas, el eco no existe
Bei Dao

La toma aérea era melodramática. Una casa pequeña al centro de un foso de tierra excavada de diecisiete metros de diámetro y diez metros de profundidad en una manzana lista para recibir los cimientos de un futuro centro comercial. Alrededor, edificios. En la azotea de la vivienda, una bandera china. Doscientas setenta viviendas ya habían sido demolidas en la misma manzana, faltaba sólo esta. Le decían “la casa clavo de Chongqing”. La imagen abarrotó la prensa internacional, los propietarios Wu Ping y Yang Wu se volvieron famosos. Luego de tres años de negarse a ser desalojados, los dueños cedieron a las presiones, tanto de los constructores como del gobierno, y fueron reubicados en una vivienda de similar tamaño en el distrito de Shapingba, a las afueras de la ciudad. Al día siguiente la vivienda fue demolida. El orden establecido siguió su curso. El gesto de los propietarios dejaba la misma sensación de heroísmo desesperado e inútil que la de aquel hombre que intentaba detener a los tanques cerca de Tiananmén en 1989. La impotencia de estos actos hace evidente que cuando China se propone dar cualquier gran salto hacia adelante no hay quien se lo impida. Lo han ensayado por milenios. Lo seguirán haciendo.

Los planes urbanos y las intervenciones arquitectónicas chinos han estado siempre ligados a la verticalidad del poder. Existe una continuidad histórica entre la creación de la Ciudad Prohibida, la remodelación de la plaza Tiananmén por Mao Zedong y la construcción de los actuales rascacielos y estadios. Son planes que van más allá de la creación de espacios para la convivencia cívica: la arquitectura se reduce a un mero símbolo, su finalidad es la demostración del poder implacable aunado a una asimilación de la modernidad que sería impensable en cualquier país occidental. El desarrollo urbanorregional de China a principios del siglo XXI es quizá el mayor experimento poblacional de la historia humana. Las estadísticas son abrumadoras. China consume el 54.7% de la producción mundial de concreto y el 36.1% de la producción de acero. En los próximos veinte años doscientos millones de campesinos emigrarán a las ciudades. Tres aglomeraciones urbanas, el Delta del Río de las Perlas, el Delta del Yangtsé y el área Pekín-Tianjin-Tangshan, concentran más de 120 millones de habitantes. Sólo en Shanghái existen 2,800 rascacielos de más de dieciocho niveles y se encuentran otros dos mil en proyecto. Además, el nuevo hipercapitalismo comunista desborda energía y está ansioso por apantallar al mundo a cualquier costo. Todo se vale y todo está por hacerse. Es decir, es el paraíso de los arquitectos globales.

Rem Koolhaas se negó a participar en el concurso de reconstrucción del World Trade Center de Nueva York argumentando que se intentaba crear un monumento autocompasivo a escala estalinista; sin embargo, por las mismas fechas, hizo todo lo posible para ganar el proyecto del edificio de la CCTV, la Televisión Central China. Koolhaas, divertido, alguna vez mencionó que la decisión la tomó cuando leyó una galleta de la fortuna que decía: “Soberbios Omnipresentes Maestros hacen de la memoria carne molida.” Un guiño profético a lo que sucedió eventualmente: Daniel Libeskind ganó el proyecto de la Freedom Tower y al poco tiempo David Childs y su despacho SOM se lo arrebató. Actualmente, Koolhaas está por terminar el paradigmático rascacielos de la CCTV, al tiempo que la Freedom Tower aún se encuentra en cimientos. Al parecer fue una buena elección, benditas galletas de la fortuna. Mientras en Nueva York un proyecto puede tardar años en ser discutido, consultado con decenas de entidades, replanteado y autorizado, en China todo se hace sobre la marcha, con velocidad, abundancia de mano de obra y la ansiedad de nunca saber quién está dirigiendo la orquesta. Como lo resume Juan Carlos Sancho, arquitecto español con varios proyectos en China, hay cuatro premisas básicas que hay que entender para trabajar allá: no existen modelos estéticos, no hay procesos ni proyectuales ni reales, no hay sistemas identificables y no hay situaciones estables. Cada quien es responsable de descifrar los códigos. Eso sí, la máquina no para. Tampoco espera.

De esta manera, la experimentación formal y las proezas tecnológicas en la arquitectura han aparecido con total libertad: el Estadio Olímpico de Pekín de Herzog & De Meuron, el Aeropuerto de Pekín de Norman Foster, el Cubo de Agua de PTW, el Teatro Nacional de Paul Andreu, el World Financial Center de Shanghái de KPF, etc. Todas estas son obras que no podrían existir en otro país con un sistema de producción distinto. Reflejan la grandilocuencia de su tiempo. Sin embargo, dentro de toda la vorágine se percibe algo de ceguera, algo de espejismo chino. Ian Buruma es preciso: “Es difícil imaginar en los años setenta a un arquitecto europeo famoso proyectando una estación televisiva para el régimen de Pinochet sin perder toda su credibilidad. ¿Por qué entonces hacerlo hoy en China se ve bien?” Es verdad. ¿Tan cínicos nos hemos vuelto? ¿Alguien recuerda Tiananmén? ¿A alguien le importa? El Nuevo Oriente se asemeja al Viejo Oeste: todos han llegado a probar fortuna a una tierra sin ley; deben saber maniobrar entre la especulación y la corrupción, aprovechar las oportunidades, apostar con todo y tener muy presente que la casa siempre gana.

El entusiasmo es contagioso. El aprendizaje también. Esta política de puertas abiertas ha sido provechosa en otro sentido: ha provocado que las propuestas arquitectónicas más interesantes provengan de arquitectos chinos que comienzan a tener proyección mundial con encargos más bien modestos, como por ejemplo, Liu Jiakun, creador del Museo de Escultura Luyeyuan de Xinmin, y Yung Ho Chang, director del Atelier FCJZ, que retoman ciertos elementos de la arquitectura tradicional china, como los patios, los espacios de transición, la superposición entre interiores y exteriores, para abstraerlos y crear una arquitectura contemporánea sobria, ligada al paisaje. O también Ai Wei Wei, personaje multifacético que fue colaborador de Herzog & De Meuron en el Estadio Olímpico, cuyas obras son intervenciones puntuales insertadas en el paisaje y que ha reunido a varios arquitectos de todo el mundo para hacer pequeñas intervenciones aisladas en el Parque de Arquitectura de Jinhua. Curiosamente, ese es otro tema recurrente en los nuevos experimentos chinos: hacer recopilaciones de arquitectos reconocidos y ponerlos a todos juntos con mayor o menor fortuna. El más conocido es la Comuna de la Muralla China, irónicamente, un conjunto de doce villas privadas diseñadas por doce arquitectos asiáticos. Una colección privada de arquitectura con vistas a la Muralla China. Pinceladas exquisitas para los nuevos ricos chinos.

Sin embargo, la fuerza se encuentra en otros lados, en la presa de las Tres Gargantas, por ejemplo, o en las aglomeraciones urbanas, caóticas, incomprensibles, poseedoras de una energía que en Occidente aún no terminamos de asimilar. Quizás estamos ante la transformación radical de las formas de convivencia humana, la convivencia posturbana. Sólo nos queda observar estupefactos o participar sin tener una idea clara de lo que está sucediendo, como se pregunta Rem Koolhaas: “¿Tenemos derecho a hacer todo este trabajo a esta escala tan grande sin tener siquiera una opinión acerca de cómo debería ser el mundo? Y sin embargo, ¿tenemos tiempo para hacer un manifiesto? No lo sé.”

Fuente: Letras Libres

14 jul 2008

Todo de nada


Una clase de pintura se basa en el no contacto entre el lienzo y la mano, entre la tela y el pincel, ¿entre la mente y la obra?

Nunca nada alcanza su verdadero efecto creador si vemos que se "efectúa". O, al revés: nada es más auténtico ni humano que lo que presenta espontáneamente y sin humanizar: nada es más real que cuando no se "realiza". Y así sucesivamente.

La falta de relación, la carencia de proceso, la pérdida del lazo es quien desata el milagro. Toda magia se funda en el hiato entre distintos estados. Las catástrofes, los estallidos revolucionarios, las inexplicables curaciones, la suprema felicidad, provienen del vacío latente. Aquello que sucede como de la nada o del azar conlleva la marca de lo sobrenatural.

La vida misma cobra su mejor sentido del absurdo. El silencio, la oquedad, la ausencia, la nada, son los grandes creadores del mundo: el alma de cuanto merece la pena. Y el placer.

Fuente: http://www.elboomeran.com/blog/11/vicente-verdu/

Mersoult

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Rafael Argullol: Hoy, en mi galería de espectros, he visto el espectro deslumbrado de Mersault.

Delfín Agudelo: Te refieres a El Extranjero de Camus

R.A.: Sí, me refiero al extranjero por antonomasia, y sobre todo me refiero al acto supremo y al mismo tiempo perdedor del extranjero que es cuando dispara sobre este árabe en Argel. Siempre me ha llamado la atención ese momento culminante en que Mersault está deslumbrado por la luz oblicua del sol del atardecer. Hay un momento que parece todo el universo detenido y concentradas todas las pulsiones de ese personaje que se siente extraño en todos los lugares. En ese instante que dura unos segundos —unas décimas de segundo— se concentran en la mirada deslumbrada de Mersault lo que ha sido la película de sus últimos días, la muerte de su madre, su soledad después de esa circunstancia, su indiferencia hacia la moral de los demás, su sentirse separado del mundo y de los otros en esos días culminantes de su vida, y su de alguna manera camino hacia ese desenlace en el cual él va a matar pero sin ninguna consciencia previa de que esto pueda suceder. Sin odio ni rencor, sin causa, como si ese cosmos que parece detenido se manifestara en un momento determinado como el puro azar, la pura gratuidad, la pura absurdidad, y eligiera como brazo del destino el brazo de Mersault que se levanta, y sin saber por qué hace ese disparo que le va poner en movimiento ese cosmos que se había detenido. Entre el antes y el después del disparo la vida funciona en su cotidianeidad benéfica y maligna. En el intersticio entre el antes y después, reside en cierto modo el misterio insondable de lo que es alma y de lo que es la condición humana.

Fuente: http://www.elboomeran.com/blog/2/rafael-argullol/

12 jul 2008

Entre la sociedad y la soledad


Las ansias de estar con los demás, de comunicarnos, de colaborar, y el íntimo anhelo de soledad y de paz son dos elementos opuestos que todos llevamos dentro. Si hubiera que escoger, es más humana la sociedad, aunque todos necesitamos ese espacio interior para llegar a ser nosotros mismos. Sin embargo, confundir soledad con aislamiento puede extinguir en vez de vivificar.


