2 mar 2008

Espejos especiales

Cuenta E.F. SCHUMACHER en su obra Guía para perplejos esta sugerente historia:

En cierta ocasión leí una historia sobre un hombre que se moría y, en el otro mundo, se encontraba a una serie de conocidos, algunos que le gustaban y otros que le caían bastante mal. Pero había allí una persona que no conocía y no podía aguantarle. Todo lo que decía le irritaba y le indignaba —sus modales, sus costumbres, su pereza, su manera insincera de hablar, sus gestos— y, además, tenía la impresión de que podía leer los pensa¬mientos de ese hombre, sus sentimientos, y también sus secretos; en suma, toda su vida. Preguntó a los demás quién era ese personaje insoportable. Le dijeron: "Verás, aquí arriba tenemos unos espejos muy especiales que son completamente diferentes de los que hay en tu mundo. Ese hombre eres tú mismo". Supongamos entonces que tienes que vivir con una persona que eres tú... tal vez sea eso lo que tiene que hacer la otra persona. Desde luego que, si no te has observado a ti mismo, puedes llegar a imaginarte que sería estupendo y que si todo el mundo fuera como tú, este mundo sería un lugar verdaderamen¬te maravilloso. La vanidad y la suficiencia a veces no tienen límites. Cuando te pones en la situación de otra persona te estás poniendo también en su punto de vista, en el modo como te ve, te oye y te experimenta en tu comportamiento cotidiano. Te estás viendo a través de sus ojos.


Dostoievski condenado a muerte

El auditor aparece en el centro del patíbulo y, con voz monótona, rápidamente, lee el texto de la sentencia. Va enumerando, para cada uno, los crímenes de que es culpable y termina la exposición de los motivos con estas sencillas palabras: Condenado a pena de muerte.

Petrachevski, Mombelli, Grigoriev, Akchamurov¿ Nueve veces ya, el auditor ha pronunciado la sentencia. Añade: Dostoievski¿, condenado a pena de muerte.

Fiodor Mijailovich se estremece como si le sacaran de un sueño. La pena de muerte. En este momento, el sol atraviesa la niebla e ilumina la cúpula dorada de la iglesia Semenovski, en la que hay unas placas de nieve.

¡No es posible que nos fusilen!, exclama Dostoievski.

Pero Mombelli, por toda contestación, le muestra un carro cubierto con un toldo.

La tela marca vagamente la forma de los ataúdes.

Dostoievski no comprende aún. Maquinalmente, observa una verruga sobre la mejilla de un guardia, el reflejo de un botón de cobre. Mira ¿lo recordará toda la vida- cómo dobla el auditor su papel por los dobleces, cómo se lo mete en el bolsillo y se pellizca la oreja con la punta de los dedos, bajando lentamente los escalones del cadalso¿

En seguida, un pope le sustituye. Con voz emocionada pronuncia un sermón sobre el texto de san pablo: La redención del pecado es la muerte. Explica a estos desdichados que nada termina aquí abajo, y que una eterna bienaventuranza espera a los que saben arrepentirse. Luego, les da a besar el crucifijo; sólo Shaposhnikov, un hombre del pueblo, pide confesarse.

El castigo es desmesurado con relación al delito. No he merecido esto. Nadie ha merecido esto. La injusticia engrandece a estos miserables, que tiritan en el centro de la plaza sobre una plataforma de madera. Los eleva al rango de los mártires. Y ellos se dan cuenta. Y sienten con todo su corazón la voluptuosidad del sacrificio inútil. El asunto por el que nos habían juzgado, los pensamientos y las aspiraciones que nos llegaban al alma, no suscitaban en nosotros ninguna sensación de arrepentimiento; pero nos parecía que nuestro suplicio nos purificaría, en cierto modo, y que, gracias a él, muchos pecados nos serían perdonados, escribió Dostoievski en el Diario de un escritor. Sí, esta causa, sobre la que habían discutido a tontas y a locas, confrontando sus frívolos ensueños, pavoneándose, denigrando unas cosas y burlándose de otras, he aquí que les parece ahora sagrada, porque van a morir por ella.