Sociedad y soledad es el título del memorable libro de ensayos que el pensador norteamericano Ralph Waldo Emerson publicó en 1870, cinco años después de la Guerra Civil, como su colaboración a la ingente tarea de reconstrucción nacional. Fue un libro de gran éxito en su tiempo. Se tradujo al español hacia 1915, pero no ha sido reimpreso y hoy en día sólo está accesible en inglés. La fuerza de su título se encuentra, por supuesto, en la conjunción copulativa «y» que une esos dos elementos opuestos que todos llevamos dentro: las ansias de estar con los demás, de comunicarnos, de colaborar y el íntimo anhelo de soledad y de paz. «La soledad sola, sin recurso a la sociedad, --ha escrito Callaway en su reciente edición de Society and Solitude-- magnifica todas las diferencias y amenaza con la pérdida del contexto más amplio que fija los problemas del individuo y sus objetivos, y los hace inteligibles. (...) La sociedad es el correctivo de los dogmatismos de la soledad».

El filósofo británico Ray Monk ha centrado su autorizada biografía de Bertrand Russell precisamente en la permanente tensión entre los conflictos que inevitablemente genera la convivencia y el temor a enloquecer que tantas veces acompaña a la soledad. A todos se nos ha encogido el corazón cuando en las calles de las grandes ciudades nos topamos con hombres o mujeres que, sin estar borrachos ni llevar el teléfono móvil, van hablando en voz alta. Casi siempre son esquizofrénicos que dialogan con sus imaginarios interlocutores, con sus voces interiores, o hablan a gritos con los viandantes. Todos necesitamos un saludable equilibrio entre sociedad y soledad. Si hubiera que escoger entre una de las dos, Emerson elegiría la soledad, pero me parece que es mejor, más humano y más razonable, elegir la sociedad, la convivencia con los demás. Esto es lo que quiero poner de relieve, sugiriendo también algunas pautas concretas como la de aprender a escuchar.

EL PELIGRO DE LA SOLEDAD

«La soledad vivifica, el aislamiento mata», escribió el abate Joseph Roux en 1886. El peligro no es la soledad, sino el aislamiento, el encerrarse uno sobre sí mismo, quizá como consecuencia de las heridas recibidas en el trato con los demás. No es infrecuente en el ámbito profesional encontrarse con personas «quemadas» [agotadas, desencantadas]; tienen --se dice ahora-- el síndrome del burn-out. Se trata de ordinario de personas brillantes, que intentaron con su trabajo cambiar el mundo, pero que con el paso de los años se vinieron abajo sobre todo por la falta de reconocimiento a su esfuerzo. Algo parecido ocurre en las familias y en todo tipo de comunidades y organizaciones sociales.

Necesitamos crear entornos domésticos y laborales en los que sea posible la actividad individual, pero en los que haya también abundante comunicación, puesta en común, trabajo en equipo. Ya hace muchos siglos escribió Aristóteles que «no es fácil en soledad estar continuamente activo; en cambio, es más fácil con otros y respecto a otros».

A veces quienes se creen náufragos, solitarios y aislados, se consuelan con la idea de que esa soledad les hace más libres, pero se trata de un error, pues de ordinario el aislamiento es totalmente estéril. Lo que necesitamos no es aislarnos, sino más bien un espacio físico que permita una cierta soledad a la hora de trabajar, de rezar, de encontrarnos con nosotros mismos. La actividad más solitaria es probablemente la escritura, pero --al menos para mí-- se trata de una actividad eminentemente comunicativa, y quizá por eso se parezca mucho a la oración. Me impresionó hace algunos años el comentario de Jiménez Lozano: «Maurice Blanchot, glosando a Kaf- ka, dice que escribir es una forma de oración. Y lo es. O, si no, es cacareo».

No me resisto a copiar una historia sencilla que me hizo llegar una filósofa mexicana y que lleva el título «Más cerca». Dice lo siguiente:

Había sólo un colegio para varios pueblos de aquellas selvas. Y no había carreteras. Tanto los alumnos como los profesores venían andando por los cuatro puntos cardinales. Uno de los maestros notó que su nuevo compañero, en lugar de ir directamente a casa al acabar las clases, se adentraba en el bosque procurando no llamar la atención. Intrigado, decidió seguirlo de lejos un día.

Había una piedra plana en un claro del bosque. Sobre ella estaba sentado, con las manos sobre sus rodillas, los ojos cerrados y la cabeza un poco inclinada. Era obvio que estaba rezando.

Al día siguiente, en un descanso, lo llamó aparte y le dijo: --Tengo que confesar que sentí curiosidad por tus «escapadas» al bosque, y ayer te seguí al acabar el colegio, y vi lo que hacías.

--Ah, bueno, --respondió el otro--. Sí, me gusta pasar un poco de tiempo tranquilo y en paz con Dios.

--¿Y hace falta esconderse en un bosque para eso?

--Bueno, allí puedo encontrar a Dios.

--Pero, ¿es que Dios no puede encontrarse en cualquier sitio? Donde quiera que vayamos, Dios es el mismo.

--Dios es el mismo, claro, pero yo no.

La historia ilustra bien la búsqueda de esa soledad que vivifica. Todos necesitamos ese espacio interior en el que llegamos a ser nosotros mismos. «Toda la desgracia de los hombres --escribió Pascal-- viene de una sola cosa: el no saber quedarse solos en su habitación».

EN FAVOR DE LA SOCIEDAD

Me impresiona ver a personas --supuestamente inteligentes-- que se aíslan de los demás escuchando de modo habitual su música favorita en el ipod. Parece otra forma de conjurar el miedo a la soledad; es una coraza ruidosa que evita comunicarse y ayuda también a eludir cualquier inquietud interior. Lo mismo puede decirse de quienes vuelcan su atención obsesivamente en los videojuegos, la televisión o los diversos artilugios que la tecnología ha desarrollado en el último siglo para enmascarar la soledad.

Todos esos inventos no son más que una forma de anestesia: cuando se aprieta el botón de off vuelve a reaparecer la dolorosa sensación de soledad. Convivir no es tarea fácil. Cuántos hay que viven como extraños a pesar de compartir una misma casa, un mismo ámbito de trabajo o un medio de locomoción. Para que sea una actividad genuinamente humana, convivir implica ante todo una apertura afectuosa a los demás, a quererlos y a no tener miedo a expresarles de la manera adecuada en cada caso nuestro afecto. El saludo educado, la sonrisa amable y la mirada limpia son las primeras formas de comunicación que no hay que dar nunca por supuestas. Son esenciales para crear un espacio familiar allí donde nos encontremos. Así estamos hechos los seres humanos: en cuanto establecemos lazos afectuosos con quienes están a nuestro alrededor nos sentimos a gusto, nos sentimos en cierto sentido como en casa, porque nos sentimos valorados y queridos en nuestra singularidad personal.

Defender la cordialidad en nuestra apertura a los demás no significa desconocer los problemas que efectivamente afligen a la convivencia humana. Al contrario, quienes defienden el respeto, la amabilidad e incluso la ternura como pautas de nuestras relaciones sociales lo hacen porque saben que sólo mediante esa conducta es posible transformar aquellos ámbitos en los que predominan la violencia, la explotación o el mutuo desprecio. Los demás tienen también problemas y por eso actúan como lo hacen, a veces agresivamente incluso; pero con inteligencia --¡hablando!-- y con corazón --¡queriendo!-- pueden cambiarse muchas actitudes personales. Hace falta una buena dosis de valentía personal, sin atemorizarse por el hecho de que en algunas ocasiones hayamos salido malheridos en el trato con los demás. Quien así actúa se hace efectivamente vulnerable, pero sólo así somos felices los seres humanos. «La soledad --ha escrito Nieves García-- muere cuando nace el amor. Un ser humano --añade-- no es un problema para otro, es una oportunidad para crecer en humanidad».

APRENDER A ESCUCHAR

Sobre mi mesa de trabajo tengo discretamente situado un pequeño calendario de cartulina con un simpático dibujo y unas palabras: «El que sabe escuchar, sabe comprender». Cuando me impaciento con alguna visita inoportuna suelo echarle una ojeada y tomar así ánimos para seguir escuchando con atención. Me parece a mí que para vivir a gusto en sociedad, esto es, para llegar a querer realmente a los demás, hace falta aprender a escuchar.

Vivimos en un entorno muy ruidoso por fuera y con muchas prisas por dentro, que hace realmente difícil que nos prestemos mutuamente atención. Hablamos con voz fuerte, nos movemos con rapidez, decimos a unos y a otros lo que tienen que hacer, pero a menudo somos incapaces de escucharlos realmente y, por tanto, de comprenderlos. Quienes se han dado cuenta de esta situación, que tanto afecta a la comunicación en la empresa, se han apresurado a organizar cursos para persuadir a empresarios y directivos de que necesitan aprender a escuchar para ser verdaderos líderes en sus empresas. De modo semejante, abundan los cursos en los que se pretende adiestrar a vendedores y agentes comerciales en las técnicas de la escucha al cliente, para que lleguen a hacerse cargo realmente de sus necesidades.

Pero, más que una técnica que pueda dominarse, escuchar es sobre todo una actitud que se aprende cuando se vive en un espacio humano en el que hay afecto. Se trata de una actitud que comienza en el ámbito personal y familiar, y atraviesa todos los niveles de la acción humana. A veces la comunicación se cuartea mediante silencios que parecen de plomo.

En casi todas las familias o en muchas empresas hay personas que durante largos años «no se hablan», aunque sean hermanos, vivan en la misma escalera, trabajen en un mismo departamento o tengan intereses afines. Independientemente de las circunstancias concretas que en cada caso hayan originado esa lamentable situación --una herencia, una rivalidad--, la manera más efectiva de entenderla es advertir que han cancelado la disposición a escucharse y a aprender uno de otro. Sólo escucha quien está dispuesto a cambiar, quien está dispuesto a rectificar, quien está dispuesto a pedir perdón, a decir «me he equivocado». Como ha escrito Bollnow, para poder escuchar hay que renunciar a la seguridad de la propia opinión y ponerse en duda uno mismo sin ningún reparo.

Comprender a los demás es muy difícil. Requiere el empeño por resistir a la superficialidad y a la vanidad, pero sobre todo requiere hacerse cargo de lo que a los demás les pasa, aunque muchas veces ni siquiera sean capaces de decirlo y lo expresen sólo con su presencia, con su ilusión o con su desánimo. Para poder comprender a otra persona es preciso reconocer que aprendemos de ella. Al menos, como escribió la Madre Teresa de Calcuta, «estar con alguien, escucharle sin mirar el reloj y sin esperar resultados nos enseña algo sobre el amor». Efectivamente, para poder escuchar es preciso no mirar el reloj, no tener prisa por dentro, tener paciencia. «La paciencia --escribió lúcidamente el teólogo von Baltasar-- es el amor que se hace tiempo».

Aprender a escuchar es, en primer lugar, aprender a tener paciencia, a dejarse llenar por lo que dice la otra persona, sin distraernos con lo que le vamos a contestar. Pero además, si pensamos que cada persona singular tiene valor por sí misma, es natural reconocerla --aunque eso cueste bastante en la práctica-- como una autoridad acerca de su propio punto de vista o al menos como un insustituible testigo presencial de su personal experiencia.

Quien escucha espera, porque está persuadido de que la comunicación es posible. Quien se aísla, quien elige la soledad, ha renunciado a cambiar, ha bloqueado su capacidad de aprender. Elegir la sociedad genera, por supuesto, problemas, pero es también una maravillosa fuente de gozo, de alegría y de amistad. En su ensayo R. W. Emerson recomienda mantener la cabeza en soledad y las manos en sociedad, conservar la personal independencia en la inevitable convivencia social. Sin embargo, entre la cabeza y las manos está el corazón que les da la vida a la una y a las otras. Si elegimos con el corazón descubriremos en la convivencia con los demás --en la dependencia de los demás-- la fuente de nuestro crecimiento personal y de nuestra felicidad.

Jaime Nubiola
Fuente: Revista Istmo

10 jun 2008

La literatura como arte

Rafael Argullol: La diferencia es que en cada momento la máscara literaria va actuando a través de esas metamorfosis.

Delfín Agudelo: Metamorfosis que, por demás, consiste en la condición humana. De allí lo importante y valioso de Todorov en su último libro: le gusta leer porque le hace ser mejor persona, y porque todo lo que ha leído le ha permitido una mejor comprensión de la condición humana. Los clásicos funcionan a manera de una gama de espejos que desde siempre nos han reflejado. Cada día nos encontramos con un tipo de Aquiles, o algún tipo de Héctor.

R.A.: Por eso es tan importante que el escritor no sea conformista. Que sea alguien que entienda la literatura no solamente como una técnica u oficio o manera de ganarse la vida, sino también como un arte. Porque así la literatura, al considerarse también como arte, intentará mantener ese equilibrio entre lo actual y lo atemporal. Expresar lo que siempre ha intentado, que es el claroscuro; pero intentará expresarlo de acuerdo con las señales de cada momento. Para hacer eso se necesita siempre recurrir a la experimentación. De lo contrario, lo que hay es una especie de creación o fabricación de simulacros, que sí pueden servir, por ejemplo, para manifestar lo sociológico de un fenómeno. Pero lo artístico no es solo los sociológico de un fenómeno. Tomemos como ejemplo El Avaro de Molière. Claro que la obra nos ayuda a entender la sociología del inicio del capitalismo, que confirma una figura como la del avaro. Pero también nos ayuda a comprender un movimiento pasional negativo o no, como se quiera, de la condición humana, que es completamente atemporal. Un escritor de nuestros días como lo es Tom Wolfe, escribe La hoguera de las vanidades. No es un favorito mío pero sí es adecuado para comprender un broker de Nueva York a finales del siglo XX. Ahora bien, si uno considera esa novela como arte, al mismo tiempo lo que allí se expresa no tiene que ser solo ese dibujo de la codicia a finales del siglo XX, sino también la expresión de la codicia en un sentido universal. De allí lo importante de continuar reivindicando siempre la literatura como arte frente a aquellos que de una manera más o menos oportunista, demagógica o pragmática quieren reducirla siempre a un oficio, una técnica o algo que se puede aprender pero que no hace falta que asuma riesgos.

Fuente: http://www.elboomeran.com/blog/2/rafael-argullol/

Platón "Low Cost"

El otro día un profesor de filosofía me comentó que proyectaba fragmentos de los Diálogos de Platón en la pantalla, a través del power point, con el propósito de que los estudiantes, confundiéndolos con imágenes, se entretuvieran leyéndolos. El pobre profesor, disculpándose, justificó el método: "Sólo se fijan en las imágenes". Naturalmente a él mismo le parecía aberrante. Primero, porque así se descartaba la lectura directa de los libros y, en segundo lugar, porque como profesor de filosofía sabía a la perfección que si algo iba directamente en contra del pensamiento platónico era la desecación de los conceptos en imágenes.

No tenía, por tanto, duda dicho profesor de que un redivivo Platón se pondría las manos en la cabeza al ver sus clases, si es que no la emprendía a bastonazos con el proyector de ídolos. De todos modos, hablando con más calma de esta innovadora didáctica, quedó claro que había otras razones que impulsaban al profesor, además de la confesa idolatría de los estudiantes, que no hacen si no trasladar a la Universidad la idolatría general.

Este profesor, joven y necesitado de promoción profesional, había advertido que su método encajaba con las tendencias y requisitos de la universidad actual. Me dio detalladas explicaciones que ayudan a comprender el perfil del profesor en el inmediato futuro. Me enseñó, por ejemplo, unos formularios dedicados a la evaluación del profesorado en los que aparentemente el mérito mayor radicaba en la capacidad del docente para la renovación tecnológica, sin que la publicación de libros, y cosas así, pareciera tener la menor importancia. Nuestro profesor se había renovado tecnológicamente y soltaba pedazos del Fedro en la pantalla para ver si pillaba a los estudiantes.

Pero era evidente que, para sobrevivir en la universidad, además de la renovación tecnológica, era necesario acumular grandes conocimientos sobre el lenguaje administrativo. La comprensión de los requisitos exigidos por las distintas administraciones -estatales, autonómicas y universitarias- ofrecía más obstáculos que los textos de Kant o Heidegger. Ningún ser ajeno a la universidad podría entender el galimatías de validaciones, acreditaciones, habilitaciones y demás jerga que forma parte del universo mental del profesorado.

Supongo que obligado por las circunstancias el profesor de filosofía había luchado con los sucesivos boletines oficiales y se había convertido en un gran experto en galimatías. No sé si esta lucha a brazo partido con los textos sagrados de la burocracia había ido en detrimento de sus obligaciones para con Aristóteles o Nietzsche. Ni siquiera tuve que preguntárselo porque enseguida me aclaró que en el momento de ser valorados sus méritos el saber burocrático tendría tanta importancia, si no más, que el saber intelectual. Él no estaba de acuerdo pero "las cosas eran así".

Tampoco era un gran amante de las reuniones y sin embargo iba a todas -"a todas", remarcaba- porque no podía permitirse el lujo de quedarse al margen del engranaje. Cierto que había un exceso de las reuniones en las que a menudo las disquisiciones eran mucho más oscuras y complejas que las de las teologías bizantinas. Pero no había más remedio que asistir porque las cosas eran así y, además, podían contar para el currículum.

No se detenían aquí las tribulaciones del joven profesor de filosofía, quien tenía poco tiempo para adentrarse en los vericuetos de Hegel o Kierkegaard porque tenía que buscar afanosamente revistas de impacto donde publicar papers. ¿Qué diablos es todo eso?, preguntarán las almas poco avezadas en el actual espíritu universitario. Un paper es un escrito -valioso o no, depende- que un profesor escribe para que lo lean cuatro gatos de su gremio y, si puede ser, nadie más. Una revista de impacto es una revista especializada que puede tener o no valor científico -depende- y que con frecuencia, sobre todo en el ámbito de las humanidades, es un puro portavoz gremial. Publicar papers en revistas de impacto es el paraíso de quien aspira a hacer carrera universitaria. El aludido profesor de filosofía proclama que le gustaría escribir ensayos de otro tipo, más creativos, pero éstos contarían escasamente para el currículum. "Las cosas son así".

Como en los mejores relatos kafkianos hay algo fatal en esta afirmación. ¿Quiénes son los que hacen que las cosas sean así? ¿Los políticos?, ¿los pedagogos? ¿Cerebros perezosos y agazapados bajo el no menos kafkiano Proceso Bolonia? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Y menos este esforzado profesor de filosofía que corre inquieto de un lado para otro sin horas para dedicar a sus filósofos. Ahora una reunión; ahora un análisis hermenéutico del boletín oficial; ahora la persecución de revistas de impacto; ahora un toque de renovación tecnológica. Y al llegar a clase se pondrá a explicar el mito de la caverna con el power point, a sabiendas de que Platón lo hubiera suspendido sólo con verle hacer eso.


Rafael Argullol
El País, 03/05/2008

Escribir bien, escribir mail

por Alejandro Rossi

John King, profesor de la Universidad de Warwick, ha publicado un valioso libro con un título muy largo: The Role of Mexico’s Plural in Latin American Literary and Political Culture. From Tlatelolco to the “Philanthropic Ogre”. Se trata de un trabajo más sensible a la crítica ideológico-política que a la literatura o la filosofía, nunca menciona, por ejemplo, los notables escritos de Hugo Margáin. En el último número de Letras Libres (Abril 2008) apareció casi completa la primera sección –“Developments in México”– del tercer capítulo “Politics in Plural, 1971-76”. El texto en Letras Libres concluye con este párrafo: “Sin embargo, Plural nunca fue una revista apuntalada en la comunidad académica: muchos miembros de la revista compartían la opinión de Zaid, quien afirmaba que quienes podían escribir, escribían ensayos, y quienes no podían escribir, trabajaban en la academia.” Sobre lo anterior, quisiera comentar lo siguiente:

a) Colaboré en Plural con una columna mensual, Manual del Distraído, y tomé parte en diversas tareas de la revista. Por ejemplo, pertenecí al Consejo de Redacción. Pero a la vez trabajaba en la “academia”, era miembro muy activo del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, daba clases y escribía artículos académicos. Ahora bien, esos artículos tenían –perdóneseme la pedantería– tanta “voluntad estilística” como los considerados más literarios, los que escribía para la columna Manual del Distraído. Tan mal o bien escritos los unos como los otros. Por otro lado, ¿por qué no llamar “ensayos” a mis artículos “académicos”? ¿cómo deben ser los “ensayos” filosóficos? Aquí está, pues, el caso de una persona que trabajaba en la academia, escribía ensayos literarios y también artículos académicos.

b) Como analista de Plural, el Profesor King no debería olvidar que otros muchos colaboradores de la Revista también trabajaban en el mundo académico, la UNAM y El Colegio de México, principalmente. Y resulta –¡caramba!– que sí podían escribir, salvo que se maneje una definición secreta de “escribir”. ¿Acaso Luis Villoro no “escribía”? ¿Tampoco Rafael Segovia? ¿O es que, tal vez, sólo “escribían” cuando publicaban en Plural y en Vuelta? El Profesor King tampoco debería pasar por alto que incluso varios miembros del Consejo de Redacción –¡nada menos!–, aunque fueran esencialmente “literatos”, estaban adscritos a instituciones académicas. Estoy seguro de que el Profesor King convendrá en que el asunto es más complejo.