El sacerdote ha bajado de la tarima. Dos hombres se acercan a los condenados: los verdugos, hopalandas. Suena el clarín. Los tambores repican en los campos, y este redoblar fúnebre repercute en los muros de los cuarteles. Disminuye y renace, obsesionante, ensordecedor, interminable¿ Los conjurados se han puesto de rodillas. Por encima de sus cabezas, los verdugos rompen espadas como símbolo de caducidad. Después, los revisten con vestidos blancos de tela de saco, con mangas largas y capuchas.

Atan a los tres primeros, Petrachevski, Mombelli y Grigoriev, a los postes, y los verdugos les bajan las capuchas sobre los ojos. Una orden tajante. Tres pelotones salen de las filas y se alinean delante de los condenados.

Dostoievski cierra los ojos. Es el sexto en la orden de ejecución. Está en el próximo turno. Dentro de cinco minutos estará atado a estos mismos postes. Una horrorosa angustia le embarga. No se deben perder estos cinco minutos. Hay que emplearlos lo mejor posible, extraer de ellos toda su esencia y toda su secreta alegría antes de caer en la noche. Divide en tres partes el tiempo que le queda para vivir. Dos minutos para decir adiós a sus amigos. Dos minutos para reflexionar. Un minuto para mirar por última vez el mundo.

Pero ¿sobre qué reflexionar, hacia dónde mirar? Tiene veintisiete años; está plenamente convencido de su fuerza y de su talento; y de pronto¿ la muerte. Existe, está vivo y, dentro de tres minutos, no será nada, o será otra cosa o alguien distinto. Aún mira la cúpula de la catedral. Y no puede apartar los ojos de esta cúpula deslumbrante de oro y sol. Le parece que, de un segundo a otro, estará sólo en presencia de esta tranquila luz. Formarán una sola cosa. Él se convertirá en esta claridad, en esta calma. Se sumergirá en lo desconocido. Un miedo convulsivo le sobrecoge: ¿Y si no muriese?... Si me fuera devuelta la vida¿ ¡Qué eternidad!... ¡Y todo sería para mí!... ¡Oh!, entonces se transformaría cada minuto en un siglo, no perdería ni uno solo, llevaría la cuenta de todos mis momentos para no gastar ninguno a la ligera¿

Mientras tanto, los soldados cargan sus fusiles y apuntan. El silencio hace daño. Un grito: ¡Fuego!, y estos cuerpos van a desplomarse sobre el suelo con una dejadez ridícula. Se los llevarán. Y los sustituirán por otros tres. Pero¿ ¿por qué no disparan?

Con una sangre fría perfecta, Petrachevski levanta su capucha para ver lo que ocurre. Un ayuda de campo agita su pañuelo. Tocan a retreta. Los verdugos desatan a Petrachevski, Mombelli y Grigoriev y los vuelven a llevar a la tarima.

El auditor se acerca de nuevo y lee, tartamudeando atrozmente, el indulto:

Habiendo merecido los culpables la pena de muerte, según la ley, son indultados por la clemencia infinita de Su majestad el emperador¿

Los trabajos forzados, el destierro¿ La alegría cae como un mazo sobre Dostoievski. ¡Salvado! ¡Qué importa todo lo demás! Veinte años más tarde, dirá a su mujer: No recuerdo ningún día tan feliz.

Tomado de la biografía Dostoievski de Henri Troyat, Ed. Vergara
Fuente: http://www.queleo.com.mx/Blog/Index.aspx

El canto de las sirenas

El jueves por la noche, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes [Mexico, D.F.], se realizó la presentación de un fascinante libro titulado El canto de las sirenas, del filósofo catalán Eugenio Trías. Subtitulado Argumentos musicales, el volumen es un extenso y ciertamente complejo recorrido por algunas de las más importantes instancias de la música occidental, glosado y analizado bajo una perspectiva filosófica que tiene su cimiento primordial en Platón, y como un segundo e importante hilo conductor, la teoría de la filosofía del límite, propuesta por el propio Trías.

En una mesa en la que hubo principalmente por filósofos (de la que fui moderador), se comentó El canto de las sirenas, más en su vertiente filosófica que en sus aspectos estrictamente musicales, con base en los textos de Crescenciano Grave, Xavier Güell, Carlos Pereda y Sergio Vela.