Espero que el Profesor King no caiga –o resbale– en la tentación de echarle todas las culpas culturales del país a la UNAM y convertirla así en el villano de la obra. La idea sería, según esta fantasía rústica, que la creatividad, la chispa, la ocurrencia, la brillantez, la imaginación, la originalidad, etc., etc., sólo se encuentran en los francotiradores, en los maravillosos Peras Locas que ejercen sus talentos fuera de las instituciones académicas, masacradoras del talento individual. Toda esa abundancia se confronta, supongo, con la visión de unos profesores e investigadores burocratizados, los que a falta de “genes creativos” se refugian en la UNAM, donde sobreviven produciendo artículos y libros mediocres. Confieso que al escribir esto también defiendo mi vida, pues imagínese usted, Profesor King, que el 16 de marzo pasado cumplí cincuenta años de antigüedad en el Instituto de Investigaciones Filosóficas, del cual ahora soy –por méritos biológicos, quede claro– el orgulloso Decano. Amén.

Fuente: http://www.letraslibres.com/index.php?art=12897

15 abr 2008

Intelectual, cúrate a ti mismo

La educación según don Giussani, un antídoto contra la “pedagogía ligth”
Por Giorgio Israel
Profesor ordinario de Matemática
Universidad la Sapienza

He leído, desde mi perspectiva de hebreo, los escritos de don Luigi Giussani* y encuentro en ellos más de un motivo para reconocer una comunión de ideas, en particular por el acento que él pone en la centralidad de la persona y del encuentro entre personas en la experiencia de la vida.

En el último libro publicado ¿Se puede vivir así? (1), me sorprende la insistencia de Giussani en el rol de mediador que tiene el otro para la relación con la realidad: «Yo no veo una cosa; veo sólo al amigo que me habla de esa cosa y el amigo es una persona confiable, por eso lo que él ha visto es como si lo hubiera yo visto».

Y encuentro que esto tiene implicaciones particularmente significativas para el proceso del conocimiento: «Eliminad el conocimiento por mediación y tendríais que eliminar toda la cultura humana, toda, porque toda la cultura humana se basa en el hecho de que unos empiezan a partir de lo que otros han descubierto y así avanzan». Y más aun, «Si no existiese este método no sabríamos como movernos; mejor, uno sabrías como moverse, ¡pero en un metro cuadrado!».

«La cultura, la historia y la convivencia humana se fundan en este tipo de conocimiento indirecto, conocimiento de una realidad a través de la mediación de un testigo» En la escuela el testigo es el educador y todo el proceso de enseñanza se funda en esta relación entre personas, una relación que debe ser de confianza y de comprensión. Es un modo de ver las cosas que está en consonancia con aquello que señala Hannah Arendt: el educador es un representante de un mundo en el que el joven ha llegado a ser y el cual se le presenta en la tradición, que pone las bases sobre las cuales es posible seguir adelante. Sobre las espaldas del educador, el testigo que conquista su confianza, el joven puede ir más allá, partiendo de aquello que él le trasmite.

Es exactamente lo contrario de las teorías pedagógicas basados en el principio del autoaprendizaje, que se oponen a la trasmisión de conocimientos a través de la enseñanza porque se le considera impositiva o autoritaria: se requiere rehacer todo el camino y redescubrir todo por si mismo, sólo con la ayuda de un “facilitador”. Don Giussani habría dicho que, si se elige este punto de vista, se necesita eliminar toda la cultura humana y no queda nada, a lo mucho ¡un misero metro cuadrado! La cultura y el conocimiento –don Giussani lo recuerda- jamás son directos, sino mediados por un testigo, son el fruto de un encuentro.

La contradicción es tanto más clamorosa porque las teorías (mezcla de pragmatismo –del tipo de John Dewey- y de los resabios de antiautoritarismo sesentayochero y contestatario) niegan radicalmente el rol de la persona.

La contradicción es clamorosamente evidente en dos aspectos tan queridos para los autores de estas teorías: el primero es la sustitución de la evaluación basada en la relación interpersonal entre maestro y alumno, la que se considera demasiado subjetiva, por una evaluación impersonal desarrollada por entes externos, que pretende ser objetivo y basada en (inexistentes) bases científicas; el segundo es la disolución del rol de la familia ya que a esta se le asignan funciones dentro del proceso escolar, para las cuales no se halla preparada y, de este modo, se le expropia el rol que le corresponde primariamente, o sea el de formar la personalidad ética y moral de los hijos. Este es el punto de vista de la llamada Educación para la ciudadanía, promovido en España por el gobierno Zapatero y que ha encontrados algunos compinches en los promotores de los desafortunados cursos de Educación para Convivencia civil (con C mayúscula) y cursos de “afectividad”.

La relectura de estas páginas de don Giussani dedicadas a la educación es un sano antídoto contra estos absurdos.

*Luigi Giussani. Sacerdote milanés, fundador del Movimiento Comunión y Liberación.
(1) Giussani, L. (2007) ¿Se puede vivir así? Armadía. México.


Tomado de la revista italiana Tempi. Traducción de Jorge L. Navarro

24 mar 2008

Seis propuestas educativas


Por Alejandro Llano

Invito a la lectura de esta interesante “propuesta”. La fata de una discusión seria sobre las propuestas pedagógicas de moda, es una constante. Aquí se lanzan seis propuestas que servirían para hacer un debate sobre la educación en general y sobre la educación universitaria en particular. Jorge Luis Navarro.


[…] El fallo capital de la enseñanza en nuestro país no es económico ni organizativo. Por eso no se solucionará —sino todo lo contrario— con nuevas leyes y planes de financiación. Hace falta una nueva mentalidad que contribuya a sacarnos del atolladero ético y cultural. Cuando te das cuenta de que estás en un agujero, lo primero que has de hacer es no seguir cavando. En esta línea, inspirándome en el título de un bello libro de Italo Calvino, lanzo seis propuestas educativas para una sociedad civil en decadencia:

1. Lo importante no es enseñar, lo importante es aprender. Lo decisivo en la enseñanza es el alumno, no el profesor iluminado. De ahí que las técnicas pedagógicas no sean el factor clave de la educación. Se trata, no tanto de mejorar las cosas, como de intentar mejorar a las personas. La burocracia y la tecnocracia no bastan para lograr la excelencia educativa. La educación no es un montaje constructivista: es una convivencia culta, una auténtica simbiosis.
2. Sólo se puede educar en el ámbito de una tradición cultural, dentro de una comunidad de investigación y aprendizaje. El conocimiento es una práctica comunitaria, que tiene una historia, un contexto social y unas implicaciones éticas. Para llegar a un ajuste entre las exigencias del presente y nuestros recursos intelectuales, se precisa una inserción dinámica en la tradición del saber. De lo contrario se cae en una concepción inmediatista y pasiva del aprendizaje. Cuando los jóvenes no encuentran ninguna comunidad auténticamente educativa, acaban por marginarse.
3. Todo aprendizaje es aprendizaje de un oficio. Toda ciencia y toda técnica es originariamente un oficio, un craft, dotado de normas internas. Según MacIntyre, tienen mucho más de artesanal que lo que actualmente se reconoce. Cuando fallan las normas internas a la práctica educativa, se sustituyen por reglas de tipo burocrático y mercantil. La enseñanza pierde toda motivación eficaz. Decae el entusiasmo. Y surge la violencia, que no se puede vencer sólo con sistemas de control.
4. El saber posee una ineludible dimensión moral. La separación entre ciencia y moral es un mito pseudoilustrado, que el propio Kant rechazaría enérgicamente. Sólo hay una ética que, propiamente, no se puede enseñar, como los clásicos demostraron. Lo decisivo para acercarse a la excelencia educativa es la calidad del temple ético de la institución, el espesor humano de su cultura corporativa, el nivel de su ambiente moral, el estilo de convivencia, sobre todo en los aspectos informales. Por eso las reglamentaciones y programaciones no contribuyen a elevar el nivel de la enseñanza, por mucho que se empeñen los sucesivos gobiernos. Y menos aún procede remitir los aspectos claves de la vida personal y social a una Educación para la Ciudadanía cuyo tufo manipulador no han logrado ocultar sus disciplinados valedores.
5. Lo decisivo son los hábitos, no las actividades ni los contenidos. A la postre, la propia ciencia es un hábito y no un constructo mental. Lo importante en la sociedad del conocimiento no es que se sepa mucho sino que siempre se sea capaz de saber más, lo cual remite a las potencialidades vitales de las personas. Lo metodológico prima sobre lo descriptivo, y lo formativo sobre lo informativo. El objetivo focal de todos los niveles educativos debería ser ahora mismo una intensa y amplia formación intelectual: aprender a pensar con rigor, hondura y creatividad.
6. Las tecnologías multimedia posibilitan la educación científica y humanística. Los recursos multimedia constituyen un instrumento de descarga que facilita la dedicación a las cuestiones centrales del humanismo y la ciencia, lejos ya de una educación minimalista y pragmática.

Tomarse en serio la educación y apostar decididamente por su honda radicación cultural —despidiéndonos del emotivismo, la dependencia burocrática, la superficialidad y el pragmatismo— es mi propuesta de fondo. Constituye el nervio del protagonismo de la sociedad civil como recurso para superar el decaimiento de las energías cívicas que nos aqueja.

Tomado de http://www.conoze.com/doc.php?doc=5950

4 mar 2008

El espejo: de la vanidad al autoconocimiento

Héctor Zagal Arreguín

Con mayor frecuencia de lo que creemos, rehusamos mirarnos en un espejo. Ciertamente, a todo mundo le gusta contemplar su apariencia cuando uno se ha esmerado en lucir bien y en vestir elegantemente, pero en ocasiones no nos encontramos tan a gusto con nosotros mismos. Hay mañanas en las que uno luce desangelado, ojeroso y apático. Contemplamos con horror y preocupación el paso del tiempo en el propio rostro: como si todas las canas y arrugas de la humanidad se hubiesen concentrado en nuestra cara ese lunes. Quisiéramos arreglar de la mejor manera posible ese lastimoso espectáculo. Hay otras mañanas --suele ser el domingo a eso del mediodía-- en las que sabemos que nos vemos fachosos y que nuestra figura se ve descompuesta, pero no nos importa. Cuando sabemos que no saldremos a ningún lado ocurre un fenómeno curioso: todo eso nos vale.

Resulta interesante observar cómo ejecutamos muchas de nuestras acciones en función de la presencia de otras personas. Esto no necesariamente se reduce a un nivel tan básico como el del «qué dirán». Hay amigos, por ejemplo, con los que entablamos un tipo de trato que sería inapropiado con otras amistades. Adoptamos posturas distintas cuando estamos en una reunión formal, en una cena de negocios, o en una charla de café con un conocido. Solemos adecuar nuestros gestos, expresiones y ademanes al entorno social en donde nos encontramos. Por el contrario, cuando sabemos que nadie, absolutamente nadie nos ve, nos sentimos como si pudiéramos hacer todo lo que nos viniera en gana.

DE BLANCANIEVES A DORIAN GREY

¿Es algo positivo esta libertad? Seguramente nos sentiríamos asfixiados si nunca la tuviéramos. Cuando observamos por mucho tiempo un riguroso protocolo, tarde o temprano se nos antoja romperlo y eliminar la tensión acumulada. Deseamos relajarnos y vivir cómo si nada ni nadie pudiera interpelarnos.

Este efecto liberador se vuelve peligroso cuando pensamos que lo mejor para nosotros es vivir sin reflexionar sobre nosotros mismos, y nos dejamos ir por la vida sin reparar mucho en ella. Las consecuencias de esto suelen ser terribles como se ve en el caso de la salud. Quien no cuida su cuerpo adecuadamente suele desarrollar con el paso de los años malestares silenciosos y mortíferos. Cuando decidimos por fin mirarnos en el espejo --el médico, en este caso-- resulta en ocasiones que ya es demasiado tarde y lo único que nos queda por prever es la funeraria en la que nos gustaría ser velados.

No sólo nos rehusamos con frecuencia a examinar nuestro cuerpo sino que también somos renuentes a examinar nuestras acciones, nuestras actitudes y nuestros propósitos. Si acaso lo hacemos es con vistas a nuestros intereses más inmediatos. No nos complicamos mucho la vida: nos congraciamos fácilmente con lo que hacemos y ocultamos con presteza nuestros defectos. No toleramos ver nuestras fallas expuestas.

Ahí está el caso de la madrastra de Blancanieves, quien siempre se complace cuando su espejo le dice que es la mujer más bella del reino, pero cuando el mismo espejo le informa que hay alguien más bella lo convierte en añicos. Otro caso es el de Dorian Grey, el joven y apuesto personaje de la novela de Oscar Wilde. Este dandy es retratado en un cuadro que captura excelsamente su belleza. Sin embargo, cada vez que comete una falta moral el rostro de la pintura cambia, su sonrisa se vuelve una mueca, su piel se arruga y su pelo encanece. Dorian Grey no soporta contemplar un retrato tan horrible, y termina por arrumbarlo en el desván, lo cubre con una manta, y pretende cándidamente que ninguna de sus acciones tiene consecuencias. La corrupción en él, no obstante, prosigue y cada vez con mayor gravedad.

Y es que, como reza el refrán,«no se puede tapar el sol con un dedo». Existen remedios falsos y remedios verdaderos contra los males corporales y espirituales. El peligro de los remedios falsos es que su comodidad inmediata nos obnubila. Sólo tapan malestares internos que después resurgen con mayor fuerza. Embriagarse con riquezas, intoxicarse con el poder, entregarse a las adicciones son algunos de los paliativos con los que uno cubre necesidades mayores. Son sustituciones. Evasiones.

Procurar una vida ordenada y reflexiva, en cambio, nos acerca más a salir de nuestros propios errores y nos conduce a una existencia más plena. Tal como a nadie le gustaría sumar 2 + 2 toda la vida mal, tampoco a nadie le gustaría tratar injustamente a sus propios familiares o compañeros de trabajo. Paradójicamente, solemos tratar mal a los demás, descuidar nuestra salud y llevar una existencia indiferente con una frecuencia mayor que con la que nos equivocamos en una operación aritmética.

LA AUTOCOMPLACENCIA: UN ESPEJISMO

La solución que hemos heredado de la filosofía griega para estos problemas es el autoconocimiento. Sócrates adoptó la frase escrita en el oráculo de Delfos, «conócete a ti mismo», como la máxima que describía el propósito mismo de la ética. ¿Cómo lograr esto? Existen tradiciones del autoconocimiento tan amplias y diversas como las meditaciones cristianas o el psicoanálisis. Todas ellas, sin embargo, tienen un común denominador: evaluar los actos propios como si fueran los de un tercero. Resulta curioso observar que cuando más nos conocemos a nosotros mismos es cuando nos juzgamos como si fuéramos una persona distinta.

Suspender por unos momentos el propio punto de vista para adoptar otra perspectiva es la manera idónea de comprender la relevancia y las implicaciones de nuestras acciones. Cuando uno está enfurecido en el tráfico y le toca el claxon a la persona adelante de él como si llevara en el asiento de atrás a un herido de guerra, esa persona debería preguntarse lo que sentiría si alguien más atrás de él estuviese haciendo lo mismo. Vernos como un tercero --salir de nosotros-- nos desengaña y nos saca de nuestras falsas seguridades. Frecuentemente nuestras acciones pueden convertirse en normas universales de conducta. Lo vio Kant. Es, en última instancia, la ley áurea: trata al otro como te gustaría ser tratado

Contemplarse a sí mismo en un espejo es una virtud que madura con el tiempo y la experiencia. Todo mundo rehúsa en principio hacer este ejercicio. Quien decide emprenderlo aparta la mirada rápidamente, o bien, actúa como el joven Narciso, que queda enamorado de su propia imagen reflejada en el lago. La tarea de la ética es luchar contra el Narciso que habita en nosotros y que se enamora fácil y peligrosamente de su apariencia, del espejismo de su yo. Viene a cuento aquello de que el mejor negocio posible es comprar a una persona en lo que vale y venderla en lo que cree que vale.

Quien se planta firmemente ante un espejo con una actitud ética busca salir del propio error y apartarse del mal. Esto no quiere decir que nuestras acciones no puedan satisfacernos. El ejercicio de autodistanciamiento sólo nos revela constantemente que siempre podemos mejorar. En vez de caer al lago como Narciso enamorados de nosotros mismos, debemos reparar en nuestros errores y procurar enmendarlos para que nuestra imagen externa e interna sea mejor; quizás no sea perfecta nunca, pero al menos será más auténtica y menos borrosa.

29 feb 2008

Lo hambriento

Los niños norteamericanos nunca han sabido casi nada de geografía pero todavía les parece demasiado. No quieren saber de ese mundo más allá de su nación que se demuestra a década tras década como altamente irrelevante para sus vidas, cuando no altamente molesto. Ese mundo, si aparece, cuando aparece, viene a ser bajo la forma de Irak, Afganistán o Vietnam. Altamente desagradable y desdichado. No sólo insoportable por sus propias miserias internas y su afán de consumir artículos norteamericanos sino también por las calamidades que trasmiten irredimiblemente a los soldados norteamericanos que acuden allí y regresan, meses más tarde, con el cerebro enloquecido y metidos en el asesinato seriado o la drogadicción.

Estados Unidos no se encuentra pletórico de salud social o de cualquier otra pero mediante estas comprobaciones extranjeras, el exterior deja mucho más que desear. Es decir deja de ser deseado, cesa como objeto de deseo y su conocimiento va perdiendo el escaso interés que pudiera presentar. . ¿Europa? Europa es otra cosa pero sólo a efectos vacacionales o de un veloz y leve turismo cultural. Sin embargo, con el euro tan alto, ni de Europa quiere saberse mucho más por ahora.

Cuenta The New York Times que una encuesta de 2006 de National Geographic reveló que una mitad de los jóvenes norteamericanos entre 18 y 24 años no creen que sea necesario saber dónde se sitúan los países que salen (de tarde en tarde) en sus noticieros. De otra parte, un popular vídeo en YouTube muestra que la joven cantante Kellie Pickler participando en un concurso televisivo (¿Sabes más que un niño de primaria?) dice creer que Europa es un país y que le asombra enterarse de que una nación se llame "Hungary" (Hungría) que le suena a "hambriento" ("hungry") ¿Cómo puede existir un país que se denomina a sí mismo "hambriento"? ¿Cómo va un chico norteamericano a interesarse por ese extraño mundo cargado de tragedias históricas, lenguas innumerables e insondables localizaciones en la ilegible profundidad del mapa?

Vicente Verdú

23 feb 2008

Reflexiones sobre la Familia

Familia y Sociedad Contemporánea
Lucía de la E. Pérez Terés

Leyendo el texto de la lección inaugural que el Dr. Pedro Morandé, - Universidad Católica de Chile- impartió en el Master en ciencias de la familia de la Universidad Católica de San Salvador de Bahía, me han venido a la mente algunas reflexiones que comparto con el lector.

A pesar de la situación por la que atraviesa la familia, de las críticas y de los ataques que recibe de la misma sociedad, de lo débil que parece esta comunidad…es una institución que tiene un enorme potencial de desarrollo para toda la humanidad.

Esta afirmación no es resultado de un optimismo ingenuo, para entender esto, Morandé propone encarar la actual “crisis de la familia”, pero sobre todo, que examinemos el fondo desde el cual se realiza actualmente el análisis de la familia.

Cuando se analiza a la familia, existe la tendencia a juzgarla a partir de las funciones sociales que cumple. Así, se ha consolidado la idea de “familia disfuncional” Y resulta que casi todas, por un motivo o por otro, lo son. Sin embargo, hay otro enfoque casi desconocido para estudiar a la familia que no la reduce a su función social. La familia desde esta perspectiva, es una “realidad antropológica”, y hay que analizarla como “lugar de experiencia humana” en donde es posible que se dé la comunión de personas, “communio personarum”. Este enfoque esta siendo promovido por el Instituto Juan Pablo II para el matrimonio y la familia, en Roma y desde ahí en muchas otras Universidades en el mundo.

En buena medida las tensiones que se viven hoy dentro de la familia surgen de la diferencia que hay entre dos formas de considerar a la persona. Por un parte se define a la persona como un ser-en-relación, y por otra se considera que la persona se define a partir de la autonomía. La primera afirma que por su origen y su destino el hombre es dependiente de otros y de Otro, la segunda la considera como esencialmente independiente y libre para establecer y deshacer a su propia voluntad los vínculos personales y sociales que quiera y que satisfagan su conveniencia, su temperamento o cualquier otra finalidad escogida para su vida.

Esta última perspectiva, aunque seductora, no tiene ninguna base en la realidad ya que visualiza al hombre como dueño absoluto y señor de sí mismo, lo visualiza y lo valora por su autosuficiencia.

Por mucho tiempo la familia fue determinante para definir las relaciones sociales, sin embargo, ahora se considera a la familia como parte de las estructuras sociales, sujetas a los criterios ordinarios de funcionalidad del sistema social vigente y se olvida que ante todo es una estructura comunitaria. Así se plantea la pregunta esencial: ¿es la familia una sociedad o una comunidad?