Este prolijo libro de Eugenio Trías arranca con un prólogo que es, a la vez, declaración de principios y manifestación de líneas de conducta a seguir en su amplio trayecto. Vienen después 23 ensayos dedicados a otros tantos compositores (de Claudio Monteverdi a Iannis Xenakis), y el libro concluye con lo que el autor ha titulado Coda filosófica, sólidamente cimentada en los principios del pensamiento de Platón, cuya intención es cerrar (en la medida en que pueda ser cerrado) el círculo de la interacción dialéctica entre música y filosofía.

Para aquellos lectores potenciales de El canto de las sirenas, vale decir que esta obra de Trías no es una historia de la música; no es, evidentemente, un catálogo de ensayos biográficos sobre los 23 compositores elegidos; tampoco es una acumulación de notas de programa sobre las obras mencionadas; y no es, claramente, una colección de análisis musicológicos sustentados en la técnica y la estética, a la manera tradicional.

Podría parecer un poco tramposo de mi parte tratar de definir ese libro a partir de lo que no es, pero no dudo que estas observaciones puedan aclarar un poco su naturaleza.

En la raíz de una posible discusión primera sobre El canto de las sirenas, sería menester desentrañar de entrada una pregunta clave: ¿es un libro de música o de filosofía? Por mi parte, la noche del jueves planteé esta pregunta con toda claridad, y en las intervenciones subsecuentes de los presentadores me fue respondida sólo parcialmente. Sin embargo, lo mejor en este caso es acudir directamente a las palabras del autor quien, en el prólogo a El canto de las sirenas, afirma categórico: “Este es un libro de filosofía”. Lo es sin duda, pero su cualidad principal (para quienes no somos filósofos y entendemos poco del asunto, claro) es que se trata, también, de un libro lleno de música, de manera tanto implícita como explícita.

Uno de los más interesantes hilos conductores del libro de Trías es la germanofilia abiertamente asumida por el autor; ésta (que en su caso existe tanto en lo filosófico como en lo musical) tiene su complemento lógico en el hecho de que una parte sustancial, medular, de la cultura musical de Occidente pasa por el mundo de habla alemana, caso análogo al de la cultura filosófica. Como prueba cabal de ello, la presencia de Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Schumann, Wagner, Brahms, Bruckner, Mahler, Schönberg, Webern, Berg, Strauss y Stockhausen como protagonistas de los ensayos que conforman El canto de las sirenas.

Y como refuerzo de esta idea, y del concepto de que se trata en efecto de un libro de filosofía, la presencia virtual de Schopenhauer, Nietzsche, Adorno y Wittgenstein en las discusiones generadas la noche del jueves, que complementaron las referencias puntuales a San Agustín, Platón, Aristóteles, Pitágoras y Plotino.

¿Se trata, pues, de un volumen exclusivo para filósofos? No, de ninguna manera. Pienso que se trata de un libro de filosofía de la música que hallará a sus mejores lectores entre los melómanos ilustrados y conocedores que no se arredran ante la posibilidad de abordar la música mediante un enfoque interdisciplinario y riguroso. Y si algo tiene El canto de las sirenas, de Eugenio Trías, es rigor.

En lo personal he disfrutado particularmente la lectura del libro, porque el autor aborda en él, de manera importante, una discusión que siempre me ha parecido fundamental para todo aquel que ama la música: ¿existe o puede existir una correlación directa entre los parámetros de organización de los sonidos, eso que llamamos música, y los afectos o emociones que suscitan en nosotros?

Autor: Juan Arturo Brennan
Fecha de publicación: Marzo 01, 2008 por Revista Per Se

Pintura con trasfondo filosófico

El libro “La imaginación estética en la mirada de Vermeer”, de la doctora María Noel Lapoujade, catedrática de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, tuvo entre sus presentadores a uno de lujo: el pintor yucateco Fernando Castro Pacheco.

Contadas son las ocasiones en que Castro Pacheco asiste a eventos públicos, pero esta vez no quiso desaprovechar la invitación porque, según dijo durante la presentación de la obra, “no sólo se presenta un magnífico libro, sino que son pocas las veces que se tiene oportunidad de platicar con una personalidad como es la doctora María Noel”.

El artista recomendó ampliamente la obra. “En lo personal (al leerlo) me produjo una emoción pocas veces lograda en un libro de filosofía, y conste que no me desagrada esta doctrina, de ninguna manera, pero la fisolofía manejada ágilmente por la doctora María Noel es de una belleza extraordinaria”, expresó.