Ya la Sociología advirtió las diferencias entre sociedad y comunidad. Y caracterizó a la sociedad como un grupo en el que se crean vínculos libremente, a modo de un contrato con responsabilidades limitadas y una vigencia temporal. En contraste con esto, la comunidad es grupo en donde existen vínculos de nacimiento que no son elegibles, son relaciones que no se contratan voluntariamente, pero sus vínculos son incondicionales y no tienen fecha de caducidad en su vigencia temporal.

Sintéticamente la diferencia entre comunidad y sociedad se acentúa básicamente en estos tres puntos:
1) Las personas no escogen a su grupo social sino que han nacido en el interior, no se
incorporan libremente. Tienen un vínculo definitivo.
2) Las responsabilidades de la comunidad son ilimitadas.
3) La persona es antes que su función y no al revés.

La naturaleza del vínculo social se desplazó fuera de la experiencia humana en la familia. Pasó a ser solamente “función” en donde es más importante el rol que se realiza que la persona misma. Y es muy fácil que adoptemos esta manera de pensar ya que vivimos en esta sociedad organizada casi exclusivamente con criterios de funcionalidad, creemos que cada individuo es autosuficiente, para construir a su gusto y conveniencia las relaciones sociales como quiera.

En consecuencia, bajo este sentido de autosuficiencia hemos llegado a imaginar que la familia puede ser sustituida por funciones sociales bien organizadas. Esto es un grave error antropológico ya que esto supone que se puede organizar a la sociedad como si las personas no existieran. En efecto, sólo en la familia la persona puede ser recibida y reconocida no por sus capacidades o competencias, sino por lo que es, incondicionalmente y para siempre. La experiencia humana en una familia debería ser la experiencia que lleva al ser humano al cumplimiento de su vocación, de su fin como ser-en-relación con otros y con Otro.

Así la cuestión fundamental, para el Dr. Morandé, no es si la familia es necesaria o no para el funcionamiento social, sino si la familia es o no un bien para la persona y si es o no una de las más altas experiencias de la libertad humana.

Podríamos preguntarnos, ¿porqué la vida en la familia es una de las más altas experiencias de la libertad humana? La respuesta sería: Porque si en ella realmente se realizara la vocación de ser persona, y el individuo realmente se sintiera y se supiera amado, recibido y aceptado sólo por ser persona, inevitablemente lo conduciría a la libertad. Esta libertad sólo se genera por saberse y sentirse amado y aceptado así, tal como es. Entonces, el hombre no necesita “cambiar” para ser aceptado, y esto le proporciona un sólido sentido de seguridad, que nace del amor que recibe de manera incondicional.

La familia no se debería constituir por meras funciones sociales, sino a partir de ciertos vínculos por los cuales cada individuo humano no tiene otro título que el de ser persona (recibida, amada y aceptada). Si no se entiende esto, se corre el riesgo de rebajar la existencia de cada persona a ser un producto social para las operaciones de la sociedad.

Ni la paternidad, ni la filiación, ni las relaciones entre esposos, ni la vida conyugal son funciones, sino vínculos únicos, que no son intercambiables, o no deberían serlo. En la familia se debería experimentar una relación única, y ésta relación no se puede comparar con ninguna institución.

Es urgente pues provocar una seria reflexión sobre qué es la familia para mi, o sea para cada persona concreta, cómo vivo yo esta realidad, cómo contribuyo a que mi familia sea realmente una comunidad de personas….y más allá de estas reflexiones cuestionarme fuertemente si ¿es mi familia un lugar en donde recibo, amo y acepto a cada miembro incondicionalmente, dando lugar así al desarrollo de su vocación de “ser persona”?, ¿es mi familia un lugar en donde cada persona que la integra, puede vivir en libertad?


Licenciada en Diseño Gráfico y estudiante de Maestría en Ciencias de la Familia en al Instituto Juan Pablo II para el matrimonio y la familia.

11 feb 2008

El compromiso del tomista actual

Hola a todos:

Les anexo el texto que vamos a discutir el siguiente jueves.

***

El compromiso del tomista actual
Reflexiones sobre el estudio de Santo Tomás en la Orden Dominicana de nuestro tiempo

1. Introducción

La orden dominicana ha cultivado con predilección el tomismo. Pues bien, el tomista en la actualidad tiene una responsabilidad muy grave ante la sociedad y la Iglesia. Tiene el compromiso de adquirir una preparación más fuerte y de una participación más profunda en el ámbito de lo social, a través de las ideas. Ir a la problemática de la sociedad, para obtener fuentes de reflexión, y volver a la sociedad, para hacer que esas ideas regresen a ella, de modo quo la beneficien y la cambien. Sobre esto insiste mucho el Santo Padre en la encíclica Fides et Ratio -la cual tomaremos muy en cuenta para nuestra reflexión-, aludiendo a los retos concretos que tiene en la actualidad el filosofar cristiano. [1]


La llamada “diaconía de la verdad” nos obliga a hacer un denodado esfuerzo para reflexionar sobre los acontecimientos de nuestra historia y para compartir, mediante el diálogo, nuestras reflexiones con otros pensadores contemporáneos que pertenecen a otras escuelas o tradiciones. Reflexión sobre la historia actual y diálogo con los contemporáneos de otras escuelas, esto es lo que toca a al tomista de hoy. A continuación se tratará de hacer esto más explícito.

2. Diálogo con los filósofos actuales

El tomista actual ha de tener información de los principales movimientos de pensamiento de la época, para poder dialogar con ellos. Puede decirse que hay un “lenguaje” en cada corriente, el cual es necesario poseer mínimamente para hacerlo. Y un lenguaje no sólo como palabra, sino como estructura, o estilo. Así, Edith Stein hizo comprensible el tomismo para los fenomenólogos; Cornelio Fabro lo hizo para los existencialistas; Peter Geach, para los analíticos; Maurice Corvez para los estructuralistas, etc. Son tomistas que han hecho comprensible y aceptable el tomismo. Lo han revitalizado con elementos y adquisiciones de otros sistemas e incluso han hecho aportaciones a otros sistemas desde el tomismo.

Aunque no parezca así a primera vista, el mundo actual espera de nosotros que le demos el tomismo mediante el diálogo. Es nuestro legado. Los filósofos actuales no esperan tanto que les hablemos de Frege o de Nietzsche, ni de Quine o Derrida, sino de Santo Tomás; pues a ellos los conocen mejor que nosotros, pero a él no. Y a veces nosotros nos avergonzamos de Santo Tomás y del tomismo. No nos quieren a la moda. Nos quieren con un conocimiento de lo nuevo muy profundo, para que seamos capaces del diálogo; pero no nos van a buscar para preguntarnos sobre eso, sino sobre lo otro, lo nuestro. Y eso nuestro, que es el tomismo, hay que saber contrastarlo con esas nuevas corrientes. Por ello hay que conocerlas muy bien. Mas, sobre todo, tenemos que ser capaces de criticarnos a nosotros mismos y hacer examen de conciencia intelectual al trasluz de nuevos descubrimientos y nuevas teorías. [2] No se puede hablar de Santo Tomás pontificando, con un tono que se oye muchísimo en nuestros centros de estudio. No siempre podemos enseñar a Santo Tomás desde arriba, deductivamente, sino al revés, las más de las veces hay que reconstruir en los oyentes las inducciones que hizo el Aquinate para llegar a lo que llegó. Hasta pedagógicamente así se debe enseñar cualquier autor o doctrina.

Es muy saludable pensar que no se me va a aceptar lo que diga por ser de Santo Tomás, sino que tengo que empezar de cero, incluso con las cosas en contra, pues en las universidades laicas hay siempre prevención y prejuicio. Pero así se tendrá que ir persuadiendo de los principios, demostrando los elementos que se usan, y así se irá construyendo de manera más penosa, pero más firme, el edificio del sistema tomista, ante oyentes que pondrán objeciones, incluso resistencias ocultas, pero que aceptarán al menos partes de él por plena convicción, ya que no tienen que estudiarlo por obligación. Muchos llegan a interesarse en esos contenidos y piden ser acompañados en ello.

El que se convence de ello así, lo hará según el modo humano natural que hay para eso. Por la manuducción racional y metodológica que va afrontando difíciles preguntas sin zanjarlas por autoridad o por evasivas timoratas. A los filósofos actuales les gusta que estemos convencidos de algo, que haya algo, una doctrina, que defendamos; pero también y en igual medida, que seamos autocríticos, severos reconocedores de las dificultades que anidan en el tomismo, ya sea por motivos de la época en que se construyó, o por razones intrínsecas al propio sistema: lagunas, cosas poco desarrolladas, respuestas ad hoc y que no convencen, etc.; pues Santo Tomás no pudo hacerlo todo, y nos toca a nosotros, los tomistas actuales, desarrollar sus líneas en el sentido de las exigencias de la filosofía contemporánea, o, más propiamente, de las necesidades del hombre actual.

3. Resultado del diálogo: renovación y puesta al día de la doctrina tomista

Algo en lo que insiste mucho la Fides et Ratio es la recuperación, o conservación, y además la promoción del tomismo. [3] Pero creo que se debe insistir también en la puesta al día del tomismo, cosa que igualmente ha pedido siempre el Magisterio, y que se ha tratado de cumplir desde el neotomismo del s. XIX, como el de Lovaina. Hay que llegar a un tomismo renovado. Un discípulo actual de Santo Tomás no se puede dedicar a repetir fórmulas que pueden sonar vacías, debe hacer que suenen ricas de contenido y aplicables. Es decir, tiene que tratar de hacer comprensible el tomismo para la gente de su tiempo. Hay un doble movimiento aquí, parecido al de la retórica, a saber, de recepción y de transmisión. Por una parte, hay que entender el verdadero espíritu de Santo Tomás, y conservarlo. Pero también tenemos que saber presentarlo al hombre de hoy. Eso implica conocer los intereses filosóficos de los hombres de nuestro tiempo. Para ello hay que conocer los sistemas que tienen más vigencia. Hay que saber acercarlo a ellos. Y un paso más es dialogar con ellos. De esta manera se podrá, no sólo comunicar con ellos y hacerles entender (y hasta aceptar) elementos del tomismo (esenciales o accidentales), sino que además se recibirán aportaciones para el tomismo, y se les harán aportaciones desde el tomismo.