“Todo el libro es de una belleza extraordinaria a propósito de Vermeer, que es un pintor al que he admirado desde hace muchísimos años. Lo admiré primero por medio de estampas y después pude conocer sus pinturas, lo que aumentó esa admiración que le tengo y tendré hasta mis últimos días”, subrayó.

Previamente la autora, en charla con el Diario, comentó que era un honor tener al maestro Castro Pacheco como presentador de su libro.

“No lo conozco en persona, aunque sé de su obra y brillante trayectoria”, manifestó la doctora.

“Le tengo un inmenso respeto, por lo que para mí es un gran orgullo y me siento honrada de que haya aceptado venir a esta presentación”, agregó.

La presentación del libro “La imaginación estética en la mirada de Vermeer” se efectuó la tarde de anteayer en el Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales (Cephcis) de la UNAM, ubicado en la colonia Industrial.

Samuel Ramos, del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY); Genoveva de la Peña, de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY), y Nicole Ooms, del Cephcis, fueron los otros presentadores del libro.

En “La imaginación estética en la mirada de Vermeer”, la doctora María Noel analiza la geometría de Euclides, de Leonardo da Vinci y de Durer; la concepción óptica de Huygens en relación con la de Descartes y, por último, la filosofía de Spinoza. Con respecto a la obra de Vermeer, sostiene que invita a una lectura filosófica, dado que en su pintura subyace una epistemología ético-estética.—

Autor: Rosa María Acosta Aragón.
Fecha de publicación: Febrero 29, 2008 por Revista Per Se

29 feb 2008

Lo hambriento

Los niños norteamericanos nunca han sabido casi nada de geografía pero todavía les parece demasiado. No quieren saber de ese mundo más allá de su nación que se demuestra a década tras década como altamente irrelevante para sus vidas, cuando no altamente molesto. Ese mundo, si aparece, cuando aparece, viene a ser bajo la forma de Irak, Afganistán o Vietnam. Altamente desagradable y desdichado. No sólo insoportable por sus propias miserias internas y su afán de consumir artículos norteamericanos sino también por las calamidades que trasmiten irredimiblemente a los soldados norteamericanos que acuden allí y regresan, meses más tarde, con el cerebro enloquecido y metidos en el asesinato seriado o la drogadicción.

Estados Unidos no se encuentra pletórico de salud social o de cualquier otra pero mediante estas comprobaciones extranjeras, el exterior deja mucho más que desear. Es decir deja de ser deseado, cesa como objeto de deseo y su conocimiento va perdiendo el escaso interés que pudiera presentar. . ¿Europa? Europa es otra cosa pero sólo a efectos vacacionales o de un veloz y leve turismo cultural. Sin embargo, con el euro tan alto, ni de Europa quiere saberse mucho más por ahora.

Cuenta The New York Times que una encuesta de 2006 de National Geographic reveló que una mitad de los jóvenes norteamericanos entre 18 y 24 años no creen que sea necesario saber dónde se sitúan los países que salen (de tarde en tarde) en sus noticieros. De otra parte, un popular vídeo en YouTube muestra que la joven cantante Kellie Pickler participando en un concurso televisivo (¿Sabes más que un niño de primaria?) dice creer que Europa es un país y que le asombra enterarse de que una nación se llame "Hungary" (Hungría) que le suena a "hambriento" ("hungry") ¿Cómo puede existir un país que se denomina a sí mismo "hambriento"? ¿Cómo va un chico norteamericano a interesarse por ese extraño mundo cargado de tragedias históricas, lenguas innumerables e insondables localizaciones en la ilegible profundidad del mapa?

Vicente Verdú

Galería de espectros: Orfeo

Rafael Argullol: Hoy en mi galería de espectros he creído escuchar la lira de Orfeo.

Delfín Agudelo: ¿En qué momento de su travesía escuchaste la lira?

R.A.: Siempre me sorprende pensar en el personaje Orfeo porque es uno de los más volubles de toda la mitología antigua. Hay pocos personajes que tengan tan continua metamorfosis y tanta riqueza de caracterizaciones, incluso a veces contradictorias. Depende mucho, también, de mi propio estado de ánimo: soy capaz de vislumbrar una u otra de las siluetas de Orfeo. Me llama la atención de entrada que Orfeo nunca fuera presentado como estos héroes corpulentos, fuertes, enérgicos, que eran propios de la mitología griega, sino que era un personaje ambivalente, que parecía continuamente colocado entre dos mundos: entre el cielo y la tierra; la tierra y el subsuelo; entre el encanto y el terror; entre lo masculino y femenino; entre la luz y la noche. En ese sentido el propio Orfeo, primer músico y primer poeta, era un hombre que tenía una potencia encantadora sin igual: encantaba a los bosques, a las fieras, a las rocas en el viaje de los Argonautas. Incluso encanta al mismo Infierno cuando desciende al Hades para rescatar o tratar de rescatar a su mujer Euridíce. Tiene ese poder encantador, propio de la música, que es capaz incluso de domesticar a las fieras.

Pero luego hay otra faceta de Orfeo que lo vincula a los reinos limítrofes del terror, que es ese Orfeo que por demasiado seductor llega a encantar a los propios hombres y es perseguido y troceado por las Ménades, que lo descuartizan y echan sus pedazos en la tierra, desde la cual renace. O esa imagen terriblemente inquietante de la cabeza de Orfeo flotando en la superficie del mar, mientras sigue tocando al lira. Orfeo es poliédrico porque somos capaces de verlo en escenas vinculadas a la mayor armonía del mundo, y también en escenas vinculadas al mayor desequilibrio. Es alguien cuya materialidad espectral también es muy evidente, porque sus metamorfosis hacen que no tenga una realidad única, sino que parece que esté en una especie de continuo baile de disfraces, de carnaval, que le permite ir pasando de mundo en mundo. Por esto somos capaces de vincular su propio descuartizamiento y muerte a la idea misma de resurrección y renacimiento, o de segundo nacimiento. La espiritualidad órfica iba muy vinculada al inmortalidad del alma y a la posibilidad de la resurrección. Pero es una resurrección que nunca es completamente luminosa, sino que parece que siempre se vuelve a mover entre dos mundos. Es el héroe, por antonomasia, del entremundo, de la ambivalencia entre los mundos.

23 feb 2008

Reflexiones sobre la Familia

Familia y Sociedad Contemporánea
Lucía de la E. Pérez Terés

Leyendo el texto de la lección inaugural que el Dr. Pedro Morandé, - Universidad Católica de Chile- impartió en el Master en ciencias de la familia de la Universidad Católica de San Salvador de Bahía, me han venido a la mente algunas reflexiones que comparto con el lector.

A pesar de la situación por la que atraviesa la familia, de las críticas y de los ataques que recibe de la misma sociedad, de lo débil que parece esta comunidad…es una institución que tiene un enorme potencial de desarrollo para toda la humanidad.

Esta afirmación no es resultado de un optimismo ingenuo, para entender esto, Morandé propone encarar la actual “crisis de la familia”, pero sobre todo, que examinemos el fondo desde el cual se realiza actualmente el análisis de la familia.

Cuando se analiza a la familia, existe la tendencia a juzgarla a partir de las funciones sociales que cumple. Así, se ha consolidado la idea de “familia disfuncional” Y resulta que casi todas, por un motivo o por otro, lo son. Sin embargo, hay otro enfoque casi desconocido para estudiar a la familia que no la reduce a su función social. La familia desde esta perspectiva, es una “realidad antropológica”, y hay que analizarla como “lugar de experiencia humana” en donde es posible que se dé la comunión de personas, “communio personarum”. Este enfoque esta siendo promovido por el Instituto Juan Pablo II para el matrimonio y la familia, en Roma y desde ahí en muchas otras Universidades en el mundo.

En buena medida las tensiones que se viven hoy dentro de la familia surgen de la diferencia que hay entre dos formas de considerar a la persona. Por un parte se define a la persona como un ser-en-relación, y por otra se considera que la persona se define a partir de la autonomía. La primera afirma que por su origen y su destino el hombre es dependiente de otros y de Otro, la segunda la considera como esencialmente independiente y libre para establecer y deshacer a su propia voluntad los vínculos personales y sociales que quiera y que satisfagan su conveniencia, su temperamento o cualquier otra finalidad escogida para su vida.

Esta última perspectiva, aunque seductora, no tiene ninguna base en la realidad ya que visualiza al hombre como dueño absoluto y señor de sí mismo, lo visualiza y lo valora por su autosuficiencia.