Por eso, lo peor que puede hacer un tomista en la actualidad es quedarse en mero repetidor erudito del Aquinate. Se nos verá como historiadores de la filosofía, no como filósofos. Hay que asumir a Santo Tomás para potenciarlo, para ampliarlo, para extender las cosas que no pudo hacer él, y que ahora nos toca a nosotros realizar. Toda tradición trae la exigencia de ser incorporada, asimilada, aprendida, introyectada, por sus seguidores. Pero también tiene la invitación, la vocación -si no es que también exigencia- de ser ampliada, ensanchada, sobrepujada, al menos en sus bordes, sin pretensiones ni narcisismos, sino para su enriquecimiento. Y esto sólo puede hacerse en el diálogo con los otros pensadores de nuestra época. Sólo tiene cabida cuando vamos a oír al otro y a tratar de responderle. [4]

Es muy distinta la creatividad cuando se hace desde el narcisismo, desde el egoísmo, que cuando se hace desde la generosidad, desde la oblatividad o el afán de servir. Lo primero es ídolo, lo segundo es icono. Lo primero sólo busca originalidad, que es la creatividad brillante pero estéril, sólo busca lo ingenioso y lo “interesante”, que es la categoría que justamente colocaba Kierkegaard en el estadio de la estética, previo al de la ética y al de la religión. Si nosotros nos proclamamos en el estadio religioso, muy mal podríamos colocarnos en el estético, donde impera lo interesante. Lo interesante sólo podría ser, a lo más, un medio, un valor suplementario y supeditado a la verdad, para hacerla brillar más; pero no para quedarse en lo interesante como en un lugar de llegada, de destino.

Nuestra aportación al tomismo no puede ser idolátrica, sino icónica. No puede darse por haber hecho del tomismo un ídolo, al cual haya que rendir culto, ni por hacer de nuestra aportación otro ídolo, sino por haber hecho de uno y otra un icono, el cual es un signo que transmite de la mejor manera un mensaje esencial, incluso el del propio tomismo, pero su esencia más profunda. Solamente los que han visto al tomismo como un ídolo, que lo han idolatrado, son los que lo adoran y defienden a mordiscos, y también son los que acaban abominándolo como un monstruo. Para evitar ambas cosas, hay que ver al tomismo como un icono, no como un ídolo; verlo desde la ¿conicidad es amarlo y respetarlo; pero trascenderlo, superarlo y hacerlo avanzar y progresar. [5] Mas esto sólo puede hacerse en el diálogo con los pensadores de la época. Ellos son los que nos van a mostrar los retos y los problemas que nos lanza nuestra cultura, a la que debemos responder. Y no filosofar o hacer teología como si estuviéramos encerrados en la Edad Media o en la Colonia. Tampoco renegando de la formación tomista que hemos recibido, por deficiente que haya sido. Nos toca hacer avanzar nuestra tradición.

En cambio, crear desde el ídolo, desde el narcisismo, lo hacemos si nos quedamos presos del sistema y de la comunidad epistémica de los propios tomistas. No contentarnos con ser meros especialistas en sutilezas y en minucias del propio sistema. Que no me baste ser el gran conocedor, más que los demás, de un pequeño punto que acaba por ser intrascendente. Eso significaría quedar encerrados en el propio narcisismo. Hay que salir, buscar a los demás, para compartir con ellos nuestros hallazgos en el seno de esta gran tradición del Aquinate. No quedarnos en un tomismo univocista, cerrado, condenatorio e intransigente; tampoco en un tomismo equivocista, como el de algunos “tomistas” que difícilmente retienen ese nombre, y ya poco tienen del paradigma original; sino llegar a un tomismo analógico, que nos abra a dialogar con los otros.

4. El tomismo como posibilidad de renovación en la hermenéutica

En la actualidad, la hermenéutica es una de las corrientes que han adquirido más presencia. Pero habría que corregirla en muchos aspectos, y esto es una labor en la que puede ayudarnos mucho el pensamiento tomista, la filosofía de Santo Tomás, que ha vuelto a recomendar el Santo Padre en la Fides et Ratio, y que tiene como un tesoro el pensador actual. De ahí, del tomismo, viene la idea de un discurso analógico, de una racionalidad de la analogía, y de ahí he tomado lo que yo denomino la hermenéutica analógica, que creo que podrá a solucionar muchos callejones sin salida en los que están atrapadas tanto la modernidad como la posmodernidad. [6]

La noción de analogía, de sólida estirpe tomista, nos ayudará a replantear el problema del realismo. Se habla ahora de que no conocemos la realidad en cuanto tal, sino sólo a través de marcos conceptuales, lo que hace que no podamos asegurar ningún realismo, todo es relativismo casi idealista. [7] Pero hay un argumento fuerte contra ese relativismo e idealismo. Es un argumento genético. ¿Cómo surgen o se originan los marcos conceptúales? O son innatos o son adquiridos. Es decir, o son trascendentales o son empíricos. O son a priori o son a posteriori. Decir que son innatos, trascendentales o a priori es muy fuerte, inaceptable, porque naceríamos con la cultura a cuestas, como una mochila; más fuerte que los universales lingüísticos de Chomsky. Por eso sus sostenedores dicen que son productos culturales; es decir, son empíricos, a posteriori, se adquieren, se aprenden por la experiencia y se trasmiten por la instrucción, la enseñanza. Pero, si esto es así, es decir, si son adquiridos, aprendidos, hubo un momento en que no estaban construidos, al comienzo del hombre, de la cultura; incluso si se dice que el hombre sólo fue hombre cuando, dejando de ser animal, empezó a tener cultura, es decir, la cultura y el hombre nacieron en el mismo instante. Pero tuvo que haber un momento en que los marcos conceptuales surgieron, y surgieron de algo; no surgieron de la nada, y entonces surgieron de la naturaleza, o mejor, del contacto del hombre con la naturaleza, y justamente la cultura surgió como reacción ante ella, como respuesta a las necesidades de la adaptación y después a las necesidades de bienestar del hombre. Esta consideración es analógica, busca un realismo moderado, una reducción intermedia. La analogía, pues, nos hace plantear el encuentro del hombre con el mundo, del hombre con la naturaleza, y en este encuentro o contacto, surge la cultura; pero tiene su origen, por ello, en la natura. [8]

5. Renovación en epistemología y ontología

Acorde con esto, la encíclica Fides et ratio insiste mucho en la verdad como adecuación y en el realismo, tanto gnoseológico como ontológico, el cual es un depósito que se da a cuidar al estudiante y al profesor católicos. [9] Y, también, por supuesto, al dominico. Pero ¿cómo podemos cumplir con este encargo de la encíclica? Corren malos tiempos para el realismo. El realismo cognoscitivo es visto como ingenuidad, y el realismo ontológico es visto como prepotencia. En cuanto al conocimiento, hace falta recuperar, apoyar bien y fomentar el realismo epistemológico, pues el racionalismo y el empirismo modernos han llevado a un escepticismo muy grande, el cual también se veía encerrado en el idealismo, a pesar de su apariencia de absolutización del conocimiento. Siempre es por perder la atadura de lo real, el afianzamiento en la realidad. En filosofía del lenguaje lo vemos como la aceptación del solo sentido y la negación de la referencia. Eso ha llevado al relativismo de las culturas. Todas dan una respuesta válida a la realidad, todas tienen una moral que les resulta adaptada y conveniente, y, por lo tanto, no puede haber diálogo de ninguna manera. Y este relativismo alcanza ya el plano de los individuos.

Eso ha repercutido hasta en la ontología, pues se dice que no es válido ya hablar de esencias, de estructuras de ser con alguna firmeza, sino que todas se diluyen en el vacío del relativismo y desaparecen en el nihilismo. [10] La nueva ontología es nihilista. Por eso es cuando más urge recuperar el sentido del ser, de la esencia y de la existencia según las proporciones que a cada uno le competen, y revivir esa analogía de la ontología tomista. Una metafísica analógica es urgente, pues se ha olvidado, y todo el debate se mueve desde el univocismo hasta el equivocismo, y parece no tener salida. Ojalá que en la actualidad sepa cultivarse esta ontología, esta metafísica, que verdaderamente recupere la analogicidad del ser, de la realidad. [11]

6. En la ética

El tomista, además, tiene que hacer una crítica social desde la ética. En efecto, hay principios morales que son imperecederos, y que la gente de hoy no quiere ver. Están frente a ellos, y cierran sus ojos para no verlos. En la Fides et Ratio, el Santo Padre insiste en la conservación y profundización de la ley natural; [12] es lo que se ha llamado iusnaturalismo en la filosofía del derecho, y que es una iusfilosofía basada en el estudio de la naturaleza del hombre para ver qué leyes y derechos le son convenientes, porque surgen de ella. Ha sido muy rechazada y combatida por juristas y filósofos, pues da la impresión de que, más que una teoría jurídica, es una teoría ética. De hecho sostiene valores morales inmutables y universales, que han de plasmarse en las legislaciones.

Y es ahora cuando más urge volver a esa antigua idea de una naturaleza humana y una moral y un derecho surgidos de ella. Pues sin esa normatividad de la naturaleza humana, implícita en el ser, de modo que no se extraiga de él de manera indebida (la llamada falacia naturalista), sino que sea reflejo de lo que el mismo ser impone como deber ser, todo se vale. Sin esa dirección, no hay rumbo fijo, y se puede imponer, e incluso acordar mediante el consenso cosas injustas o que por lo menos no son convenientes ni adecuadas para el ser humano. Ese iusnaturalismo está implícito en las diversas declaraciones de los derechos humanos. Por más que se consideren ya positivados dichos derechos, si no se les concede más base que la positivación, y no un arraigo en la naturaleza misma, pueden ser válidamente despositivados y anulados. Y los derechos humanos que todavía no han sido reconocidos, pueden llegar a serlo de la misma manera, sujetos al arbitrio de los hombres, o supeditados al acuerdo, o gratuitamente aceptados o rechazados. [13] No en balde hace tanta falta (como insiste tanto la encíclica) recuperar y renovar la noción de naturaleza humana, para apoyar en ella la ética y el derecho.

7. Evitar el encerramiento y ejercer la autocrítica

El narcisismo se da sobre todo entre iguales. Aquí, se daría entre tomistas. Sería competir para ver quién repite mejor a Tomás, quién sabe de memoria párrafos más largos. Esto no agradaría al Aquinate. Y esto no basta, pues no ha ayudado a la promoción del tomismo. Antes bien, es lo que lo ha frenado, detenido y anquilosado. Lo que ha promovido, difundido y ensanchado el tomismo ha sido el estudio, humilde y rico a la vez, del dar con generosidad, del no encerrarnos con otros tomistas y pelear con ellos, no quedarnos en luchas internas de sutilezas, sino salir fiados en Dios a entregar nuestro mensaje y a compartir con los necesitados ese tesoro, y los primeros necesitados que acudirán a nosotros serán los mismos intelectuales.