Por mucho tiempo la familia fue determinante para definir las relaciones sociales, sin embargo, ahora se considera a la familia como parte de las estructuras sociales, sujetas a los criterios ordinarios de funcionalidad del sistema social vigente y se olvida que ante todo es una estructura comunitaria. Así se plantea la pregunta esencial: ¿es la familia una sociedad o una comunidad?

Ya la Sociología advirtió las diferencias entre sociedad y comunidad. Y caracterizó a la sociedad como un grupo en el que se crean vínculos libremente, a modo de un contrato con responsabilidades limitadas y una vigencia temporal. En contraste con esto, la comunidad es grupo en donde existen vínculos de nacimiento que no son elegibles, son relaciones que no se contratan voluntariamente, pero sus vínculos son incondicionales y no tienen fecha de caducidad en su vigencia temporal.

Sintéticamente la diferencia entre comunidad y sociedad se acentúa básicamente en estos tres puntos:
1) Las personas no escogen a su grupo social sino que han nacido en el interior, no se
incorporan libremente. Tienen un vínculo definitivo.
2) Las responsabilidades de la comunidad son ilimitadas.
3) La persona es antes que su función y no al revés.

La naturaleza del vínculo social se desplazó fuera de la experiencia humana en la familia. Pasó a ser solamente “función” en donde es más importante el rol que se realiza que la persona misma. Y es muy fácil que adoptemos esta manera de pensar ya que vivimos en esta sociedad organizada casi exclusivamente con criterios de funcionalidad, creemos que cada individuo es autosuficiente, para construir a su gusto y conveniencia las relaciones sociales como quiera.

En consecuencia, bajo este sentido de autosuficiencia hemos llegado a imaginar que la familia puede ser sustituida por funciones sociales bien organizadas. Esto es un grave error antropológico ya que esto supone que se puede organizar a la sociedad como si las personas no existieran. En efecto, sólo en la familia la persona puede ser recibida y reconocida no por sus capacidades o competencias, sino por lo que es, incondicionalmente y para siempre. La experiencia humana en una familia debería ser la experiencia que lleva al ser humano al cumplimiento de su vocación, de su fin como ser-en-relación con otros y con Otro.

Así la cuestión fundamental, para el Dr. Morandé, no es si la familia es necesaria o no para el funcionamiento social, sino si la familia es o no un bien para la persona y si es o no una de las más altas experiencias de la libertad humana.

Podríamos preguntarnos, ¿porqué la vida en la familia es una de las más altas experiencias de la libertad humana? La respuesta sería: Porque si en ella realmente se realizara la vocación de ser persona, y el individuo realmente se sintiera y se supiera amado, recibido y aceptado sólo por ser persona, inevitablemente lo conduciría a la libertad. Esta libertad sólo se genera por saberse y sentirse amado y aceptado así, tal como es. Entonces, el hombre no necesita “cambiar” para ser aceptado, y esto le proporciona un sólido sentido de seguridad, que nace del amor que recibe de manera incondicional.

La familia no se debería constituir por meras funciones sociales, sino a partir de ciertos vínculos por los cuales cada individuo humano no tiene otro título que el de ser persona (recibida, amada y aceptada). Si no se entiende esto, se corre el riesgo de rebajar la existencia de cada persona a ser un producto social para las operaciones de la sociedad.

Ni la paternidad, ni la filiación, ni las relaciones entre esposos, ni la vida conyugal son funciones, sino vínculos únicos, que no son intercambiables, o no deberían serlo. En la familia se debería experimentar una relación única, y ésta relación no se puede comparar con ninguna institución.

Es urgente pues provocar una seria reflexión sobre qué es la familia para mi, o sea para cada persona concreta, cómo vivo yo esta realidad, cómo contribuyo a que mi familia sea realmente una comunidad de personas….y más allá de estas reflexiones cuestionarme fuertemente si ¿es mi familia un lugar en donde recibo, amo y acepto a cada miembro incondicionalmente, dando lugar así al desarrollo de su vocación de “ser persona”?, ¿es mi familia un lugar en donde cada persona que la integra, puede vivir en libertad?


Licenciada en Diseño Gráfico y estudiante de Maestría en Ciencias de la Familia en al Instituto Juan Pablo II para el matrimonio y la familia.