En efecto, el estudio encerrado en una misma tradición corre el riesgo de caer en posturas narcisistas. Se contempla a sí mismo, y quiere verse en los otros como en un espejo. Que lo reproduzcan a él, que lo repitan indefinidamente. Es como la serpiente de los alquimistas, que, vuelta sobre sí misma, se mordía la cola, y así se revolvía sin término; no en balde quedó como símbolo del infinito. Infinitamente vuelta sobre sí misma, contempladora de su propia vacuidad, la escolástica, entendida en sentido peyorativo, en todos los tiempos se ha adorado a sí misma y su tradición, su escuela y sus escolarcas. Desde los griegos, cuyas sectas comenzaron bien esa autoadoración y ese menosprecio de los otros, de lo diferente. Pasando por los escolásticos, medievales y postmedie-vales, que ganaron a pulso ese mote y esa caracterización proverbial. Pero también llegando a los modernos y a los nuevos posmodernos. Todos ellos juran por las palabras de la autoridad que eligieron, adoradores de sus escuelas, y de sus líderes, lo cual viene otra vez a ser adoración de ellos mismos. Narcisismo hubo en los marxistas, en los estructuralistas y en los analíticos. Y ahora lo hay en los nuevos, los posmodernos: foucaultianos, deleuzianos, derridianos y pájaros de todos esos plumajes. “Escolásticos” todos ellos, en el más bajo sentido, de la peor ralea, por incapaces de autocrítica y de esfuerzo por comprender a los demás, ellos mismos sostenedores y defensores de la diferencia hasta el cansancio, pero incapaces de aplicarla al vecino.

La autocrítica comienza por reconocer que se puede estar en el error, o por lo menos que se pueden tener errores muy crasos junto con el grano bueno de las verdades. Eso lleva a reconocer que de los otros recibimos enseñanzas; no sólo críticas y objeciones, que casi siempre suponemos son por maldad o por envidia, sino auténticas lecciones y verdaderas aportaciones que pueden corregir o enriquecer nuestros puntos de vista. De ahí se puede pasar por lo menos a la tolerancia, y a buscar buena voluntad en los errores o incluso buenas verdades nacidas de esa misma recta intención que se supone o se concede al otro. Y aun se puede pasar a reconocer que el conocimiento, que es poco y frágil, lo construimos entre todos, aportando no sólo verdades, piedras duras y resistentes, sino también errores, inapreciables lecciones de nuestros límites conceptuales y sana humillación de nuestra razón exorbitada. Sigue siendo cierto aquel adagio antiquísimo: que en la humildad está la sabiduría. La humildad, que no es sino el irrecusable reconocimiento de nuestras limitaciones constitutivas, es lo que nos permite rechazar esos enemigos del sabio, hermanos gemelos en su destructividad, que son la soberbia y la envidia, las cuales van de la mano, se implican la una a la otra.

La capacidad de autocrítica y de colaboración constructiva del saber, son elementos de esa humildad, y llaman a su lado a la capacidad de diálogo, para poder conversar provechosamente con otras escuelas distintas. Y evita esa solemne grosería de intelectuales que niegan y condenan de tajo a sus rivales, porque no pueden ver sino rivales, y no colaboradores en la construcción del conocimiento. Profesores y escritores que se les ve condenar y anatematizar a los que no piensan como ellos, con los consabidos sambenitos de ilusos, ingenuos, mal intencionados o interesados. Con ello “ se alía con “ y todos ellos se vuelven fámulos de los inquisidores, y acusadores de sus oponentes.

Como se ve, los mismos que han atacado y vilipendiado a la escolástica y a la Inquisición, por cerradas e intolerantes, son los que ahora, puestos en el poder y vueltos, como ellos, intelectuales orgánicos, repiten lo mismo. Hacen lo que han criticado. Y defienden sus “escolásticas” nuevas, con sus jefes y sus observancias, con sus grados de aproximaciones al modelo (llámese Bataille, Lyotard o Derrida) y acusan al tribunal de la Gran Inquisición -más poderosa y nefasta que la otra- de la opinión común de los “bienpensantes”, de los “á la mode” y de los buscadores de lo más reciente, que son los que, en definitiva, perpetúan lo que critican al escandalizarse de que algo se pueda calificar como “políticamente correcto”. Foros de aplausos de lo nuevo y de condena de lo discordante, que se valen de los medios de comunicación -igualmente aparatos de propaganda y cámaras de tortura- para extender y perpetuar su dominio.

8. Tomismo icónico y no idolátrico

He hablado de iconicidad, y el icono (al igual que el ídolo) es un símbolo. Un símbolo en buen sentido. Y eso es lo que esperan de nosotros los filósofos actuales. Que seamos un símbolo. Ya sin que lo sepamos, sin que nos lo propongamos, somos un símbolo para ellos. Símbolo de un pensamiento creyente. Sobre todo, y es lo que más se escucha, de un pensamiento que tiene alguna esperanza. Mas, por lo mismo, tiene que ser un pensamiento que revele caridad, que esté cimentado en ella y polarizado o intencionalizado hacia ella. Símbolo y paradigma, icono y no ídolo.

Tenemos que ser capaces de meditar y reproducir la Encarnación, como pide la Fides et ratio. [14] Dios usó la encarnación de su Hijo para redimirnos, salvarnos; y ser capaces de encarnar nuestra predicación, encarnar un Verbo en una predicación inserta en ciertos medios. Es un apostolado como inserción, como encarnación, kenótica, abajada. Es hacerse, como Cristo, una especie de mestizo.

Estamos al servicio de otro, de otro que es Palabra, que es otra palabra, no la nuestra, sino la de Él. Al servicio de un Verbo, de un Logos. Esto es lo esencial: servir a la Palabra. Darla, a los demás, entregarla a los otros, con adecuación, con seriedad. Es un acto eminentemente hermenéutico (y pragmático: retórico).

9. El tomismo como servicio a la humanidad

El tomismo está vigente en la actualidad. Hay ciertamente muchos elementos que son puestos en crisis, pero hay otros que no sólo son actuales sino urgentes para la filosofía de nuestro tiempo. Pero hay que dar no un tomismo unívoco, de pura conservación; ni tampoco un tomismo equívoco, de mero nombre, que se diluye en las otras doctrinas; sino un tomismo analógico, que a la vez retenga y avance, que profundice en lo propio y dialogue con los demás.

Hay que trabajar para que nuestras actividades dedicadas al apostolado intelectual sean un testimonio de estudio y acogida, de diálogo valioso. Los universitarios esperan de nosotros enseñanzas que les resulten significativas, dentro de eventos significativos, que los atraigan, los hagan reflexionar sobre la religión -aun si no son creyentes- o sobre su fe -si son creyentes-, de modo que haya diálogo sobre estos temas. Uno se va a encontrar desde estudiantes o profesores que (groseramente) retan a demostrar la existencia de Dios, hasta estudiantes y profesores reposados y reflexivos que quieren conocer el cristianismo o profundizar en él.

Ofrecer el servicio de la palabra, a través de la predicación, la docencia, la investigación y la difusión. Tienen que ver en nosotros, dominicos y tomistas, un ejemplo de estudio y de preparación, un ejemplo de diálogo y un ejemplo de acompañamiento. El ejemplo de estudio conlleva la preocupación por conocer lo que se piensa en nuestro tiempo, i.e. conocer nuestra cultura, estar al día no en las superficialidades, sino en las angustias y utopías de nuestra época; el ejemplo de diálogo implica que seamos capaces de no negar lo que ocurre y darle al menos algún atisbo de respuesta, i.e. una iluminación; y el ejemplo de acompañamiento reside en ser capaces de compartir con el mundo universitario su ansia de encontrar el sentido en este mundo tan carente de él.

10. Conclusión

El tomismo tiene, pues, una misión que cumplir en la cultura actual. Está destinado a reconstruir el humanismo, a erigir un humanismo nuevo, en la línea del cristianismo (un humanismo cristiano, es decir, del hombre con Dios). [15] El humanismo ha sido muy rechazado en los últimos tiempos, de acuerdo con la crítica de Martin Heidegger del mismo. Pero ahora es cuando más se necesita, y uno de signo cristiano, que pueda sacar al hombre actual del marasmo y sinsentido que cunde en nuestro tiempo. Esto es lo que nos pide la encíclica Fides et ratio. Y para ello tenemos un buen instrumento: el tomismo, que nos dará un humanismo, por el lugar tan elevado que confiere al hombre, y un humanismo cristiano, por el lugar de privilegio que da a Cristo, como el icono de Dios.

Para realizar ese humanismo, el dominio y tomista tiene que rescatar la iconicidad de Dios que hay en el hombre. Tiene que salvaguardar al hombre como icono de Dios, como análogo suyo, imagen y semejanza divinas. Para ello ha de ser capaz de conservar lo substancial del legado del Aquinate y renovarlo de acuerdo a los conocimientos y acontecimientos del día, para señalar sobre todo su sentido a los que ya se han apartado de él, se han perdido. En esto tenemos un gran trabajo, que llenará nuestras existencias.



Notas:
[1] Juan Pablo II, Encíclica Fides et ratio, 1998, nn. 7 y 67.

[2] Cf. E. Forment, Id a Tomás, Pamplona, Fundación Gratis Date, 1998, 24-37.

[3] Encíclica Fides et ratio, nn. 43-44.

[4] Cf. ]. R. Méndez, “Desafíos para la filosofía”, en Varios, Fe y razón. Comentarios la encíclica, Buenos Aires: Universidad Católica Argentina, 1999,128-129.

[5] Cf. Encíclica Fides et ratio, nn. 61-62.

[6] Cf. M. Beuchot, Tratado de hermenéutica analógica, México: UNAM, 1997; 2a. ed., México: UNAM-ítaca, 2000.

[7] Como el de Hilary Putnam. Cf. su libro Sentido, sinsentido y los sentidos, Barcelona: Paidós, 2000, 47 ss.

[8] Cf. M. Beuchot, Sobre el realismo y la verdad en el camino de la analogicidad, México: Universidad Pontificia de México, 1998.

[9] Cf. Encíclica Fides et ratio, n. 29.

[10] Cf. G. Vattimo, El fin de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura posmoderna, México: Gedisa, 1986,23 ss.

[11] Cf. B. Mondin, “Metafísica e analogía”, en A. Lobato (ed.), Litera, sensus, sententia, Milano: Massimo, 1991,416-417.

[12] Encíclica Fides et ratio, nn. 69-70. Lo dice al llamar al estudio de la naturaleza humana y oponerse al relativismo cultural.

[13] Cf. C. I. Massini Correas, “Aportaciones tomistas a la filosofía de la justicia”, en Varios, Santo Tomás de Aquino, humanista cristiano, Buenos Aires: Sociedad Tomista Argentina, 1986, 23 ss.

[14] Encíclica Fides el ratio, nn. 105-106.

[15] Cf. A. Lobato, “El humanismo cristiano del Doctor Humanitatis”, en Varios, Santo Tomás de Aquino, humanista cristiano, cit., 119.

2004.